Histórico

Islas Cook: La joya de la Polinesia

<img height="16" alt="" width="60" border="0" src="http://static.latercera.cl/200811/193728.jpg " /><br /> Gente de sonrisa fácil, palmeras, frutas tropicales, danzas y tambores son algunos de los atractivos que, en el corazón de la Polinesia, la convierten en un verdadero paraíso.

Cuando se piensa en viajar a lugares exóticos, pocos destinos apelan a esas postales paradisíacas adornadas de flores tanto como la Polinesia. Una palabra que significa "región de muchas islas" y que hace referencia a los más de mil pedazos de tierra rodeados de mar, repartidos en la zona central y sur del gran océano Pacífico, incluyendo Hawaii y nuestra Rapa Nui.

La idea popular de paraíso terrenal está bien representada por estas islas. Esa lista  incluye blancas playas con palmeras, luminosas puestas de sol, variadas flores y frutas, música y danza. Pero hay diferencias entre las islas. Algunas poseen mayor despliegue cultural, las hay más o menos pobladas y así también con la cantidad de personas que las visitan. Y, obviamente, hay variedad en cuanto a precios.

Pero el corazón de la Polinesia tiene nombre: Islas Cook. Ubicadas en el centro del triángulo polinésico –al noreste de Nueva Zelanda, entre Tonga y Tahití–, las 15 islas que conforman el archipiélago de las Cook cumplen con las condiciones de un edén tropical intachable. Sin nada que envidiarle a la Polinesia Francesa en cuanto a paisajes, aunque con menos turismo y más baratas, las Cook son la opción para los que buscan islas pacíficas sin gastar fortunas.

KIA ORANA
Oleadas de la Gran Migración Polinésica –cerca del 1500 a.C.– trajeron a los primeros pobladores: maoríes provenientes de la mítica tierra de Havaiki o, según historiadores, probablemente de las Islas Marquesas. Llegaron surcando los mares en sus grandes canoas dobles llamadas vakas. Y vivieron aquí, entre la selva y el mar, aislados del resto del mundo por mucho tiempo.

No fue hasta el 1600 d.C. que los primeros europeos, navegantes españoles, avistaron estas islas y, desde entonces, no hubo más contacto con el Viejo Continente hasta la venida del inglés James Cook, en 1773, en honor de quien se nombró el archipiélago. Después llegaron los misioneros religiosos, trayendo creencias e influencias occidentales.

Pero esta milenaria cultura polinesia sigue viva y se siente desde que se pisa el aeropuerto. Un tallado del dios Tanga Roa, patrono de cosechas y fertilidad, saluda a los recién llegados. La bienvenida es con ukeleles: "Kia Orana, welcome to the Cook Islands", mientras el collar de flores de tiare baja por el cuello. Su perfume, sumado al aire cálido y la música, crean una atmósfera que comunica a los sentidos que se ha llegado a la Polinesia. A su corazón, ni más ni menos.

RAROTONGA, UNA JOYA
Rarotonga es la isla principal del conjunto de las Cook y una de las más hermosas, rodeada por una laguna de corales que la envuelve en un aura de agua turquesa y coronada por montes volcánicos cargados de densa selva tropical. Las altas cumbres, de 650 m, están siempre con niebla, creando un paisaje espectacular para una costa de arena blanca bordada de palmeras.

La isla es circular, con sólo 32 km a la redonda y un camino principal que da la vuelta a su perímetro. Se recorre en 40 minutos en auto o moto, siendo esta última el medio más popular, recomendable y económico. Arrendar una bici es otra buena idea para no perderse detalle del paisaje y, también, hay un bus que recorre la isla cada media hora.

Sus 10 mil habitantes son todos conocidos o emparentados, por la calle los saludos van y vienen. Como visitante, a la semana, uno ya ubica caras y recibe más de alguna venia y, por más desconocidos que sean, es fácil sacarles a los locales una sonrisa al pasar.

Avarua es el poblado capital, organizado a lo largo de una costanera con tiendas, cafés, restaurantes, servicios e información turística. Es un lugar para abastecerse de provisiones y souvenirs, pero está claro que hay que salir de Avarua cuanto antes para apreciar la verdadera gracia y la desbordante naturaleza de Rarotonga.

