Por Andrés GómezBoris Giltburg, pianista: “En medio de la guerra, Beethoven escribió música que tiene toda la energía de la vida”
Durante la pandemia grabó las 32 sonatas del compositor alemán y la próxima semana comenzará a tocarlas en el Teatro Municipal de Santiago, como parte de un ciclo que conmemorará los 200 años de su muerte. Aquí habla del perfil luminoso de Beethoven, y también de su gusto por la música de Beyoncé: "Adoro sus últimos discos", dice.

El ejército napoleónico llegó a las afueras de Viena en mayo de 1809. La guerra contra Austria estaba declarada y el día 11 comenzaron a bombardear con obuses. “Ricos y pobres, de alta y baja condición social, jóvenes y ancianos se vieron de inmediato hacinados indiscriminadamente en sótanos y bóvedas ignífugas”, escribió Beethoven. Aquel fue un año de penurias en Viena, pero el músico alemán no dejó de componer: escribió el Quinto Concierto para piano, sonatas y la bagatela Para Elisa.
-En ese momento tan difícil, en medio de la guerra, Beethoven escribió música que tiene toda la energía de la vida -dice el pianista Boris Giltburg.
Virtuoso pianista nacido en Rusia y criado en Israel, radicado en Londres, en 2020 Giltburg emprendió un proyecto excepcional: con motivo de los 250 años del natalicio de Beethoven, grabó las 32 sonatas para piano en conciertos solitarios que fueron filmados y que se pueden ver en YouTube.
Escritas a lo largo de 27 años, entre las sonatas más célebres se encuentra Claro de luna, La patética y La apasionata. No solo son composiciones populares, de melodías emocionantes: son auténticas obras maestras. Y todas ellas comparten rasgos que se suelen asociar con el músico alemán: el drama, la tristeza, incluso la tragedia. Después de estudiarlas y grabarlas en pandemia, Giltburg descubrió algo más: tonos, texturas y una calidez inesperada.
—Descubrí que Beethoven es un compositor de vida y de luz, que siempre buscó una belleza lírica personal, pero al mismo tiempo con un sentido universal.
Ese universo sonoro es el que ahora trae al Teatro Municipal de Santiago, escenario al que vuelve después de 12 años: Giltburg interpretará las 32 sonatas en un ciclo de conciertos que se extiende hasta 2027, cuando se conmemoran los 200 años de la muerte del músico.
En su primera presentación, el próximo domingo 10, interpretará tres sonatas que representan las etapas temprana, media y tardía de Beethoven: entre ellas la Nº 29, conocida como Hammerklavier y tal vez la más compleja de todas. El segundo concierto, el martes 12, tendrá acento en el período medio con dos obras casi antagónicas: La tempestad y La pastoral.
Hasta antes de grabar las sonatas, su relación con el compositor era de admiración y respeto, no de cercanía. “Mi imagen de Beethoven era la de alguien ceñudo, serio, muy grave”, cuenta. Pero esa era una imagen muy parcial, dice.
—En la música de Beethoven hay un profundo amor a la humanidad. Él estaba muy compenetrado con la idea de la Ilustración, de que la humanidad es algo muy valioso por sí misma. Esta energía de luz y de belleza es mucho más el carácter de Beethoven que la gravedad, que también es parte de él.
Ganador de los premios Arthur Rubinstein y Reina Isabel, así como del Diapason d’Or por su grabación de los conciertos para piano de Shostakovich, Giltburg recibió elogios de la crítica por las sonatas de Beethoven, editadas en una caja de ocho discos con el sello Naxos.
Con cada sonata, Beethoven intentó captar las emociones humanas de una manera más y más refinada.
Antes de emprender el proyecto, Giltburg conocía solo nueve de ellas, de modo que tuvo que estudiar las 23 restantes en un período acotado de tiempo. A veces, cuenta, pasaba 12 horas al piano al día.
—Entender el carácter, los colores, los matices, el fraseo de cada uno de los movimientos, saltar de cero a un conocimiento muy íntimo de la música, eso necesitó muchísimo trabajo. Y no solo tocar, sino también grabarme en casa, después escucharme con la partitura, mirar lo que funcionó bien, lo que no funcionó. Eran días muy intensos en la parte cerebral también, no solo en la parte emocional.
Su plan fue grabarlas en progresión cronológica, lo que implicaba cada vez mayor complejidad.
—Con cada sonata, Beethoven intentó captar las emociones humanas de una manera más y más refinada. Y ese año difícil de la pandemia, tener la música de Beethoven —y de algún modo a Beethoven mismo— fue una gran compañía.
