Opinión

El desafío de la PAES

El desafío de la PAES

La Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES) surgió como respuesta a que la antigua PSU operaba como un mecanismo que reproducía las desigualdades del sistema escolar. En este contexto, la PAES cumple de manera parcial el propósito para el cual fue creada, ya que ha permitido reducir la desventaja estructural que enfrentan estudiantes de contextos más vulnerables, ampliando la proporción de jóvenes que alcanza los puntajes necesarios para postular a las instituciones elegibles, pero aún se mantienen importantes brechas socioeconómicas.

Por su parte, este avance no puede entenderse solo a partir del rediseño de la prueba porque ha sido también relevante la incorporación del NEM y/o el ranking de notas como instrumentos compensatorios, orientadas a reconocer el esfuerzo y el desempeño de los estudiantes en sus propios contextos escolares. Estos instrumentos introducen una mirada más integral de las diversas trayectorias educativas y ayudan a compensar las diferencias de origen. Además, la posibilidad de rendir la PAES más de una vez al año y conservar los mejores puntajes reconoce que la preparación académica no es un proceso lineal ni homogéneo.

Sin embargo, la PAES muestra una menor capacidad para diferenciar niveles de desempeño en el tramo medio-alto, particularmente en Matemática 1. La mayor concentración de buenos resultados en este segmento refleja un escenario en el que muchos postulantes obtienen desempeños similares, aun cuando sus trayectorias y profundidades de aprendizaje puedan ser distintas. Por ejemplo, la prueba M1 concentró la gran mayoría de puntajes máximos con cerca del 96 % del total. Esta masiva concentración de puntajes nacionales debiera encender una señal de alerta porque se distorsiona el equilibrio entre pruebas y/o se sobreestima una sola dimensión del aprendizaje.

Por otra parte, cuando esta prueba pierde capacidad de selección, la exigencia académica tiende a desplazarse hacia otros mecanismos, no solo hacia la prueba Matemática 2, que podría asumir un rol más selectivo, sino también hacia las ponderaciones, el NEM o el ranking de notas, que pasan a cumplir una mayor función de diferenciación. El problema es que el desempeño en estos instrumentos depende en gran medida del acceso previo a una formación matemática más compleja, de las condiciones institucionales de los establecimientos escolares y del capital cultural. Por tanto, las ventajas asociadas al origen social podrían seguir operando dentro del sistema de admisión.

En este escenario, resulta fundamental recordar que el acceso a la educación superior no se agota en una sola dimensión del rendimiento académico. Un sistema de admisión debe ser capaz de reconocer talentos diversos, incluyendo aquellos vinculados a la comprensión lectora, las ciencias, las humanidades, las artes o la vocación pedagógica.

Finalmente, el desafío de la PAES debe centrarse en articular un sistema de admisión donde las distintas pruebas dialoguen entre sí y ninguna se imponga como el principal filtro de selección. Esto implica resguardar que el sistema no pierda talentos en áreas no matemáticas, ni reduzca la noción de mérito a un conjunto acotado de competencias. Para ello, se requiere una mirada sistémica que integre evaluación, políticas compensatorias y trayectorias formativas, asegurando que el acceso a la educación superior sea coherente tanto con la diversidad de talentos existentes como con los objetivos de equidad y desarrollo del país.

Por Mauricio Bravo, vicedecano Facultad de Educación, Universidad del Desarrollo

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