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“Puntito”, el nieto toma la posta de Ana González: “Yo necesito conocer quién fue el que mató a mi madre”

Autor: Ivonne Toro

Cuando tenía dos años, Luis Recabarren fue entregado a su abuela Ana González, la histórica luchadora por los derechos humanos que falleció este viernes. Lo habían encontrado en la calle, abandonado tras un operativo represivo en que se detuvo a su padres y su tío. Después capturaron también a su abuelo. En entrevista con La Tercera PM dice "Chile tiene una deuda tremenda, de justicia, con nuestras viejas, porque ellas nunca transformaron el dolor en venganza".


En diciembre, “el Puntito” iba a tomar un vuelo desde Suecia -donde vive desde hace más de tres décadas- , rumbo a Chile. Habían pasado 16 años desde su último viaje y necesitaba darle un abrazo, de reencuentro y tal vez de despedida, a su abuela paterna, Ana González González (93).

Pero la muerte, esa que se ensañó con su familia desde que él tenía apenas dos años, nuevamente le arrebató la posibilidad de decir adiós. Anita, la emblemática dirigente de Derechos Humanos, fundadora de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, falleció el pasado viernes sin saber cuál fue el destino de su esposo Manuel Recabarren (50); de sus hijos, Manuel (22) y Luis Emilio (24); y de su nuera, Nalvia Mena (20), quien estaba, al momento de su captura por la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), embarazada.

El 29 de abril de 1976, Luis Recabarren Mena (45), el “Puntito”, quedó huérfano, abandonado en medio de una calle en el sector de Santa Rosa con Sebastopol. El operativo del régimen le quitó ese día a sus padres y a su tío, Manuel. Él fue entregado esa jornada por unos vecinos a sus abuelos Ana y Manuel en San Miguel. Al día siguiente, su tata, dirigente del Partido Comunista, intentó averiguar qué había pasado. Nunca regresó.

Puntito en una foto con su madre.

Su infancia, recuerda, estuvo marcada por esas ausencias.

“Crecí en la Agrupación. Desde la escuela me iba todos los días para allá. Ahí estaban mis dos abuelas y las demás abuelas. Las veíamos con sus puchos, fumando, todas las mujeres discutiendo qué hacer. Nosotros jugábamos en los patios con los otros niños. La energía de Ana era tremenda, siempre positiva, como diciendo: esta es mi alma, esta soy yo. Ella me enseñó que lo que nos puede pasar en la vida no es nada comparado con lo que hemos vivido”, cuenta Luis.

Desde el Patrocinio San José, en Providencia, el “Puntito” caminaba hasta Plaza de Armas donde se reunía la familia que le quedaba. Desconfiaba de los extraños y en el colegio no hablaba sobre sus padres, aunque siempre supo qué había ocurrido. “En el colegio había muchos fascistas y yo tenía mucho miedo de que ellos supieran lo que había pasado. No contaba. En la Agrupación era distinto. Los niños nos reconocíamos, sabíamos quién no estaba: ‘Ah, se llevaron a tu papá’. Con ellos sigo en contacto. Lo que hemos vivido es tan excepcional que ellos son mis hermanos y mis hermanas, somos los hijos de los desaparecidos”, relata.

En diciembre de 1984, cuando tenía 11 años, Luis emigró con su abuela materna. Rememora que “en ese tiempo estaban cayendo muchos tíos que eran torturados. Derrumbaron a mi familia porque ellos estaban involucrados en política. Mis dos abuelas decidieron que yo me fuera del país para no enfrentarme con gente con pensamientos horrorosos, que justificaban la matanza a mi mamá embarazada. Si hubiera permanecido en Chile, me habría consumido el odio”.

En el extranjero, donde se quedó a vivir, Luis hoy se dedica a la ingeniería. En su juventud fue bailarín de música clásica y contemporánea y participó en algunas giras. En una de ellas a Israel se encontró “con muchas personas que habían sobrevivido al Holocausto. Eran como mi abuela, se parecían mucho a ella en su fuerza, la reconocí”. En los ’90 viajó a Chile a dar clases. Su última visita fue en 2002, pero nunca perdió contacto con Ana.

“Hablábamos por fono. Ella era una matriarca, cálida, cariñosa, siempre aconsejaba. Chile tiene una deuda tremenda, de justicia, con nuestras viejas, porque ellas nunca transformaron el dolor en venganza. Al revés, ellas me decían: Nosotras nos vamos a dedicar a nuestra lucha, ustedes tiene que celebrar la vida”, dice.

Luis recalca que esa celebración de la vida estará trunca hasta no conocer la verdad: “Cuando la Concertación llegó al poder se firma un convenio político para seguir adelante. Las reparaciones fueron, no sé, 10 mil dólares por una vida. A mí me daba náuseas eso de dar vuelta la página. Nuestras abuelas están falleciendo, pero esto no termina aquí. Nosotros, los nietos, estamos preparados para encausar la injusticia que hemos vivido. Yo necesito conocer quién fue el que mató a mi madre. Yo no tengo odio, no tengo venganza, pero necesito saber quién fue”.

-En un documental, tu abuela dice que le gustaría llorar a mares, pero que no se lo podía permitir, ¿por qué?
-Ella lloró, pero no a mares. Nosotros hemos vivido un luto perpetuo, que no ha podido terminar. Cuando niño yo me quedaba dormido, llorando en silencio, para no despertar a nadie. Así sentía también a mi abuela en las noches: ella lloraba bajito, nunca pudo llorar a mares, porque no está la posibilidad de decir “esto fue lo que pasó” y terminar, decir, “uf, ya está”.

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