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Naturaleza y salud mental: por qué los “baños de bosque” alivian la ansiedad

Caminar por cerros, parques o áreas de tupido verde no sólo se siente bien, sino que ayuda a reducir el cortisol, baja la presión arterial y mejora el ánimo. “Cuando el cuerpo entra en estos espacios se activa un estado de mayor relajación que es medible”, explica la psiquiatra y directora de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello Cynthia Zavala.

Parques Nacionales

Fue en medio de una depresión que comenzaron sus paseos. Germán (34) tenía unos 23 años cuando creyó vivir uno de sus peores momentos. Estudiante de Derecho, enfrentaba problemas en la universidad, el fin de una relación, la muerte de un familiar muy cercano y una inesperada crisis en su núcleo más íntimo.

Germán deambuló entre psicólogos y psiquiatras buscando algo que le ayudara, aunque fuera un poco, a calmar el ruido en su cabeza y esos pensamientos que parecían tener rienda suelta.

En uno de esos instantes de escape encontró una respuesta a su alrededor. Concepción, conocida por su verde paisaje y frondosos bosques, lo llevó a visitar lugares como la Reserva Nacional Nonguén o el Cerro Caracol, verdaderos pulmones de la ciudad. Ambos limitan con lo urbano y, en ocasiones, dice el ahora abogado, prestan cobijo a quien busca huir del ajetreo de autos y edificios.

“Salí corriendo de la casa, apagué el teléfono y lo dejé ahí. No quería saber del mundo ni de nadie; me superó la rutina y la impotencia. Cualquier cosa era mejor”, recuerda sobre un episodio ocurrido hace años.

“Cuando el cuerpo entra en entornos naturales, efectivamente se producen cambios medibles", dice la psiquiatra Cynthia Zavala sobre el contacto con la naturaleza, aun cuando sea esporádico. la-tercera

Fue en ese aislamiento, que comenzó como una fuga, donde encontró una conexión con el entorno.

El silencio, la ciudad a la distancia y la naturaleza del lugar provocaron algo distinto. De pronto dio un salto involuntario hacia la tranquilidad. Entre la duda y la inseguridad, halló estabilidad y se inició una transformación que hasta entonces no buscaba.

“Fue como apagar el ruido interno y aceptar lo calmado y quieto del lugar, como un baño de naturaleza”, plantea.

Pero esa primera experiencia no fue un cambio inmediato, sino un proceso que se dio de forma progresiva con el paso de los meses. Si bien continuó con sus tratamientos, ya no escapaba: se refugiaba entre las ramas.

En tono de humor –aunque dice que entonces lo creía en serio– sentía una “fuerza natural” que lo acompañaba y le recordaba a algunas criaturas mitológicas del sur. “Fuera lo que fuera, era como no sentirse solo, como estar acompañado en la naturaleza”, confiesa.

Algo similar plantea Paula (32), quien desde la adolescencia ha recurrido a la naturaleza como un “botón de pánico” frente a la ansiedad. Recuerda que, mientras sus compañeros de colegio hacían la cimarra para ir al cine o a locales de videojuegos, ella iba al Jardín Botánico de Viña del Mar.

“Entre las clases, las pruebas y la depresión adolescente, había pocos lugares donde no te pudieran ver ni acusar, pero que a la vez sirvieran de excusa si te pillaban”, resume.

El mea culpa, aunque años después, llega sin arrepentimiento. “Aunque hubiese perdido clases o faltado a pruebas, eran como unas mini vacaciones que se hacían eternas, y en las que veías mucha naturaleza, con árboles y animales”, dice.

“Incorporar caminatas, rutinas al aire libre y espacios verdes como forma de vida puede ser una herramienta permanente para personas que no tienen una enfermedad, pero sí síntomas de estrés o malestar”, dice la doctora Zavala. la-tercera

Y si iba a la playa, trataba de que fuera una con áreas verdes o más distanciadas, como Ritoque. Las olas, el cielo y el mar son algunas de las cosas que recuerda, particularmente en “el horario de la cimarra”.

“No hay mucha gente a esa hora, porque están en el colegio o en el trabajo, así que era un buen escape”, apunta. Hoy mantiene la costumbre, pero de forma más consciente y, sobre todo, en momentos de crisis.

Reconectar desde la paz

Para la psiquiatra y directora de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello Cynthia Zavala, la sensación de alivio que describen quienes buscan refugio en la naturaleza no es sólo una impresión subjetiva.

“Cuando el cuerpo entra en entornos naturales, efectivamente se producen cambios medibles: baja el cortisol, que es la hormona del estrés, disminuye el pulso y la presión arterial, entonces, se activa un estado de mayor relajación”, explica.

A eso se suma un aumento en el estado de ánimo y en la percepción de bienestar, una asociación que, dice, está profundamente instalada incluso en la forma en que pensamos el descanso y las vacaciones.

La doctora Zavala aclara que no se trata de un simple efecto placebo. A igual nivel de esfuerzo físico, por ejemplo, realizar ejercicio al aire libre genera beneficios adicionales frente a practicarlo en espacios cerrados.

“No es lo mismo trotar en un gimnasio que hacerlo en un parque o en un cerro… Aunque la actividad sea equivalente, el entorno abierto suma un plus que se puede medir tanto a nivel subjetivo como fisiológico”, señala.