En una columna que publicó en The Guardian usted escribió que la música de Beethoven le devolvía la esperanza. ¿En qué sentido?
Si pensamos cuán difícil era su vida, en el plano personal y también en el contexto histórico. Por ejemplo, siempre pienso en el Quinto concierto para piano, que es la música más gloriosa que podemos imaginar. Él escribió este concierto durante la guerra con Francia, cuando Viena estaba siendo atacada. Beethoven fue a la casa de su hermano, se refugió en el subsuelo para proteger los restos de su oído. Y en ese momento tan difícil, en medio de la guerra, escribió música que tiene toda la energía de la vida. Y me inspira muchísimo que su respuesta a todas las dificultades de su vida fuera crear algo así.
Nunca llegamos a un punto en que podamos decir que ya sabemos todo sobre esta música. Solo podemos, en cada momento de la vida, poner todo el esfuerzo que tenemos para interpretarla lo mejor posible.
En el primer concierto en Santiago va a tocar la Sonata Nº 29, que usted ha llamado el Everest de las sonatas. Incluso, propone cambiarle el nombre.
Sí, la Hammerklavier. Yo la llamaría la “Titánica” o la “Grande”. La llaman así por el instrumento, porque en la página titular Beethoven escribió “Sonata para Hammerklavier”, pero me parece un nombre aburrido. La verdad es que Hammerklavier es la sonata que cambió todo para mí: mi manera de tocar cambió más con esta sonata que con ninguna otra. Y cuando escucho la grabación de 2020, es justamente en esta sonata donde no estoy satisfecho para nada.
¿Por qué?
Porque la dificultad es tan grande, que siento que no logré verdaderamente llegar al fondo de la música. Y también fue un desafío enorme para Beethoven mismo: tomó más de un año escribirla, y en ese tiempo no compuso nada más. Para mí es como una puerta: una vez abierta, entra en su período tardío. Es decir, esa poesía trascendental de las últimas tres sonatas y de los últimos cuartetos de cuerda pasa por este valle de sufrimiento que es el Hammerklavier. Y es un equilibrio muy interesante entre la exigencia física de tocar y la profundidad emocional y filosófica de la música. Por ejemplo, la gran fuga final: si no la tocamos de manera virtuosa, no podemos transmitir lo que hay en ella.
¿Hoy se siente más capacitado? ¿Con más experiencia de vida?
Sí, pero en el Hammerklavier no es la experiencia de vida, es la experiencia con la sonata. Son cinco años de tocarla muchas veces: es lo único que permite mejorar. Si dejara de tocarla, mi situación sería peor. Y es lo mismo con la última sonata: empecé a tocarla cuando tenía 23 años. Sabía que no entendía completamente el segundo movimiento. Y estoy seguro de que en cinco años más todo cambiará otra vez. Nunca llegamos a un punto en que podamos decir que ya sabemos todo sobre esta música. Solo podemos, en cada momento de la vida, poner todo el esfuerzo que tenemos para interpretarla lo mejor posible. Y con la idea de que en dos, tres, cinco o 10 años vamos a entender más niveles, más matices, más profundidad.
Un prisma
¿Cuáles fueron sus referentes? Porque están las grabaciones de Daniel Barenboim, de Claudio Arrau.
Para mí, mis dos grandes referentes eran Daniel Barenboim y Wilhelm Kempff, por razones muy distintas. Barenboim, porque escucharlo es como tener una clase magistral. Comparte su pensamiento con enorme generosidad. Es muy claro lo que está haciendo, y uno aprende muchísimo. Me gustaba especialmente su última grabación, la que hizo en Berlín alrededor de los 60 años. Para mí es, tal vez, la mejor. Kempff es otra cosa. Lo admiro con todo mi corazón. Es una inspiración enorme por la poesía de sus interpretaciones, por cómo son al mismo tiempo sencillas y profundas. Pero con él no puedo aprender nada. Solo puedo admirar. No entiendo cómo logra lo que hace. Es como una caja negra que no puedo abrir. Me pasa algo similar con Arthur Rubinstein en Chopin: para mí es lo mejor que existe, pero tampoco puedo explicar cómo lo hace. Esos dos polos —la claridad de Barenboim y el misterio de Kempff— fueron centrales para mí.
¿Cómo entiende la interpretación de Beethoven? ¿Dónde entra lo personal?
