Histórico

La familia que estuvo un año sin comer azúcar

Lo que parecía ser una agria experiencia, terminó siendo, según Eve Shaub, madre de dos niñas, una sabrosa historia, cuya receta acaba de plasmar en un libro.

Después de ver un video hecho por un endocrinólogo que alertaba sobre el peligro del consumo excesivo de azúcar, Eve Schaub, escritora y fotógrafa estadounidense, se planteó un desafío. Su propósito era pasar un año entero eliminando totalmente el azúcar de la dieta. Y no lo haría sola. Su esposo y sus dos hijas -de seis y 11 años y que estallaron en lágrimas al enterarse del desafío- tendrían que acompañarla. La experiencia, iniciada en enero de 2011 y finalizada en diciembre de ese año, fue relatada en un exitoso blog y ahora fue publicada con sabrosos detalles en el libro Year of No Sugar (Un año sin azúcar).

El primer desafío fue determinar exactamente dónde estaba el azúcar. En su investigación, Schaub halló más de 50 nombres diferentes que significaban lo mismo: azúcar. "Al principio tuve que ir con una lupa y un diccionario para cumplir con la dieta. El tiempo de compras se duplicó sólo por leer y desechar alimentos que tenían alguna forma de azúcar", dice la autora a La Tercera.

Encontró azúcar añadida en alimentos que ni siquiera eran dulces, como tortillas, embutidos, pan, mayonesa y comida para bebés. Eso la llevó a entender cómo su abuela, que vivió a principios del siglo pasado, consumió en su vida sólo un cuarto del azúcar que se come hoy, y que, según la autora, incide directamente en el aumento de cáncer al páncreas, diabetes y obesidad.

La meta de Schaub era eliminar la fructosa de la dieta, pero no el sabor dulce. Para ello, endulzaba las comidas y postres con plátanos, duraznos o jarabe de arroz. De hecho, el libro incluye recetas de postres, como panqueques sin fructosa añadida. Lo más difícil fue lidiar con sus hijas, con las que hizo un trato: ella misma les guardaría las colaciones para la escuela.

La única excepción eran los cumpleaños, donde siempre y cuando todo el resto de los compañeros estuviese comiendo lo mismo, ellas podían comer, pero siempre debían contarlo al volver a casa. Pero al finalizar la experiencia, y para sorpresa de la autora, ya no querían tanto dulce. La razón, dice Schaub, es algo que ella misma vivió: con el paso del tiempo el gusto por los dulces fue cayendo. Los productos con azúcar añadida se sentían muy dulces y dejaron de ser apetitosos. En cada cumpleaños, la familia podía pedir un dulce si lo querían, pero cuando su esposo pidió un pastel de plátano nadie lo terminó. "Me dolió la cabeza y tuve que lavarme los dientes para sacar el sabor", recuerda.

Schaub logró cambiar el estilo de vida de su familia, aunque dice no creer que sea necesario erradicar el azúcar de la dieta, pero sí estar consciente de que su utilización se está yendo de las manos. "Mis consejos son leer siempre la etiquetas, recordar que no hay azúcares mejores que otros -ya sea miel, granulada o en forma de chocolate-, nunca beber azúcar y estar atentos a la comida que se hace llamar saludable, pues una barra de granola puede tener la misma cantidad de azúcar que una barra de dulce".

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