Por Sebastián Edwards¿Dónde estás, Franz Beckenbauer?

El 30 de mayo de 1962, a la una y cuarto de la tarde, mi mamá estacionó su Citroneta verde en Dublé Almeyda, casi esquina de Los Tres Antonios. Teníamos entradas para el partido inaugural del Mundial de Fútbol, el esperado encuentro entre Chile y Suiza. Caminamos las ocho cuadras hasta el Estadio Nacional entre un mar de gente alegre y esperanzada. Hombres de todas las edades, algunas mujeres, muchos niños, banderas chilenas y cocaví. A mis ocho años, tenía la sensación de que estaba entrando al lugar más importante del mundo.
Nuestras entradas eran en la tribuna Andes Norte, en diagonal al arco. La perspectiva no era la mejor, pero el solo hecho de estar ahí me hacía enormemente feliz. Chile derrotó al “cerrojo suizo” 3 a 1.
Desde esos asientos vi todos los partidos jugados en Santiago. Todavía puedo cerrar los ojos y ver el izquierdazo de Leonel Sánchez a Mario David. Un golpe directo al mentón que tiró al italiano de espaldas. El árbitro Ken Aston, en un gesto lleno de pragmatismo, expulsó al defensor del Milan y dejó a Leonel en la cancha. Chile ganó dos a cero, con goles de Jaime Ramírez y Jorge Toro. Italia terminó jugando con nueve hombres en el que todavía se conoce como el partido más sucio y violento en la historia de los mundiales.
Lo que vino después fue el mayor logro de la historia deportiva nacional. Derrotamos a la URSS en Arica, y luego de vencer a Yugoslavia terminamos terceros del mundo.
Y si bien desde entonces Chile ha decepcionado una y otra vez, yo no he dejado de mirar el máximo de partidos con la misma pasión que en 1962.
Escribo esta columna antes de saber quién será el campeón. Pero no dudo que Messi es el GOAT, el mejor jugador de todos los tiempos. Desde luego que estoy consciente de que en Chile no lo quieren ni a él ni a la selección argentina. Lo sé, pero no lo entiendo. ¿Dónde está la solidaridad continental, la fraternidad de los pueblos hermanos, la camaradería entre O’Higgins y San Martín? La animadversión chilena contra Messi me es completamente incomprensible, digna del diván del psicoanalista. Un amigo mexicano me dijo que se trataba de envidia. Quién sabe. Sea cual sea la razón, para mí refleja el lado oscuro de nuestro país.
Pero, al margen de Argentina, hay varias cosas que me han llamado la atención.
Este ha sido un mundial de arqueros. Casi todos han sido extraordinarios. La excepción fueron los de Uruguay y Estados Unidos, que se comieron varios goles. Entre un grupo estelar, las grandes revelaciones han sido Vozinha, de Cabo Verde, y Orlando Gill, de Paraguay.
Todos los equipos tienen un juego muy parecido. Un estilo esquemático, geométrico y un tanto apático. La triangulación a ras de piso es el arma más utilizada. Alguien dijo que este estilo había sido inventado por Marcelo Bielsa y que, fiel a la ideología colectivista del rosarino, se basa en una estructura impersonal en la que se les da poca importancia a la imaginación e improvisación de las figuras individuales.
Pero lo que es evidente es que, con la posible excepción de Argentina, ya no hay equipos con una personalidad inconfundible. Hubo un tiempo en que bastaban tres o cuatro pases para saber quién estaba jugando: el Brasil de Pelé, la Argentina de Maradona, el Perú de Cubillas en 1970, la Holanda de Cruyff, la Colombia de Higuita y el Pibe Valderrama. Hoy esa diversidad no existe. Todos juegan, en lo esencial, el mismo fútbol. Algunos lo hacen con más talento, otros con más intensidad, pero los estilos han terminado por parecerse demasiado.
Con este esquema homogéneo de “geometría estructural” ha desaparecido el armador de juego, ese mediocampista clásico que, parado en la mitad de la cancha, distribuía pelotas, iniciaba ataques y ordenaba a sus compañeros con gran visión estratégica. El periodista argentino Alejandro Fantino dijo que el mayor pecado de Bielsa no era haber dejado a Muslera en el arco ni haber sacado a Federico Valverde. El pecado capital de Bielsa es haber asesinado al número 10, al armador clásico, a esa posición legendaria del fútbol de antaño.
Me cuesta resignarme a la desaparición de ese arquitecto de jugadas. Ahí están Zidane, Riquelme, Chamaco Valdés, Pirlo, jugadores que parecían ver el partido unos segundos antes que los demás. Algunos llevaron el 10; otros el ocho, el tres o el seis, como Néstor Isella en la Católica campeona de 1966. El número nunca fue lo esencial: lo era esa función que hoy solo sobrevive en uno o dos jugadores, como Messi y Dani Olmo.
El fútbol ha cambiado. Es más rápido, más intenso y, probablemente, mejor. Pero también dejó algo en el camino. Echo de menos a los que pensaban el partido: los que imponían el ritmo y decidían cuándo acelerar y cuándo frenar. Y no siempre jugaban adelante. Franz Beckenbauer construía el juego desde el fondo, como líbero, sin necesidad de llevar el 10 en la espalda.
Disfruto el fútbol moderno. Sufro como loco por Argentina y grito los goles a todo pulmón. Pero cuando el árbitro pita el final y la televisión se apaga, no puedo evitar hacerme la misma pregunta: ¿Dónde estás, Franz Beckenbauer?
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