Columna de Max Colodro: Bordes



¿Fijar límites o principios ordenadores antes de iniciar la discusión constitucional; antes incluso de decidir cómo se escogerá a los encargados de redactar una nueva Constitución? ¿Es legítimo hacer eso en un proceso que aspira a ser expresión de una sociedad democrática y deliberativa? Es lo que se ha puesto ahora en debate, contando incluso con señales de respaldo del Presidente Boric, quien afirmó en EE. UU. que debemos tener un nuevo proceso constituyente con “bordes” más precisos.

La centroderecha ya adelantó sus imperativos, y entre ellos están la unidad de la nación, la independencia de los poderes del Estado, la continuidad del Senado, derechos de propiedad que incluyen ahorros previsionales y aprovechamiento del agua. Desde el oficialismo surgieron voces críticas, y no está claro si habrá también un listado propio o, quizá, más de uno. Para el más puro pragmatismo puede resultar útil que las cartas estén sobre la mesa y que el futuro órgano constituyente tenga orillas que impidan extravagancias como las plasmadas en el texto rechazado el 4 de septiembre.

Pero hay un punto crucial: el tema no es definir a priori aspectos intransables, algo que puede estar en el límite de lo impropio, sino mantener una disposición y una voluntad política para no desconocer cosas obvias. Por ejemplo, que cualquier instancia que se decida generar para la elaboración del texto deberá reconocer el peso que las distintas fuerzas y culturas políticas tienen hoy en la sociedad chilena. A la vista están las tendencias electorales desde el retorno a la democracia, refrendadas en la última contienda presidencial y parlamentaria de noviembre pasado. En rigor, la gravitación que en el mapa electoral tienen la izquierda y la centroizquierda, por un lado, la derecha y la centroderecha, por el otro, debiera ser el principal “borde”, ese que esta vez ningún actor pueda estar en condiciones de desconocer.

En 1980, la dictadura impuso una Constitución que negaba la existencia a un vasto sector de la sociedad chilena identificado con la izquierda. El proyecto de Carta Magna recién desestimado en el plebiscito hizo lo mismo: buscó construir un modelo de sociedad soñando que se podía negar a esa inmensa cantidad de chilenos que sistemáticamente vota por la derecha. Es una de las razones que explican por qué terminó chocando contra el muro de la realidad; esa propuesta estaba construida para un país que nunca existió, salvo en la fantasía y en los traumas de sus redactores.

En síntesis, la única manera de que el nuevo proceso tengas “bordes” razonables no es fijando ex ante aspectos que no puedan ser discutidos, sino asumiendo que sus contenidos tendrán que ser el resultado de un entendimiento entre grandes mayorías políticas y socioculturales. Para que sea viable, esas mayorías deberán mostrar la disposición y generosidad suficiente para construir acuerdos, incorporando las convicciones de sus adversarios. Porque, de otra manera, simplemente no habrá nueva Constitución.

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