Palmeras y árboles frutales se ven por todas partes. Las gardenias e hibiscos crecen como arbustos. Los polinesios son famosos por incluir flores en su vestuario, en el pelo o detrás de las orejas. La regla dicta: la flor tras la oreja derecha para los solteros y en la izquierda, los comprometidos. Es tal la reverencia por la flor de tiare que, incluso, tiene su propio festival en noviembre, donde todas las casas se decoran con flores para celebrar la belleza de este símbolo nacional.

Las playas de Muri y Titikaveka –en el sureste de la isla– son las mejores. Muri tiene una vista espectacular de cuatro islotes o motus, que están muy cerca de la costa y a los que se puede cruzar nadando o en kayak. Titikaveka es de hermosas playas desiertas. Ambos sectores ofrecen snorkeling, pero si lo que se quiere es ver muchos peces de colores, lo mejor es ir a Tikioki, frente a Fruits of Rarotonga, el mejor punto para observar fauna marina dentro de la laguna.

Una de las maravillas que se dan en estas aguas son las estrellas de mar de un azul tan intenso, que parecen pintadas con témpera. Pero también hay mucho que ver fuera de la laguna. Un excelente panorama es salir a navegar. Desde el agua, Rarotonga se ve en todo su esplendor: sus verdes montes enmarcados de mar y cielo. El buceo alrededor de la barrera de coral también es bueno; además de peces, con un poco de suerte se pueden encontrar tortugas y tiburones de arrecife.

Y si es invierno, entre julio y octubre, hay buenas posibilidades de ver a las impresionantes ballenas jorobadas, que detienen su migración en estas aguas por unos días para descansar con sus ballenatos. También se pueden observar desde tierra, ya que las ballenas nadan muy cerca del borde de la laguna.

DEL MAR Y DE LA TIERRA
La mejor manera de terminar un día de playa es observando una puesta de sol. Han hecho famosa a Polinesia por lo largas e impresionantes, pues no hay nada que interfiera en el descenso del sol. Sólo hay mar, que se va tiñendo de diferentes colores a medida que el sol se esconde bajo el horizonte. La costa oeste es el lugar para apreciarlas mejor y, cuando hay marea baja, contra el poniente se ven dibujadas las siluetas de los recolectores de moluscos, cangrejos y langostas.

Los locales basan su alimentación en las bondades del mar y la tierra. Atún de aleta amarilla, wahoo y albacora han sido parte de la dieta de esta gente por generaciones. "Pescado" George –como le dicen– es un avezado pescador que lleva turistas en su bote y todas las tardes se le ve en el muelle limpiando y fileteando la pesca del día que pone a la venta. Imposible más fresco.

Pero la tierra no es menos generosa. Tepaeru, como muchas otras dueñas de casa, tiene un puesto en su antejardín donde vende fruta de la estación. Hoy tiene mangos, plátanos y papayas. A un dólar la papaya, 50 centavos el mango, cinco dólares el racimo de plátanos. Un par de turistas miran curiosos mientras ella, machete en mano, abre un coco con tres cortes certeros. Luego lo ralla y lo espolvorea encima de una ensalada frutal, que invita a a probar.

El colorido mercado Punanga Nui, que abre los sábados en la mañana con una banda tocando en vivo, es una instancia social y el lugar para ver y comprar de todo cuanto esta isla tiene para ofrecer: los famosos pareos, las apreciadas perlas negras, collares de flores, ukeleles, tallados del dios Tanga Roa y otras artesanías en madera y conchas. Además de frutas, verduras y especialidades locales como el ika mata, cebiche de pescado con leche de coco.

Y el resto es selva. Salvaje y densa, aunque hay algunos senderos, siendo el más popular el que cruza la isla entre norte y sur. El icónico Pa, un personaje de Rarotonga, es el encargado de guiar a los visitantes a través de las montañas. La caminata de cuatro horas es exigente, pero Pa ayuda a hacerla más llevadera, contando inverosímiles historias de sus andanzas por la selva. Dice ser experto en plantas medicinales y no escatima en ofrecer a los turistas exóticos consejos que ilustra con el ejemplo, como untarse de barro contra el ataque de los mosquitos. Desde la cima se obtiene una espectacular vista de toda la isla y la laguna que la rodea, y al final del sendero se llega a la Cascada Wigmore, una caída de agua de 15 m con una piscina natural donde se puede nadar.

