El gen del crecimiento
"Seamos el país que entiende que su próxima gran industria no tiene que ser inventada desde cero: está en la intersección entre nuestra biodiversidad, nuestros recursos y la ciencia que ya tenemos", dice Pilar Parada, directora del Centro de Biotecnología de Sistemas de la Universidad Andrés Bello.

En 1980, la Corte Suprema de Estados Unidos autorizó patentar por primera vez un organismo vivo modificado genéticamente: una bacteria diseñada para degradar petróleo crudo.
Cuarenta y seis años después, ese fallo ha dado origen a una industria de billones de dólares que produjo las vacunas del Covid-19 en tiempo récord y que está redefiniendo cómo el mundo extrae minerales, cultiva alimentos y genera energía.
La biotecnología es hoy una de las mayores oportunidades de crecimiento económico del planeta. Y Chile está, por geografía, recursos y capital humano, en una posición privilegiada para aprovecharla.
Somos el mayor reservorio mundial de litio, productores de cobre, molibdeno y potencialmente cobalto: los metales que la transición energética global demanda con urgencia. Nuestra agricultura abastece mercados exigentes en Europa, Asia y Norteamérica con fruta, salmón, vino y nueces.
Pero ambos sectores enfrentan desafíos que la ingeniería convencional ya no resuelve: minerales de baja ley y alta complejidad metalúrgica en la minería; sequías, suelos degradados y presión por eliminar agroquímicos en la agricultura.
La biotecnología no sólo puede enfrentar esos desafíos: puede convertirlos en ventaja competitiva. Procesos de biolixiviación para extraer metales hoy inaccesibles. Biofertilizantes y bioestimulantes que reducen la dependencia de insumos importados. Cepas microbianas adaptadas a la escasez hídrica. Ese es el tipo de innovación que distingue a los países que lideran de los que simplemente exportan materias primas.
La coyuntura internacional refuerza el argumento. El bloqueo del estrecho de Ormuz desde febrero de este año, que interrumpió el tránsito del 25% del petróleo mundial y el 30% de los fertilizantes globales, es una señal inequívoca: la dependencia de insumos fósiles e importados es una vulnerabilidad estratégica. Los países que antes inviertan en alternativas biotecnológicas no solo reducirán esa exposición, sino que estarán posicionados para ofrecer soluciones en un mercado global que crece aceleradamente. Chile puede ser uno de ellos.
Lo que se requiere es decisión. Chile tiene los científicos, los centros de investigación y las materias primas para hacer de la biotecnología una industria de clase mundial. Lo que ha faltado es la convicción política y empresarial de que apostar al conocimiento aplicado en minería y agricultura es tan estratégico como construir carreteras o puertos.
La biotecnología no es un lujo académico: es la palanca que puede multiplicar el valor de los dos motores históricos de nuestra economía y proyectarlos con estándares ambientales y competitividad que ningún otro camino puede garantizar.
Seamos el país que entiende que su próxima gran industria no tiene que ser inventada desde cero: está en la intersección entre nuestra biodiversidad, nuestros recursos y la ciencia que ya tenemos. Eso requiere inversión sostenida, políticas de largo plazo y la valentía de apostar al conocimiento como motor de crecimiento. La biotecnología es la oportunidad. El momento es ahora.
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