El discurso del mayordomo

El esclavo Stephen (Samuel Jackson) en “Django sin cadenas” de Quentin Tarantino.

El maligno expropia, piensa el mayordomo. Roba. Desea lo que no le corresponde. Pero el idealista, el intelectual, es peor a sus ojos, pues engaña sin querer. Es el que le dice al amo: es necesario buscar medios de legitimación distintos de cara a la ciudadanía, puesto que los antiguos caducaron. El que le asegura que frente al inminente ataque de los políticos, la única defensa de la empresa será la lealtad que pueda cultivar con sus trabajadores y clientes.



Son muy pocos los poderosos que no terminan alejados del mundo que los rodea. Y es que muchas veces sobre todas sus relaciones se proyecta la sombra del interés. Por fuera de la familia directa, lo que queda al poderoso es su corte: los adeptos que le sirven y aconsejan. Y en el contexto de la corte, es importante distinguir entre dos tipos ideales: mayordomos y chupamedias. El chupamedias es fácil de entender. Su negocio es cambiar adulación por beneficios. Su lealtad es débil: no tiene un compromiso personal ni con el adulado ni con el orden imperante. Cuando dejan de brotar ventajas del calcetín succionado, cambian sin complejos de pie. El poderoso seguro de sí mismo normalmente detesta a los chupamedias, aunque no dude en usarlos si le son de utilidad. Pero no todos los poderosos son seguros de sí mismos.

El mayordomo, en cambio, es un fenómeno más interesante y complejo. Es el defensor de un orden que le otorga un espacio de dignidad. Su lealtad al señor existe en la medida en que éste reproduzca el statu quo. A diferencia del chupamedias, es fiel hasta el final. Pero también produce ese final, pues no posee capacidad de adaptación. En su mente, el mundo es como debe ser. La realidad real es diáfana. Cada uno tiene su lugar y su función, un papel que cumplir, y debe cumplirlo. Quienes desafían ese orden y esos roles naturales son idealistas miserables o derechamente criminales que quieren usurpar lo que no les corresponde. Ejemplo canónico de mayordomo sería el esclavo Stephen (Samuel Jackson) en Django sin cadenas, de Tarantino. O bien, en una versión querible, Mr. Carson en Dowton Abbey.

El poderoso quiere permanecer en el poder -lo que lo vuelve más bien dúctil y pragmático-, mientras que el mayordomo desea que el poder permanezca como es. El mayordomo, así, tiene una idea respecto del deber ser del amo que es más fuerte y estrecha que la del propio amo. Es más papista que el Papa. Y sus cuidados de sacristán suelen amenazar la vida del cura. Frente a la amenaza transformadora, el mayordomo siempre elige posiciones extremas. Prefiere hacer arder el mundo a verlo cambiar. Está convencido, al final del día, que lo antinatural sólo triunfa por la debilidad y mediocridad de los defensores del verdadero orden. “Para que el mal triunfe -nos dirá el mayordomo, citando a Burke- basta que los hombres buenos no hagan nada”.

Pero el mayordomo no recordará nunca la advertencia más fundamental del conservador inglés: que un régimen sin medios para reformarse a sí mismo carece también de toda defensa. Sin adaptación, sin cambio estratégico, lo único que queda a la forma rigidizada es enfrentar golpes que la harán volar en pedazos. Es la reforma la que aleja la temida revolución. Pero el mayordomo tirita más ante la primera que ante la segunda. De ahí su afinidad extraña con los enemigos radicales del orden establecido: ambos están de acuerdo en que es preferible la muerte a que el mundo no sea como les gusta. Es el discurso del mayordomo el que susurró a Pinochet la noche del plebiscito que “los civiles” lo habían traicionado, pero que bastaba que Pinochet dijera una palabra y el régimen sería salvado. Fueron los mayordomos los que se opusieron, igual que la extrema izquierda, a que la dictadura tuviera un camino constitucional de salida. Patria o muerte.

Hoy no es sobre Pinochet que pende el discurso del mayordomo, sino sobre la derecha política y sobre el empresariado nacional. Ambos gobiernos de Sebastián Piñera han sido esterilizados, entre otros factores, por su propia corte, repleta tanto de chupamedias como de mayordomos enajenados en discursos de eficiencia y management. Antes de los fanáticos y predicadores de “el otro modelo” estaban los fanáticos y predicadores de “el modelo”. Los que le dijeron al Presidente, en cada coyuntura, que había que “apretar los dientes”, hasta dejarlo sin dientes. Los que lo convencieron de que podía ser un líder regional, cuando a duras penas no se le iba Chile en collera. Los que apagaron con bencina el estallido social y terminaron echando al puchero hasta la Constitución. Pero de eso trataré en otro momento. El tema hoy es la empresa.

