Educación universitaria en tiempos de pandemia



Por la emergencia sanitaria, las universidades han debido iniciar este semestre las clases bajo la modalidad de educación a distancia. Es un cambio cultural cuyos alcances van más allá de la coyuntura y que ofrece la oportunidad de una revisión profunda en las metodologías de enseñanza, que puede ser muy auspicioso, ya que la evidencia comparada revela que la educación a distancia es un complemento virtuoso a lo presencial y puede impactar positivamente en los aprendizajes. La evolución de la tecnología ha permitido clases no presenciales mediante el uso de videoconferencias con una adecuada interacción profesor-alumno y facilitando el que los estudiantes revisen la grabación tantas veces como lo requieran, lo que no es posible en la modalidad tradicional. 

Pero este cambio de paradigma obliga a un importante esfuerzo económico. No solo porque la universidad sigue funcionando; se deben financiar costos de operación, inversiones de capital y gastos fijos en remuneraciones. Además, los avances en la era digital exigen inversiones en hardware, contratos de licenciamiento, y, lo más significativo, capacitar a profesores y estudiantes. En esta ocasión, además, ha quedado de manifiesto que no todos los jóvenes tienen acceso a conexión “wifi”, lo que se explica porque un 38% de los hogares chilenos no cuenta con banda ancha. Esto ha obligado a las universidades a entregar gratuitamente bolsas de internet y prestar computadores. 

Esta pandemia ha puesto a prueba al país en todo orden de cosas y las universidades, que habían logrado sortear las dificultades del “estallido social”, se enfrentan ahora a una prueba todavía mayor en su compromiso educativo. Y la respuesta, con las naturales dificultades de la puesta en marcha de este nuevo modelo, ha sido en general satisfactoria. Un recuento somero en distintas instituciones revela que las conexiones en videoconferencia para clases virtuales está superando el 90% de los estudiantes y, por eso, los llamados en redes sociales a “paros online” son incomprensibles. Más allá de los casos puntuales en que aún existen problemas de acceso al aula virtual, y que se han ido solucionando, no se entienden las motivaciones de entorpecer un proceso de enseñanza que ya es extremadamente complejo. 

Con todo, estamos conscientes que la crisis económica en camino afectará los ingresos de miles de familias chilenas y tendrá un efecto financiero en la medida que obligue a las universidades a reprogramar los pagos para reducir la morosidad y evitar la deserción. Y lo estamos haciendo, pero con un límite. Las universidades no cuentan ni con excedentes ni con capacidades de endeudamiento para ampliar estas ayudas indefinidamente. En consecuencia, debemos actuar de manera comprensiva, pero con mucha responsabilidad y prudencia. Desde luego, porque tenemos compromisos de remuneraciones con nuestros profesores y funcionarios, y cualquier quiebre en la cadena de pagos tendría consecuencias evidentes.

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