Pienso que cada uno decide para sí mismo en qué nivel de fidelidad estará respecto de la partitura. Para mí, la partitura es la fuente de todo lo que hay que saber sobre la música. La intención es siempre ser lo más fiel posible, pero no podemos desaparecer. Cada vez que uno toca una obra es como un prisma a través del cual pasa la música. Escuchar una interpretación de Barenboim o de Kempff es estar también en la compañía de ellos como seres humanos. La partitura es un reflejo de lo que el compositor imaginó. Wagner, cuando escuchó Sigfrido, dijo que no era lo que él había imaginado. En las grandes interpretaciones encontramos todo lo que está en la partitura, pero también algo más. Porque la partitura no contiene todo lo emocional. Puede decir “leggero” o “con tristeza”, pero no dice exactamente cómo producir esa tristeza. Eso lo tenemos que imaginar nosotros: el fraseo, el tempo, la articulación, el balance. La interpretación es una mezcla de fidelidad e imaginación.
A diferencia de Wagner, Beethoven no podía escuchar las interpretaciones de su obra.
Pienso que en cierto momento él ya estaba desconectado de la realidad sonora de los instrumentos de su época, sobre todo en los últimos cuartetos. Los mundos sonoros que construyó son más avanzados que los instrumentos disponibles entonces. Y me pregunto si hubiera podido escuchar el sonido real del Hammerklavier, si algunas cosas habrían sido distintas.
¿Podría pensarse que la sordera le dio más libertad creativa?
Es muy difícil decir eso. No quiero decir que fuera una bendición; fue una tragedia enorme. Para un músico, no poder oír es lo peor. Pero sí podemos agradecer lo que pudo imaginar más allá de la realidad sonora de su tiempo.

Decía que Beethoven fue capaz de escribir belleza en medio de la guerra. Hoy, que también vivimos conflictos bélicos, ¿cómo resuena su música?
Pienso que es el sentido de humanidad en su música lo que nos conecta con ella. Es algo intemporal. Escuchar a Beethoven es escuchar a alguien que ha vivido intensamente. Reconocemos esa sinceridad en su música. No es algo teatral. Y eso le da ese poder. La música de Beethoven tiene valor en tiempos de paz y de guerra. Y quiero pensar que Beethoven estaría más feliz de saber que su música sigue tocando a las personas que cualquier otra cosa.
Usted ha dicho que la música puede ser un refugio en tiempos de crisis. ¿No se trata de evasión?
Sí y no. A veces necesitamos escapar un poco. La palabra evasión puede sonar negativa, pero yo no veo la música así. Un refugio, un momento de calma o de consuelo es algo profundamente necesario. No tiene nada negativo. La música es también un recordatorio de que la humanidad puede ser bella.
Beyoncé
Especialista en los compositores rusos y alemanes, Boris Giltburg disfruta también del jazz y la música rock, en especial de Metallica. Y entre sus últimos descubrimientos se cuenta una estrella de la música pop: Beyoncé.
—Escucho heavy metal a veces. Jazz, sobre todo el viejo jazz de Oscar Peterson y Ella Fitzgerald. Y adoro los últimos discos de Beyoncé. Para decir la verdad, el 90% de la música que escucho es música clásica. Pero a Beyoncé la he escuchado muchas veces en los últimos años. El último disco, Cowboy Carter, y también Lemonade, están entre mis álbumes preferidos.
La música es totalmente distinta, pero el intento humano en la música es tan grande en las últimas grabaciones de Beyoncé como en Beethoven.
¿Qué disfruta de su música?
No puedo decirlo exactamente. No quiero decir que Beyoncé sea como Beethoven, pero sí quiero decir que el talento creativo de Beyoncé es, para mí, de los más grandes de nuestra generación. Y es también una música que está llena de vida. La música es totalmente distinta, pero el intento humano en la música es tan grande en las últimas grabaciones de Beyoncé como en Beethoven.
¿Es un gusto poco usual en su medio?
Sí, es algo un poco inusual para un músico clásico, pero cuanto más escucho sus grabaciones, más estoy seguro de que es así.
¿Cree que puede hallarse espíritu rock en la música clásica?
Sí, en las sonatas de guerra de Prokofiev, en casi todas las sinfonías de Shostakovich, también en Beethoven, en Brahms, en Dvořák, en Schubert incluso, hay momentos de rock: cuando ponemos todo lo que tenemos en el instrumento, sin límites, sin control a veces. Y son momentos muy fuertes, que me gustan muchísimo.
Lector y traductor de poesía, Giltburg aprecia el contacto con la naturaleza y cultiva también la fotografía. Y en esta nueva visita, la primera de cuatro, va a unir sus aficiones:
—Después de los conciertos voy a recorrer Chile. Es mi sueño, porque la naturaleza es para mí como una segunda afición. Y la fotografía es mi hobby principal. Voy a unir la parte musical, la exploración de la naturaleza y la fotografía. Por esta combinación de razones, estas visitas a Chile las espero con muchísimas ganas.
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