Bajo la sombra de Bachelet

Michelle Bachelet y Sebastián Piñera



Por Cristóbal Aguilera, profesor de Derecho Universidad Finis Terrae

¿Cómo debe leerse el anuncio del Presidente de impulsar el proyecto de matrimonio entre personas del mismo sexo? La respuesta rápida –aparte de que se trató de una triquiñuela política– es que constituye una notable apertura de mente, un hito del progreso del oficialismo, un situarse (¡por fin!) en el lado correcto de la historia.

Esas respuestas no pasan de ser meras cuñas; meras cuñas que, sin embargo, esconden definiciones a nivel de principios que pocas veces se explicitan con claridad. En efecto, bajo todas esas categorías subyacen visiones políticas que quienes las promueven pocas veces están dispuestos a que sean sometidas a crítica pública. De un tiempo a esta parte se piensa que, a fin de justificar cualquier medida, es suficiente decir que se encuentra en consonancia con la dirección de la historia, sin reparar en el absurdo de la idea de que la historia se mueve en una sola dirección.

Pero hay otra lectura política posible del anuncio. Más allá del debate específico sobre el matrimonio, su significado y justificación pública (debate de primera importancia que, precisamente por los muros retóricos que significan esas cuñas, es difícil de dar), el anuncio del Presidente viene a consolidar un fenómeno tan insólito como sorprendente: el gobierno que triunfó con una mayoría histórica, cuyo mensaje electoral fue una crítica feroz en contra de su antecesor, terminó, sin embargo, administrando justamente el legado cultural y político más relevante de éste.

¿Cómo pudo ocurrir algo así?

La expresidenta Bachelet tenía una agenda política y cultural sumamente definida, que puede resumirse en la idea –como ella insistió en reiteradas ocasiones– de ensanchar los espacios de autonomía y libertad. Dentro de esta agenda se inscriben las leyes de aborto y de identidad de género y los proyectos de garantías de la niñez, de violencia integral y de matrimonio homosexual. Esas iniciativas, todas ingresadas durante el gobierno de Bachelet (y la primera de ellas, la más relevante, aprobada además bajo su mandato), son manifestaciones de una antropología fundada en la soberanía individual, cuyo objeto común es asegurar que las personas, en su espacio personal, puedan hacer lo que les venga en gana. En otras palabras: profundizar la cultura individualista que tiene hace un buen tiempo a nuestra sociedad entre las cuerdas.

El gobierno actual, y la derecha en general, jamás advirtieron ni comprendieron esta agenda y giro político y cultural, cuya relevancia aún es difícil de medir. Solo esta falta de advertencia y comprensión puede explicar que, en pocos meses, este sector haya sufrido un cambio verdaderamente esquizofrénico: pasaron de oponerse con fuerza a todas esas iniciativas a, luego del arribo de Piñera a la Moneda, incluirlas en su propia agenda política: la última que faltaba era justamente el proyecto de matrimonio homosexual (las demás tienen asignada urgencia hace un buen tiempo). La derecha no tenía (menos hoy) otra cosa que ofrecer en estas materias más que una débil oposición sin mucho sentido político (no por nada gran parte del oficialismo considera, y ahora más que nunca, que los temas valóricos son temas meramente de conciencia, de poca o nula relevancia para una agenda propiamente política). Pero esto les pasó la cuenta.

Frente a este escenario de absoluta desorientación y desfonde moral, Sebastián Piñera terminó como no podía ser de otro modo: arrimándose, en uno de los ámbitos más relevantes, a las banderas del que él en su oportunidad calificó como el peor gobierno desde el retorno de la democracia. La derecha se queda, así, sin antropología, sin filosofía, sin alma, sin la justificación última que requiere cualquier proyecto político, encerrada meramente en la técnica y la economía (y un discurso social que no termina de cuajar). Tuvo la oportunidad de ofrecer un proyecto de fortalecimiento de la familia, de las comunidades, un sentido de vida y horizonte existencial diferente (algo que, de alguna manera, estaba presente en el programa de gobierno de Piñera, el cual, aparte de quienes trabajaron en su redacción, nadie se tomó muy en serio), pero terminó sucumbiendo –sin tener la más mínima idea de que lo hacía– ante el individualismo estatista de izquierda.

¿Qué diferencia, entonces, a la derecha y a la izquierda en este plano? Nada más que una diferencia de intensidad, no de principios, ni de fundamentos. Se ha cumplido, pues, aquello de que la derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas, aunque lo preciso es decir que la izquierda ha vencido a la derecha que ha terminado por sucumbir ante sus propuestas. Por ello, no sería nada de extraño que, más temprano que tarde, esta derecha acabe apoyando explícitamente el aborto (implícitamente ya lo ha legitimado).

En fin. Tan preocupado por el legado está el Presidente, que no se ha dado cuenta de que lo ha construido bajo la sombra de Bachelet.

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