Opinión

Cada verano, el mismo ritual

Foto: Aton Chile LUKAS JARA/ATON CHILE

Cada verano en Chile repetimos el mismo ritual: incendios devastadores, localidades arrasadas, muertos, miles de damnificados. Nos escandalizamos unos días, y luego volvemos a lo mismo. El problema no es solo el fuego, sino también nuestra respuesta.

Los incendios que afectan zonas pobladas no son inevitables, son el resultado de decisiones (o de la falta de ellas). Estados Unidos, tras catástrofes como Paradise, California, entendió que la mayoría de las viviendas no se quema por el frente principal de llamas, sino por exposición acumulada, continuidad del combustible y diseño urbano deficiente en la interfaz urbano-rural. En Europa mediterránea, países como Portugal, Francia y Grecia han desarrollado marcos específicos para la interfaz urbano-forestal, entendiendo que el mayor riesgo no está en el bosque remoto, sino en el contacto directo entre vegetación continua y ciudad. Portugal, tras incendios con víctimas fatales, impuso franjas obligatorias de gestión de combustible alrededor de viviendas, incluso cuando estas existían antes de la norma. La responsabilidad recae en los propietarios, con capacidad municipal de fiscalización y sanción. Los estudios posteriores muestran que, donde estas franjas se cumplían, la intensidad del fuego disminuía al alcanzar áreas urbanas, facilitando la defensa de viviendas y la evacuación. Después de las escenas de Grecia en llamas, y en contextos de alta informalidad y fragmentación predial, el país avanzó en delimitar y cartografiar la interfaz urbano-forestal, restringiendo densidades, revisando trazados viales y regulando incluso asentamientos con problemas de propiedad. El incendio de Rafina (2005) evidenció que calles sin salida, alta continuidad de combustible y ausencia de planificación de evacuación fueron factores decisivos en la pérdida de vidas humanas, lecciones que luego se incorporaron a la regulación territorial.

En Australia la planificación urbana parte de una premisa realista: no siempre habrá capacidad de respuesta para salvar viviendas. Por eso el foco está en el diseño: separación física entre casas y vegetación, vialidades que actúan como cortafuegos, jardines y cercos no combustibles y estándares constructivos adaptados al fuego.

Chile, en cambio, sigue permitiendo que ciudades y asentamientos informales crezcan en cerros altamente combustibles, sin accesos adecuados ni planificación preventiva. La investigación sobre campamentos en Viña del Mar muestra que la informalidad aumenta drásticamente la exposición y reduce la capacidad de respuesta. Cambio climático, precariedad urbana y fuego no son fenómenos separados: se potencian. Eso se suma a lo que vimos en el sur: construcciones de materiales combustibles, cercanas a bosques, con accesibilidad difícil, e inacciones burocráticas que demoran la quema preventiva.

Sacar lecciones, ponerlas en práctica. Mientras nos alarmemos solo en enero o febrero, seguiremos contando muertos cada verano y llamándolo tragedia, cuando en realidad es negligencia.

Por Ricardo Abuauad, decano Campus Creativo UNAB y profesor UC

Más sobre:IncendiosPlanificación urbanaRegulación territorial

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