45 años de un abrazo fraterno pendiente
Soy sobrino de una víctima de la violencia política, que murió cobardemente asesinado por un grupo terrorista a la salida del Campus Oriente. ¿Qué nos diría Jaime Guzmán hoy en día sometido al debate sobre cómo valorar el pasado y cómo proyectarnos hacia el futuro? Me aventuro a dar una respuesta. Tengo la convicción de que Guzmán estaría por hacer gestos aún más profundos que permitan ayudar a reconciliarnos, a sanar el alma de nuestro país que sigue profundamente herida.

"¿Por qué anduvimos tanto tiempo creciendo / para separarnos?". Es el mismísimo Neruda quien interpela a cada visitante del Museo Histórico Nacional al terminar la exposición de varios siglos de chilenidad en el vetusto edificio de Plaza de Armas. Diapositivas de La Moneda totalmente destruida se proyectan en un gran muro antes de terminar un sinóptico paseo por nuestra historia republicana con los que serían los anteojos de Allende, los que fueron encontrados casi por casualidad por una mujer que entró al Palacio cuando el hollín y el calor de las brasas aún pulverizaban una de las democracias más duraderas de Latinoamérica.
¿Qué nos pasó para que llegáramos a odiarnos tanto?, ¿Fue el quiebre democrático un mero capricho de los militares o una consecuencia de la Unidad Popular y de la extrema radicalización de fines de los años 60 promovida – violencia de por medio – por la izquierda más visceral? ¿Por qué hubo detenidos desaparecidos, fusilados y exiliados? ¿Cómo se logra la reconciliación? ¿Con un decreto? ¿Con un acto de reflexión o una pedida de perdón sincera? ¿Es siquiera sensato aspirar a curar las heridas que ha dejado la violencia política en Chile?
La división entre los chilenos no puede seguir siendo la excusa perfecta para enredarnos y evitar avanzar frente a los desafíos de futuro que hoy nos convocan. Los fantasmas del pasado no debieran resucitar cada vez que hay discrepancias en la arena política. Las figuras de Allende y Pinochet no debieran siquiera ser mencionadas a la hora de discutir las políticas públicas que acordemos hacia el futuro. Todo lo anterior sigue pasando -con mayor o menor intensidad - desde hace 45 años. Casi medio siglo.
Es tiempo de reconocer avances, pero al mismo tiempo denunciar las deudas pendientes. Las demandas de los familiares de detenidos desaparecidos tienen objetivos claros y permanentes: verdad, justicia y reparación. Considerando las circunstancias sucedidas, el silencio, el ocultamiento y el tiempo transcurrido, aparecen complejas de satisfacer. En cuanto a la verdad, en estos 45 años se ha avanzado. Y mucho. Los informes Rettig y Valech, la Mesa de Diálogo, el Museo de la Memoria y tantos otros esfuerzos de personas e instituciones que han permitido conocer lo que realmente sucedió, han sido fecundos en haber generado una conciencia que difícilmente dejará de permear a las nuevas generaciones de chilenos.
En cuanto a la justicia, es necesario reconocer que se sigue avanzando a través de un Poder Judicial que intenta por todos los medios ponerse al día. De una época de negación y postergación, pasamos a un período de investigación profunda y que hoy –recurrentemente- terminan en sentencias condenatorias con privaciones de libertad. Tampoco la justicia lograda será suficiente, porque como nunca sabremos toda la verdad, tampoco habrá justicia para todos, ni la totalidad de los responsables pagará por sus crímenes.
Finalmente, en cuanto a la reparación, Chile se ha ido superando considerablemente. El reconocimiento a las violaciones a los Derechos Humanos es prácticamente unánime y desde todos los sectores se han reconocido los errores y horrores que se cometieron. En materia de compensaciones -que en nada resuelven el dolor y las ausencias que hay en miles de familia- también se ha logrado algo de consuelo y apoyo a través de instancias legales, judiciales y administrativas. Pero ello tampoco será suficiente ni existirá una reparación que pueda compensar el daño familiar y personal inferido. Nunca.
¿Cómo avanzar a partir de esta realidad? ¿Cómo acercar posiciones tan disímiles y tan distanciadas, donde no aparecen alternativas que puedan corregir el curso de la histórica división del pueblo chileno? En primer término, y en esto no hay espacio para perderse: todos los actores políticos tenemos que ser categóricos en nuestra condena, total y absoluta, a la violación de los derechos humanos ocurridas en nuestro país. Sin contexto ni justificaciones. En segundo lugar, todos también tenemos que ser capaces de condenar la violencia política que ocurrió antes, durante y después del 11 de septiembre del 73. Ello no justifica nada, pero sí es indispensable que todos nos hagamos cargo de ella y no continuemos escudándonos en justificaciones ni en patriotismos para darle algún grado de legitimidad a dicha violencia.
Pero creo que aún podemos dar un paso adicional. Para el plebiscito apenas tenía 12 años y para el Golpe de Estado no había nacido. Soy sobrino de una víctima de la violencia política, que murió cobardemente asesinado por un grupo terrorista a la salida del Campus Oriente. ¿Qué nos diría Jaime Guzmán hoy en día sometido al debate sobre cómo valorar el pasado y cómo proyectarnos hacia el futuro? Me aventuro a dar una respuesta. Tengo la convicción de que Guzmán estaría por hacer gestos aún más profundos que permitan ayudar a reconciliarnos, a sanar el alma de nuestro país que sigue profundamente herida.
Seguramente sería mucho más explícito en reconocer que, todos aquellos que participaron y colaboraron con el Gobierno Militar, cometieron graves equivocaciones al no conocer, al no denunciar, o al no darse cuenta de las gravísimas violaciones a los derechos humanos que se cometieron. A reconocer también que todo lo que hicieron por Chile en lo general, y por muchas personas, en lo particular, fue totalmente insuficiente, en el contexto de estas graves violaciones que dañaron la dignidad e integridad de muchas personas en nuestro país.
Como afirmó el Presidente Piñera hace 5 años, no importa que la gente cometa errores, sino que lo que preocupa es que después de tener más información y un tiempo para razonar, las personas sigan insistiendo en sus yerros. El desafío de nuestro sector hoy en día y en los años venideros, es hacernos cargo de esos errores históricos, de considerar toda la información disponible y de reflexionar – razonadamente- sobre las decisiones y omisiones que ocurrieron en el pasado.
Vamos a estar en condiciones de enfrentar los desafíos que tiene Chile en su futuro reciente una vez que superemos las divisiones que nos han marcado en las últimas cuatro décadas. Es por eso, que somos las nuevas generaciones de nuestro sector las que tenemos que levantar con más fuerza las banderas de los derechos humanos, en todo lugar y en toda época, condenando sin ambigüedades la comisión de los mismos por el sector político que sea. De la misma manera, cargamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de impulsar a otros a hacer ese reconocimiento. No persiguiendo ni hostigando, sino que invitándolos a hacer esta reflexión profunda y que juntos vayamos diseñando el futuro que queremos para nuestro país. Solo en ese momento volveremos a encontrarnos en un abrazo fraterno.
**Francisco Moreno Guzmán es actualmente subsecretario de Hacienda.
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