Columna de Bernardita Yuraszeck: Adultos y estudiantes, ¿atrapados en un mismo laberinto?



A principios de año, un director de colegio me contaba muy angustiado que sus docentes estaban enfrentando desencuentros con sus estudiantes con mucha más frecuencia. No solo porque tanto ellos como los estudiantes volvían a clases con un notorio desgaste en su salud mental; también porque lo que antes era una broma hoy se había convertido en una bomba atómica.

Es probable que parte importante de esa tensión se explique por un proceso tan natural como el cambio generacional, pero si alguna vez pensamos que el solo hecho de volver a las aulas iba a resolver el profundo daño socioemocional provocado por la pandemia, sin duda estábamos equivocados. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, dice el famoso microcuento del hondureño Augusto Monterroso. Y así fue. En marzo muchos estudiantes y profesores regresaron al aula arrastrando consigo sus dolores, manifestándose, entre otras cosas, en relaciones más tensionadas o incluso distanciadas.

Si bien es cierto que los adultos y educadores estamos llamados a encauzar los procesos de desarrollo de nuestros niños y niñas, integrando respeto y autonomía, ¿cómo hacerlo si no nos sentimos tranquilos?

En los próximos meses los colegios comienzan a cerrar el año y a planificar sus objetivos para el siguiente. Y pese a que los problemas que están enfrentando son tan diversos como los contextos y territorios que caracterizan nuestro sistema educativo, hay ciertos aspectos que no son nuevos, pero que vale la pena tener a la vista en este proceso.

El primero es que los problemas complejos suelen requerir soluciones complejas, pero hay un paso que antecede a la acción: la comprensión. A veces estamos tan concentrados en apagar incendios y solucionar los problemas del día a día que el solo hecho de pensar en invertir tiempo en conversar y reflexionar pareciera ser una pérdida de tiempo. Pero no lo es. Los colegios necesitan y deben disponer de tiempo para que docentes, estudiantes y familias se sienten a conversar, sin prisa, pero sin pausa, para levantar entre todos un diagnóstico.

El segundo es que hoy, más que nunca, es necesario fortalecer y robustecer la tríada estudiantes, docentes y familia, porque el involucramiento debe ser transversal. No olvidemos que las familias durante la pandemia también vieron interrumpidas sus dinámicas y que necesitan aprender prácticas que hoy no conocen o que la cotidianeidad les impide poner en práctica. En Chile todavía son pocas las escuelas que incorporan de manera formal espacios de formación para los padres.

Y el tercero es que las comunidades educativas también deben comprender que los procesos de cambio toman tiempo y que no hay recetas mágicas. La evidencia señala que se requieren al menos tres años para instalar cambios profundos, especialmente si esto involucra a los docentes y a las familias.

La complejidad de la situación es laberíntica. Por un lado, quienes están llamados a promover el desarrollo integral de las próximas generaciones están agotados y muchos resistiendo u optando por abandonar la profesión. Por otro lado, la cantidad de estudiantes con inasistencia grave este año aumentó el doble en comparación a 2019, y la inasistencia crónica es uno de los principales predictores de la deserción escolar.

Sostener este tema en la agenda pública es prioritario para avanzar juntos en destrabar este laberinto, lo que requerirá aumentar esfuerzos y persistencia.

Por Bernardita Yuraszeck, directora ejecutiva Fundación Impulso Docente

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