Opinión

Planes y problemas

Cambio de Gabinete 19 de mayo

Desde un punto de vista puramente simbólico, mañana cabría declarar concluido el proceso de instalación del gobierno de Kast. Una primera Cuenta Pública, a menos de tres meses, no puede contener nada sustantivo en cuanto a balance de obras. No es lo que se espera. Sí parece probable que el presidente redondee sus denuncias sobre el mal estado en que quedó el país tras los cuatro años de su antecesor.

Y que, junto con redondearlas, las concluya. Ya ha girado muchas semanas en contra de esa cuenta, y si ha podido disfrutar de la relativa estupefacción de los funcionarios salientes, hay un punto en que dejará de contar con la paciencia del respetable.

La controversia sobre el estado de las cuentas nacionales habrá terminado con la conclusión (provisoria) de que el Estado ha gastado más de lo que podía y producido menos de lo que debía, con lo cual queda abierto el curso para el plan del ministro Jorge Quiroz, cuya finalidad es reconstruir una cultura económica de resistencia ante grandes problemas públicos y privados. Stuart Jeffries escribió que el gran triunfo de Margaret Thatcher en los 80 fue de orden semántico: no el neoliberalismo -un nonsense-, sino un nuevo lenguaje para el capitalismo.

Quiroz, ya se ha dicho, es el único ministro que tiene un plan estratégico en el sentido estricto: objetivos, alternativas, fases, plazos, responsables, metas. Es un plan que disimula su secreto: su énfasis no recae en el corto plazo, sino en la transformación que haya producido al final del cuatrienio. No está claro si las sociedades de hoy aceptan estas demoras del mismo modo que en los 80. Por de pronto, el experimento de Quiroz con los combustibles arrojó resultados ambiguos: no causó una catástrofe, pero ha tenido que ser mitigado. Y es posible que haya chocado también con la inflación, cuya velocidad de propagación ha llamado la atención hasta de la presidenta del Banco Central, Rossana Costa.

El plan tiene también una omisión (relativa, porque no es algo que se refiera a su núcleo): el trabajo. El economista David Bravo fue el primero que habló de “emergencia” -mucho antes de que este golpe semántico se lo apropiaran los republicanos- para describir, ya en el 2021, la situación anómala que estaban creando cada vez más desocupados. Eso no mejoró en el gobierno de Boric, aunque no empeoró demasiado. Y ahora se vuelve un cóctel explosivo si se une con el triste desempeño demográfico de Chile.

Se espera que el martes el ministro Arrau presente un plan de seguridad, que bien podría ser una agregación de muchos proyectos e ideas dispersas. Eso perfectamente puede ser un plan, aunque Arrau contribuyó a la confusión semántica cuando dijo que aplicaría la política nacional promulgada por Boric, lo que hizo pensar que era más de lo mismo. Pero una política no es un plan, ni siquiera una estrategia; sólo se limita a lineamientos principales. El Ministerio de Ciencias presentó esta semana algo que llamó estrategia, aunque en realidad es más bien una política, por mucho que el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (¡qué nombre!) haya trabajado en ella cuatro años.

Lo más probable es que tengan planes sectoriales también los ministros Iván Poduje, en Vivienda; Louis de Grange, en Transportes (antes de Obras Públicas); María Paz Arzola, en Educación, y María Jesús Wulf, en Desarrollo Social. Los dos primeros, por su reconocida experiencia especializada; las dos últimas, por la también reconocida calidad de su trabajo.

Y eso es todo.

Por supuesto, los ministros siempre tienen alguna idea de lo que quieren hacer, y lo lógico es que esas ideas concuerden con el ideario del gobierno; proyectos ideológicamente desalineados no son compatibles con la verticalidad del Ejecutivo chileno. Caben, eso sí, ciertos ajustes pragmáticos, como los de Relaciones Exteriores, cuyos equipos profesionales han de gastar algún tiempo en reparar los desaguisados producidos por el círculo de confianza del candidato (antes de la segunda vuelta) o el presidente in pectore (antes de la asunción).

Al final de la instalación, y hasta donde se alcanza a ver, no hay más planes. Esta no es una singularidad del gobierno de Kast. En cierto modo, toda la política chilena se viene moviendo hace unos 20 años de esta forma improvisada, instintiva, liviana, en torno a unas pocas ideas que algunos llaman, en forma más ampulosa que rigurosa, “relatos”. A falta de programas, proyectos o planes, “relatos”.

Quizás cabría esperar una disciplina mayor de un gobierno que, por ideología y por composición, debía privilegiar el orden por sobre la adhesión, pero la cultura de la política chilena es un poderoso factor inhibidor. Véase el caso de la megarreforma de Quiroz: después de su tempestuoso paso por la Cámara de Diputados -bien calculado por el ministro-, entra al Senado, reputado grave y profundo, y lo primero que aparece es algún senador que anuncia que su voto está disponible según lo que se le ofrezca. ¿Para qué hacer un plan si alcanza con un soborno?

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