Gonzalo Martner

Gonzalo Martner

Economista y académico USACH

Opinión

2019: un gobierno en dificultades y una oposición sin norte


Al iniciarse el año 2019, sorprende que la oposición siga dando respuestas dispersas a las iniciativas y acciones de un gobierno cada vez más entrampado en su incapacidad de hacer frente a las expectativas que creó. Un recuento somero indica que una de las pocas acciones relevantes de la oposición unida (que recordemos no hace mucho gobernaba junta, con pocas excepciones) fue haberse coordinado para establecer una rotación en la presidencia y otros cargos de las cámaras en marzo de 2018 (dicho sea de paso, esto no existe en los parlamentos de los países de mayor solidez institucional, en los que los presidentes de las cámaras y comisiones ejercen por períodos completos). O bien el anuncio de amplio espectro de una acusación constitucional contra el Intendente de La Araucanía frente al asesinato de Catrillanca, que derivó en su renuncia anticipada. Y no mucho más.

En efecto, con cuatro oposiciones distintas no es mucho lo que se puede esperar. Y menos cuando cada fuerza busca negociar temas parciales de interés propio con el gobierno, que va así reuniendo mayorías parlamentarias caso a caso para hacer avanzar su agenda. Cuando sus propios errores se lo permiten, claro.

El Partido Demócrata Cristiano (que reunió un 10,3 por cien de los votos válidos en la elección de diputados en diciembre de 2017) ha optado por mantenerse al margen de toda alianza. El supuesto rol de fiel de la balanza no transmite un mensaje demasiado contundente ni permite presagiar una recuperación del electorado perdido (del orden de 20 por cien desde 1989). En todo caso, antes de 2020 deberá decidir a qué fórmula de coalición electoral se integrará para disputar las elecciones municipales y regionales con alguna posibilidad de éxito.

El bloque de izquierda y de centro laico tradicional, que sumó un 25,1 por cien de los votos en la elección de diputados de 2017, simple y sorprendentemente se disolvió. Este se había conformado por los partidos Socialista (9,8 por cien de los votos a diputados), Por la Democracia (6,1 por cien de los votos a diputados), Comunista (4,6 por cien de los votos a diputados) y Radical Socialdemócrata (3,6 por cien de los votos a diputados). Su sentido era ser el soporte político de Alejandro Guillier en la elección presidencial de 2017. La fórmula del independiente venido de los medios de comunicación fracasó, pero la lista parlamentaria común que conformaron sus cuatro partidos de apoyo obtuvo buenos resultados en el contexto del nuevo sistema electoral proporcional.

Luego de disolverse intempestivamente, este bloque no fue reemplazado por alguna otra alianza con capacidad de incidencia política, rompiendo la antigua regla -también aplicable en política- de que en la selva no se debe soltar una liana sin haberse colgado a otra. Parece haberse tratado de un acto irreflexivo de marginación del Partido Comunista, sin otra razón que no fuera supuestamente ofrecer al Partido Radical, tentado por una alianza de “centro” con la Democracia Cristiana, una coordinación provisoria sin el PC. Esto se origina en que una parte de los dirigentes PR y DC entiende que la recuperación de su identidad, supuestamente diluida en las alianzas con la izquierda, pasa por gestos anticomunistas de tipo guerra fría antes que por cualquier reconstrucción de algún proyecto como los de Aguirre Cerda o de Frei y Tomic (que recordemos incluían la reforma agraria y la chilenización del cobre). Al parecer, estos solo aceptarían volver a una Concertación sin el PC. El problema es que esta coalición se disolvió al terminar el primer gobierno de Michelle Bachelet hace casi una década, y entre tanto el PC ha vuelto en plenitud a su tradición social e institucional.

En medio de estas maniobras tácticas de poca proyección, el PDC sigue en su camino propio poco incidente y existe solo una débil coordinación entre el PS, el PPD y el PR. Estos partidos sumaron un 19,5 por cien de los votos de diputados en 2017 y no están por sí solos en condiciones de sostener una opción presidencial que dispute la segunda vuelta, ni parecen tener un mensaje que conecte con su historia y con el mundo popular, colonizados como están por el pragmatismo encarnado por figuras como José Miguel Insulza y por las ideas neoliberales encarnadas por Rodrigo Valdés.

Ante esta situación, el Partido Comunista decidió coordinar su actividad con el PRO del ex candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami y del también ex candidato presidencial senador Alejandro Navarro (cuyas fuerzas políticas sumaron 3,9 por cien de los votos a diputados) y con el Frente Regionalista, Verde y Social encabezado por el diputado Jaime Mulet (que obtuvo el 1,9 por cien de los votos a diputados). Estas fuerzas reunieron el 10,4 por cien de los votos a diputados en 2017, lo que no es desdeñable.

El Frente Amplio, que emergió en la reciente elección como una nueva fuerza alternativa con 16,5 por cien de los votos para la Cámara de Diputados, ha tomado iniciativas parlamentarias aisladas pero sin contar con los votos del resto de la oposición, mientras no ha mantenido vínculos muy activos con los movimientos sociales. Se han acentuado sus divergencias internas entre posiciones más proclives a alianzas con el resto de la oposición y otras más radicales y autonomistas. Su proyección pública ha estado centrada más en las tribulaciones de las personalidades que lo conforman antes que por algún cuerpo de ideas y propuestas conducentes a constituir una alternativa seria a la derecha.

En este contexto, salvo un desgaste político acelerado y un mal desempeño económico en medio de una coyuntura internacional que pudiera hacerse muy adversa, la derecha tiene altas probabilidades de ganar la elección regional y municipal de 2020 y de ser reelegida en 2021. Salvo que se produzca alguna secuencia de articulaciones positivas. Por ejemplo, las fuerzas más a la izquierda podrían coordinarse. Una clara acción común opositora del PC, Pro y Frente Regionalista podría sumar a las del Frente Amplio, o vice-versa. Esto agregaría (en el papel) un 27 por cien del electorado. Esta dinámica podría sumar (también en el papel) al 20 por cien del trío de “centroizquierda laica” hoy inmovilizado. Si además todos ellos se propusieran componer alguna colaboración con el 10 por cien, o parte de él, que representa (siempre en el papel) el PDC, el cuadro podría cambiar para construir una alternativa creíble a la derecha. Por el momento, no se ve ningún proceso mínimamente articulado de lucha contra las ideas e intereses minoritarios que defiende la derecha en el gobierno. Ni tampoco una construcción paciente de coaliciones capaces de hacer avanzar los intereses de la mayoría social en el futuro próximo.

Pero la esperanza es lo último que debiera perderse. La oposición podría actuar en el corto plazo, por ejemplo, no aprobando ningún proyecto presentado por el ejecutivo hasta que se acuerde la reforma del Tribunal Constitucional en un sentido no partidista (su conducta actual es simplemente incalificable), se restrinja su ámbito de intervención y deje de ser una sesgada tercera Cámara. Sería una primera señal de vida.

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