Columna de Pablo Ortúzar: Explotación humana y alquiler de vientres



La izquierda de antaño era materialista: consideraba que la dimensión simbólica y social de la vida humana estaba determinada, en buena medida, por la organización económica de la convivencia. Por eso llamaban a lo primero “superestructura”, mientras que a lo segundo le decían “infraestructura”. Las formas de determinación entre lo ideacional y lo material, por cierto, podían ser explicadas de manera más tosca o más sofisticada, pero el plano de lo “real, material, objetivo”, nunca podía ser hecho a un lado al momento de reflexionar sobre el orden social.

Karl Marx fue un gran admirador de los avances en la ciencia económica logrados por Adam Smith y David Ricardo. Es imposible, de hecho, entender el marxismo sin pasar antes por la economía clásica. Friederich Engels, por su parte, era un industrial ansioso por liberar las fuerzas productivas del monopolio de la clase capitalista. Tal como muchos capitanes de industria ingleses habían apoyado la Revolución Francesa, hastiados de las ataduras aristocráticas del orden inglés, el alemán radicado en Manchester imaginaba, una generación después, un orden comunista liberado de las ataduras burguesas. Por último, el momento intelectualmente más brillante de la revolución rusa es uno dominado por economistas: Bujarin, Preobrazensky, Chayanov, Kautsky y también Lenin, formado por Plejanov en esas lides, hilaron discusiones económicas que hasta el día de hoy resultan interesantes. Discusiones que fueron fusiladas, junto con varios de sus participantes, por la brutalidad estalinista.

Luego vinieron los años del capitalismo de Estado y la planificación central. Aquí la apuesta comunista era ganarle al capitalismo de mercado en capacidad productiva y democratización del bienestar. La Guerra Fría se peleó a nivel de relojes de pulsera, trajes baratos, centros vacacionales populares y automóviles familiares tanto como a nivel de la carrera espacial o las guerras periféricas. La clase trabajadora soviética ya no aspiraba en los 50 y 60 a la moralizante autoexplotación estajanovista, sino a la comodidad y al estilo, tal como la estadounidense. Lo que mandaba, una vez más, era la capacidad que cada modelo social mostraba para liberar las fuerzas productivas en beneficio de los trabajadores. Y el modelo soviético contaba con defensores hasta en Estados Unidos, como los economistas Paul Baran y Paul Sweezy.

Esa disputa, lo sabemos, la perdió la Unión Soviética. El capitalismo de Estado se mostró tan contaminante y explotador como el de mercado, pero mucho menos eficiente. El dinero como medio central de coordinación de expectativas, en vez de la planificación racionalista, ganaron la larga partida. Las familias berlinesas orientales abalanzándose sobre los supermercados y tiendas occidentales sellaron la derrota. No era que no conocieran el consumo de masas: era que la versión capitalista de mercado de él resultaba mucho más atractiva.

Entonces, la izquierda económica enmudeció. Y sus hijos ya no leyeron a Ricardo, a Smith ni a Marx. Los intelectuales de izquierda se olvidaron de la materia y de los trabajadores: en adelante todo fue discurso, imaginario, pliegues, saberes, identidades, lenguaje. El posmaterialismo posmoderno es el tatuaje a fuego de la derrota económica marxista: la cajita de arena donde el liberalismo les permite a los burgueses de izquierda seguir jugando a ser radicales. Así llegaron al “pene de mujer”, al “elige tu pronombre”, a la teoría queer, al indigenismo Avatar y a la defensa del desdesarrollo.

Pero lo material y lo real, como Freddy Krueger, a veces los ataca en medio de sus sueños. Así le ocurrió esta semana a la ministra de la Mujer, Antonia Orellana, quien, frente al negocio de los vientres de alquiler, recordó la máxima kantiana de que ningún ser humano debe ser tratado por otro como un simple medio: los hijos no son un derecho. Pero, además, apuntó a la incómoda realidad de que los vientres alquilados son, en su mayoría, los de mujeres pobres explotadas para beneficio de los ricos. En el mundo real hay diferencias de clase, así como cuerpos sexuados. Y aunque todos los Chascas Valenzuelas pongan su grite en el ciele virtual, el hecho señalado sigue ahí.

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