En ese proceso confluyen factores biológicos y psicológicos, que van desde la respuesta del sistema nervioso hasta aprendizajes culturales asociados al color verde, al paisaje y a la idea de calma.

No es casual, agrega, que algunos países hayan incorporado este vínculo como parte de sus políticas de salud. Japón es uno de los casos más estudiados, con terapias basadas en el bosque que se ofrecen de forma sistemática.

“No tiene que ver sólo con la geografía, sino con decisiones dirigidas a generar estos espacios como una forma de cuidado y terapia”, apunta.

Sobre cuánto contacto con la naturaleza es necesario para notar efectos en el cuerpo y la mente, Cynthia Zavala evita hablar de una “dosis” exacta. A su juicio, incluso exposiciones breves pueden marcar una diferencia.

“A veces basta con sentarse en una plaza, cerrar los ojos, sentir la brisa o mirar un árbol de manera consciente… Cinco minutos de conexión real con el entorno ya pueden generar una mejoría”, dice.

Eso sí, advierte, el vínculo con la naturaleza no debe pensarse como un reemplazo directo de los tratamientos médicos.

“No se trata de competir con un ansiolítico”, plantea. En casos de trastornos de ansiedad u otras patologías, señala, el contacto con el verde puede ser un complemento, pero no sustituye la psicoterapia ni los fármacos cuando están indicados.

Donde sí ve un rol clave es en la prevención y el cuidado cotidiano. “Incorporar caminatas, rutinas al aire libre y espacios verdes como forma de vida puede ser una herramienta permanente para personas que no tienen una enfermedad, pero sí síntomas de estrés o malestar”.

En 2024, los “baños de naturaleza” fueron incorporados a la Política Nacional de Medicina Complementaria y Prácticas de Bienestar del Ministerio de Salud.

En el caso de Japón, se trata de una práctica que el gobierno integró a comienzos de la década de 1980, en parte inspirada en tradiciones culturales vinculadas al sintoísmo, religión que históricamente ha venerado distintas fuerzas de la naturaleza e instalado altares o reconocimientos para honrar sitios y organismos vivos, como árboles o montañas. El enfoque comenzó desde el reconocimiento del entorno como espacio de protección y equilibrio.

El gobierno japonés aplicó la medida buscando mitigar los altos niveles de estrés laboral e incluso las muertes asociadas al exceso de trabajo. Con el tiempo, el modelo se volvió referente internacional e inspiró políticas similares en otros países, aunque adaptadas a sus propios contextos: Islandia, con su programa Forest Therapy; Inglaterra, con el Green Social Prescribing; Escocia, con la Nature Prescription; Corea del Sur, con el Forest Healing; Canadá, con el programa PaRx en conjunto con Parks Canada; o Nueva Zelanda, con su Green Prescription.

A nivel local, la práctica también ha comenzado a institucionalizarse. La Corporación Nacional Forestal (CONAF) realiza los llamados “baños de naturaleza” en áreas protegidas del Estado desde 2016, como un servicio orientado a contribuir al bienestar humano y a la conciencia ambiental, mediante una “conexión plena”, física y sensorial, con el entorno natural. La iniciativa mezcla principios del shinrin-yoku japonés y la conexión a la tierra, y apunta a beneficios fisiológicos, mentales, emocionales y espirituales.

En 2024, el Ministerio de Agricultura, en coordinación con CONAF, lanzó un programa en línea con los compromisos gubernamentales en salud mental, bienestar emocional y educación integral. Ese mismo año, los “baños de naturaleza” fueron incorporados a la Política Nacional de Medicina Complementaria y Prácticas de Bienestar del Ministerio de Salud, que reconoció esta experiencia como una práctica de bienestar e incluso permite su prescripción médica como complemento para la salud integral de la ciudadanía.

Actualmente existen 56 guardaparques capacitados que realizan periódicamente baños de naturaleza en senderos habilitados, por ejemplo, en las Torres del Paine. la-tercera

Hasta la fecha, de acuerdo a datos de la CONAF, el servicio se ha ejecutado en 38 áreas protegidas del país, beneficiando solo en 2024 a 1.248 personas. Entre los parques donde se realiza la práctica figuran Lauca, Volcán Isluga, Pan de Azúcar, Bosque Fray Jorge, Archipiélago Juan Fernández, La Campana, Río Clarillo, Nonguén, Villarrica, Puyehue, Chiloé y Torres del Paine, entre otros .

Actualmente existen 56 guardaparques capacitados que realizan periódicamente baños de naturaleza en senderos habilitados, mientras que más de 120 se han formado en estas técnicas. A esto se suma la capacitación del personal de salud. A enero de 2026, 1.550 trabajadores del área se han instruido en esta metodología. De estos, 370 cuentan con certificación, en un trabajo conjunto entre CONAF y distintos servicios de salud del país.

Desde CONAF, su director ejecutivo, Rodrigo Illesca, indica que los principales beneficios del contacto guiado con la naturaleza incluyen reducción de la ansiedad, la depresión y el estrés, con bajas en los niveles de cortisol y adrenalina, además de mejoras en el estado de ánimo, la presión arterial y el funcionamiento del sistema cardiovascular. “Todo ello contribuye a la salud mental, emocional y espiritual de las personas, fortaleciendo su bienestar y calidad de vida”, señala.

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