Por Rodrigo Mayorga De scouts, cristaleros y pingüinos: un siglo de participación infantojuvenil
Este 2026 se cumplen veinte años del movimiento estudiantil conocido como la Revolución Pingüina. Para muchos, fue este el momento en que niños, niñas y jóvenes “empezaron” a participar en la vida pública nacional, un fenómeno reciente, casi una anomalía de las últimas dos décadas. La historia, en tanto, dice otra cosa.
En febrero de 1925, los niños que trabajaban en la Fábrica Nacional de Vidrios declararon su propia huelga. Una comisión cuyos integrantes no superaban los once años entregó un pliego de peticiones a la Intendencia: exigían aumentos salariales y que los capataces no los maltrataran. Ese mismo año, la Asociación de Boy Scouts de Chile fue declarada Institución Nacional; sus miles de miembros desarrollaban actividades cívico-patrióticas, medioambientales y de trabajo voluntario. Dos maneras radicalmente distintas en que niños, niñas y jóvenes tomaban parte activa en sus comunidades, casi un siglo antes de que los pingüinos llenaran las calles del país. Historias como estas son las que reconstruye “Un siglo de voces juveniles: de scouts, cristaleros y pingüinos”, exhibición de historia pública desarrollada por Fundación Momento Ciudadano junto a la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales, el Museo Histórico Nacional y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, que acaba de inaugurarse en este último espacio. Su tesis central es que la participación infantojuvenil no es una novedad sino una constante de más de un siglo y que ha sido mucho más diversa en sus formas de lo que solemos creer.
Un ejercicio como este no busca solo transmitir conocimiento, sino desarrollar dos aprendizajes propios de la Historia. El primero, la empatía histórica: comprender las decisiones de otros desde las coordenadas de su tiempo, sin idealizarlos ni juzgarlos con las expectativas del presente. El segundo, la responsabilidad histórica: tomar en serio que niños, niñas y jóvenes fueron actores históricos y, por ende, responsables de sus actos y de las consecuencias positivas y negativas de estos.
Reconocer su agencia no es mirar su participación con la condescendencia que la vuelve inocua ni con la sospecha que la supone manipulada por adultos: es aceptar que pudieron incidir en su entorno y que debieron hacerse responsables de ello, como deben hacerlo también hoy las nuevas generaciones.
Solemos entender la formación ciudadana como enseñar a niños, niñas y jóvenes a participar algún día, cuando sean ciudadanos plenos. La historia sugiere lo contrario: ya participan y lo han hecho siempre. La pregunta no es si los dejamos hacerlo; es si somos capaces de acompañar esa participación, valorarla, incluso disentir de ella, en lugar de ignorarla o temerla. Porque cuando preguntamos “¿quiénes hacen la historia?”, es innegable que niños, niñas y jóvenes han sido siempre parte de la respuesta. Reconocerlo no es un gesto de generosidad hacia ellos. Es, simplemente, dejar de mirar hacia otro lado mientras lo hacen.
Por Rodrigo Mayorga, académico del Instituto de Historia UC y Director de la Fundación Momento Ciudadano
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