Crisis educativa: ordenar el presente sin perder el futuro

¿Puede un sistema educativo mejorar si solo se piensa a sí mismo como un problema que hay que contener? La pregunta no es retórica. Después de la pandemia, el debate educacional ha estado dominado por diagnósticos de crisis: pérdida de aprendizajes, retrocesos en habilidades básicas y deterioro del clima escolar. Chile no es la excepción y sobre todo ante los últimos episodios de violencia escolar. La conversación pública ha asumido ese marco con tal intensidad que ha terminado por volverse casi exclusivo.
En ese contexto, propuestas orientadas a restablecer el orden en las aulas, fortalecer la autoridad docente y recuperar aprendizajes fundamentales han ganado centralidad. Es un énfasis comprensible y necesario: sin condiciones mínimas de convivencia ni bases cognitivas sólidas, cualquier aspiración más ambiciosa resulta inviable. El problema surge cuando ese enfoque deja de ser punto de partida y pasa a convertirse en horizonte.
La evidencia comparada sugiere que los sistemas que progresan no son solo los que reaccionan bien a las crisis, sino aquellos capaces de anticipar transformaciones. Y hoy esas transformaciones son estructurales. La expansión del acceso al conocimiento digital y la irrupción de la inteligencia artificial están alterando las bases mismas de la educación.
Durante siglos, la escuela respondió a un problema claro: cómo transmitir conocimiento escaso. El docente ocupaba el centro como portador del saber y el estudiante como receptor. Ese equilibrio se está desplazando. Cuando un alumno puede acceder en segundos a información antes inaccesible —o delegar tareas cognitivas complejas a sistemas automatizados—, la pregunta educativa cambia de naturaleza. En distintos sistemas comienzan a emerger currículos más flexibles, evaluaciones menos centradas en la repetición y mayor énfasis en pensamiento crítico, creatividad y colaboración. Chile, en cambio, parece moverse en otro plano. La discusión se concentra —con razón— en restablecer condiciones básicas: asistencia, disciplina, seguridad y aprendizajes mínimos. Pero esa agenda, siendo indispensable, tiene un límite: es una agenda de contención. Ordena lo que existe, pero no necesariamente proyecta lo que viene.
Limitar la discusión a la crisis equivale a mirar la educación por el espejo retrovisor. Recuperar aprendizajes y reconstruir climas escolares es imprescindible, pero también lo es ampliar la conversación: preguntarse qué formación requerirán los estudiantes en un mundo mediado por tecnología y qué rol deberá cumplir la escuela en ese escenario.
Tal vez el mayor desafío no sea técnico, sino cultural: pasar de una lógica reactiva a una prospectiva. No para negar la crisis, sino para evitar que se convierta en el único lenguaje disponible. Porque la educación no solo responde a los problemas del presente: también anticipa la sociedad que un país aspira a construir.
Por Jorge Cid, Profesor Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez
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