El empresariado ha visto estropeado por completo el mecanismo de legitimación social que utilizó durante los primeros 20 años de la transición: el financiamiento de una actividad política que articulaba un discurso favorable al empresariado y hacía leyes proclives a él que eran respetadas por la comunidad nacional como orientadas al bien común. Hoy, la comunidad no cree en los políticos ni cree en el interés común de las leyes que producen. Tampoco, después de La Polar, el confort, las farmacias y los pollos, en las buenas intenciones de los grandes empresarios. El discurso noventero del desarrollo y el progreso está muerto. La legitimidad ha dejado de fluir, y la necesidad desnuda, la pedagogía del hambre, no la traerá de vuelta. Para recuperar autoridad los políticos harán todo lo que sea necesario, lo que normalmente significa prometer lo que no pueden financiar y buscar chivos expiatorios rendidores. ¿De dónde vendrá la plata? ¿Quién pagará el pato? El político siempre está dispuesto a morder no sólo la mano, sino el cuello de quien lo alimentó con tal de mantenerse en el poder. Pensar otra cosa es falta total de realismo. Es cosa de ver lo que ocurrió con las AFP y todos los retiros del 10%.

El discurso del mayordomo le dice hoy al empresario que cierre filas, que apalee con fuerza todo lo que se mueva, que atrinchere las tropas en Versalles. Que reconocer un problema es ceder, y ceder es conceder. Que no hay más alternativa que la defensa cerrada. La reforma ventajosa no existe. El pobre empresario, nos dice el discurso del mayordomo, se desvela por hacer el bien en este mundo tal como es, mientras los idealistas y los malignos -cuyos pulmones vírgenes no conocen el trabajo (el mayordomo nunca ha creado algo, pero habla como si fuera Henry Ford)- intentan confundir su mente, que no sabe de abstracciones, sino de realidades. Así, un candidato de izquierda aborda el tema de la relación capital y trabajo con una propuesta ideológica y deficiente y, en vez de distinguir entre problema y soluciones y construir una discusión adulta, el mayordomo toca a degüello, tira la pachotada con huasca, corre en círculos. Resultado: le arma la campaña al candidato que detesta.

El maligno expropia, piensa el mayordomo. Roba. Desea lo que no le corresponde. Pero el idealista, el intelectual, es peor a sus ojos, pues engaña sin querer. Es el que le dice al amo: es necesario buscar medios de legitimación distintos de cara a la ciudadanía, puesto que los antiguos caducaron. El que le asegura que frente al inminente ataque de los políticos, la única defensa de la empresa será la lealtad que pueda cultivar con sus trabajadores y clientes. Y que ello exige revisar y transformar lo que ha sido y hacerse cargo en serio de los errores del pasado. Revisar, por ejemplo, la configuración de la propiedad y de los directorios (que, tal como ha señalado Paula Escobar, son de una homogeneidad enceguecedora en un contexto que exige ojos muy atentos). Pensar en nuevas formas de integración con los proveedores. Reformar. Cambiarlo todo, para que lo importante, lo probado bueno, siga igual o mejore. Incorporar los bienes que se predican al modelo de negocios mismo, pues el tiempo de las compensaciones externas ya fue. Hacerlo con cariño, con cuidado, caso a caso, pero hacerlo.

El mayordomo detesta el “idealismo” de los intelectuales (si los contrata, los quiere como megáfonos que reproduzcan el discurso del mayordomo en jerga académica). Pero ¿quién es el idealista? ¿El que pretende cerrar los ojos esperando que todo siga igual, o el que llama a abrir los ojos y anticipar los golpes? ¿Qué es más realista, más aterrizado y mundano que prepararse para el invierno?

Un nuevo e implacable mundo se abre bajo nuestros pies, querámoslo o no. Hay un antes y un después del 2008 para el capitalismo global. Y hay un antes y un después para Chile el 2019. Viviremos y actuaremos en ese después por el resto de nuestras vidas. Hoy, en un extraño tiempo de bisagra pandémica, debemos evaluar qué dejamos atrás y qué nos llevamos con nosotros para enfrentar esta aventura. Es tiempo de organizar la carga, de construir embarcaciones que floten, de preparar las conservas para el invierno. El discurso del mayordomo, mientras nos movemos, irá quedando atrás. “Es una trampa”, gritará. “Es una trampa”. Al tiempo que la nieve lo irá cubriendo lentamente.

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