Por Gonzalo CorderoChile país hostil

Con la caída del muro de Berlín, se inició un cambio en el orden internacional de una profundidad difícil de anticipar. Aunque cueste imaginarlo, nadie podría negar que de aquí a cincuenta años -o menos- una nueva realidad supere los cimientos del mundo construido sobre los principios de la Paz de Westfalia y, en parte, de la Revolución Francesa.
Podemos decir que el derrumbe de la Unión Soviética tuvo como consecuencia que el centro de gravedad de la política mundial se desplazara desde el Atlántico hacia el Pacífico, en cuyos bordes se ubican los dos principales actores que están redefiniendo las reglas de convivencia en un sistema multipolar. En este contexto es que surge o, más bien, resurge la noción de “áreas de influencia”.
Este concepto es esencial a la hora de definir dónde se ubica nuestro país. Lo queramos o no, nos guste o nos desagrade, el hecho concreto es que formamos parte del área de influencia de la primera potencia mundial y que esa potencia está en medio de una intensa disputa por consolidar de la mejor manera posible su liderazgo relativo, el que está lejos de su rol en el mundo unipolar que parecía haber llevado la historia a su punto final.
La conducción que el Presidente Boric ha hecho de nuestras relaciones internacionales, una de las responsabilidades exclusivas de su cargo, en este período crucial e incierto, ha sido francamente lamentable. Un derroche de declaraciones altisonantes, de gestos que expresaban una desmesura impropia de un liderazgo maduro, como cuando rechazó recibir la llamada del Secretario de Estado Marco Rubio, porque él “sólo habla con Jefes de Estado”.
Para qué seguir, la lista de los agravios al gobernante de Estados Unidos y a los intereses de ese país -desaires y tensiones con Israel, por ejemplo- no podían ser inocuos. Tarde y mal, al final de su período, nuestro gobernante debería estar aprendiendo que no es lo mismo confrontar al rector de la universidad, como dirigente estudiantil, que hacerlo con el presidente del país más poderoso del mundo desde la presidencia de la República.
Que Estados Unidos revoque la visa a un ministro, un subsecretario y su jefe gabinete, junto con los familiares directos de todos ellos, es un agravio que los chilenos estábamos acostumbrados a ver respecto de gobiernos corruptos, propios de “países bananeros”. De nada sirve, a estas alturas, protestar con indignación impostada o apelar a la dignidad de un nacionalismo trasnochado e impotente.
Este cuadrienio nos deja en la posición de ser tratado, en los hechos, como un país hostil por Estados Unidos. Esto no es una advertencia al presidente Kast, como se ha dicho con esa audacia olímpica tan propia de nuestra política, sino la consecuencia de años de decisiones cargadas infantilismo ideológico, como si estuviéramos aún en la guerra fría, casi cuarenta años después de su conclusión. Para manejar bien las relaciones internacionales no se requiere ser de izquierda ni de derecha, pero sí un mínimo de madurez y pragmatismo político.
Por Gonzalo Cordero, abogado.
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