El país de los corpóreos

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El Día contra la Corrupción tendrá otras ceremonias, que no veremos. En este minuto los funcionarios retornan a sus oficinas, los disfraces vuelven a las bodegas, la plaza comienza a quedar vacía. Es imposible no recordar que en el subsuelo, debajo de todo, descansan los huesos de O'Higgins como una reliquia. Quizás todo esto es un sueño de esos huesos, una pesadilla indescifrable al modo de un simulacro colorinche de país, los signos divertidos de una representación bizarra...




El evento es las 11 de la mañana del martes 11 de diciembre, en la Plaza Bulnes, al frente de La Moneda y consiste en la celebración de algo llamado Día contra la Corrupción. Sincronías: pasa el mismo día en que Roberto Ampuero se deshace en explicaciones de por qué Chile se restó del Pacto Migratorio de la ONU; pasa horas antes que Andrés Chadwick sea interpelado en el Congreso por la diputada Emilia Nuyado. Hay que decir que la idea posee cierta lógica desquiciada: unir a los corpóreos de varias instituciones del Estado en un "Escuadrón Anticorrupción" donde participan, entre otros, Fiscalito, Luciano Brócoli, Jack Espárragou, Sagüeso, Forestín, Contralorita, Rigoteo, Bipita, Chorifest, Transparentín y el pato del Bancoestado. Varios son viejos conocidos. El año pasado jugaron acá mismo a la pelota para conmemorar los 90 años de la Contraloría y el anterior, celebraron en un gimnasio otro partido para el cumpleaños de Forestín.

Ahora el encuentro se repite y no hay fútbol sino unas olimpiadas imposibles cuyos únicos espectadores son los funcionarios y el público que atraviesa la plaza. Por ahí se pasea el contralor Jorge Bermúdez, la prensa graba y saca fotos y más allá está han montado un stand donde regalan poleras con slogans anticorrupción impresos en serigrafías. A su lado se han instalado unos paneles blancos donde la gente escribe mensajes anónimos donde se comprometen a luchar contra este flagelo que azota al estado. Sí, todo es real aunque parezca una alucinación, una guerra de signos, una especie de representación de los íconos de la República desplegados como el episodio de un programa infantil de bajo presupuesto. Por supuesto, nadie recuerda que aquí antes habían otros símbolos: Pinochet instaló en el 75 la Llama Eterna de la Libertad, que se terminaron llevando a la Escuela Militar en el gobierno de Lagos. Pero la vorágine de la efeméride tiene su propia razón, una que carece de memoria y obliga a los corpóreos a someterse a una serie de pruebas bajo el sol del mediodía.

La primera es más bien penosa: los personajes cruzan una carrera de obstáculos que son vallas que dicen "corrupción", "fraude al fisco", "malversación de fondos", "cohecho" y "platita por debajo". La segunda es más divertida. Deben equilibrarse sobre un tablón, cuidándose de no caer. Abajo, sobre el pasto están las imágenes de la Trucha y el Chanchullo, representaciones gráficas de los males que amenazan nuestras instituciones públicas. Mientras los personajes cruzan la tabla (algunos se suben mareados pues la animadora les hace dar varias vueltas antes) ya se pueden sacar un par de conclusiones.

La primera: es atroz e inconmensurable el daño que un programa como Cachureos ha perpetrado en el imaginario chileno. Y la segunda: a estar alturas podemos percibir las personalidades de los personajes. Forestín es una suerte de veterano a que no le entran balas; Luciano Brócoli se comporta de manera más extrovertida, tan histérico como bromista; Bipita tiene la enegía y el aura de un animé; Pato de Bancoestado está siempre deprimido y agotado; y el más querido es Chorifest, el mejillón mascota que también parece un completo o un choripán y que no para de sacarse selfies con la gente.

La última prueba es la más difícil. Se debe escalar un muro en cuya parte superior están pegadas palabras como "probidad", "transparencia" y "ética". La empresa dueña del muro se llama Chile Inflable. Suben pocos, todos en calcetines y amarrados con una cuerda. Primero Detectibot, de la PDI, arranca "ética" de la cima. Luego Contralorito agarra "transparencia" aunque la imagen es triste pues la persona bajo el disfraz se ha tenido que arremangar los pantalones y se ven sus piernas reales. Después, Fiscalito no tiene problemas. Finalmente, Luciano Brócoli sube, coge "transparencia" y al bajar se la pega en el vientre (aunque es difícil saber dónde diablos queda el vientre de un vegetal gigante) y realiza algunos movimientos pélvicos para celebrar.

Eso eso todo. Al final, le entregan unos diplomas a los nuevos miembros del Escuadrón. En el suelo, es posible ver los carteles de apoyo a los personajes aunque son más bien pocos y falsos y carecen del aura que irradia la basura que dejan las verdaderas multitudes. La gente que queda aplaude, se ríe, graba con los celulares, disfruta el show aunque no tenga mucho sentido. Las redes sociales arden pero en vivo todo dura más bien poco. Aún no son las doce de la mañana. Los animadores despiden el show, el contralor Bermúdez se saca fotos y sonríe. Más tarde alguien le preguntará por Dorothy Pérez. Pérez, la subcontralora, quien no fue a la actividad. Bermúdez dirá que se la invitó tres veces. Pérez está en una guerra abierta con Bermúdez y fue reincorporada a la institución por orden de la Corte Suprema.

Pero eso será después. Ahora el evento termina. El Día contra la Corrupción tendrá otras ceremonias, que no veremos. En este minuto los funcionarios retornan a sus oficinas, los disfraces vuelven a las bodegas, la plaza comienza a quedar vacía. Es imposible no recordar que en el subsuelo, debajo de todo, descansan los huesos de O'Higgins como una reliquia. Quizás todo esto es un sueño de esos huesos, una pesadilla indescifrable al modo de un simulacro colorinche de país, los signos divertidos de una representación bizarra. Puede ser, aunque todo es en verdad evanescente como los mensajes de lucha anticorrupción escritos sobre el panel blanco, todos redactados casi de modo automático, como parte de las tareas del día. Puros mensajes cuyo mejor efecto es lucir bien para la foto aunque alguien, con la piel erizada por la brisa helada de lo real, haya anotado entre tanta promesa dibujada con caligrafía obligada: "Justicia para Catrillanca".

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