La música, el ritmo y la danza están en la esencia de la cultura polinesia; los locales lo llevan en la sangre. Es cosa de todos los días ver a grupos de amigos y familiares reunidos y cantando. La música también está presente en todas las ceremonias, incluyendo las misas de los domingos que son casi enteramente cantadas. Porque aquí no hay quien no sepa cantar, tocar algún instrumento o bailar, y hay una variedad de celebraciones a lo largo del año que dan testimonio y expresión a esta pasión isleña.

El mayor de los festivales es el Te Maeva Nui, en agosto, que celebra la independencia de las Islas Cook. Es una gran fiesta, que incluye danzas, cantos y tambores, artes visuales y deportes, donde compiten las 15 islas.

Todas las semanas hay presentaciones de grupos de danza en restaurantes y hoteles, los llamados Island Nights, que incluyen comida y shows tradicionales. El festín es generalmente un umu, cocimiento de carnes, pescados y vegetales envueltos en hojas de plátano y tapados en un hoyo en la tierra con piedras volcánicas calientes, al mismo estilo del curanto chileno.

Después de la comida, los tambores alargados llamados pates rompen el silencio con un estruendo de ritmo al que se suman los ukeleles, una guitarra chica similar al charango. Luego comienza la danza, alegre, sensual, llena de gracia. Adornados con plumas y flores, los hombres saltan y chocan las rodillas, mientras las mujeres mueven las caderas increíblemente rápido, los brazos y las manos ondulando en lentos movimientos que imitan las aguas o la brisa en las hojas de palma.

"Estos bailes no son sólo belleza artística sino también una forma de comunicación, usados tradicionalmente para contar leyendas e historias de amor y aventuras", dice Roimata, una chica de 20 años que no se separa de su ukelele, baila desde que aprendió a caminar y canta con una voz a la vez dulce y agreste, talento natural pulido sólo por práctica apasionada, sin pretensiones.

En una mezcla de inglés y maorí, Roimata entona una canción que habla del mar, de los antepasados, de la selva, de la vida en estas islas de sol y flores. Y de otros secretos de la cultura polinesia que, como visitantes, quizás no podemos comprender, pero que ciertamente podemos admirar en su expresión alegre y exuberante, en cada rincón de este paraíso llamado Islas Cook.

GUÍA DEL VIAJERO
- Cómo llegar

Se puede volar en LAN desde Santiago a Auckland y conectar con Air New Zealand o Pacific Blue a Rarotonga. Otra opción es tomar el vuelo de LAN de Santiago-Tahití, y volar a Rarotonga con Air Rarotonga.

- Datos
Se necesita pasaporte, se puede permanecer hasta 31 días sin visa. Para extender  la estadía se deben pagar NZ$ 70.

- Idioma
Inglés y maorí de las Islas Cook.

- Moneda
Aunque se gobiernan independientemente y tienen su propio Parlamento, las islas dependen de Nueva Zelanda y usan el dólar de ese país (NZ$).

- Dónde dormir
1. Pacific Resort, en la laguna Muri, 57 habitaciones y siete villas. Hermosos jardines y restaurante en la playa con chef chileno (Felipe Ponce). Para 3 personas NZ$ 550 por noche (unos 300 dólares).

2. Little Polynesian, en la hermosa y solitaria playa de Titikaveka, hotel minimalista de lujo con 10 bungalows. Desde NZ$ 550 por noche (380 dólares aprox). Bungalows dobles en la playa desde NZ$ 950 por noche.

3. Beach Villas, situado en la playa Muri, dos bungalows y una villa, todas con cocina y terraza con vista a uno de los islotes. Desde NZ$ 120 (80 dólares) por noche en base a hab. doble.

4. Rarotonga Backpackers, buena y económica opción, alternativas en tres complejos: playa cerca de Arorangi, interior selvático y centro de Avarua. Precios por noche desde NZ$ 20, NZ$ 40 single y NZ$ 48 doble (15, 28 y 33 dólares aprox).

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