El estallido social en los tiempos del coronavirus

Manifestación en Santiago



El estallido social chileno, como toda manifestación colectiva de protesta, tiene carácter disruptivo. Sus demandas confrontan a las élites, pero su espíritu reta fundamentalmente a toda la institucionalidad vigente. No casualmente, institucionalidad y protesta contenciosa deben entenderse como antónimos. Mientras la primera tiene como razón de ser la producción de certezas y de predictibilidad para el comportamiento de las personas en sociedad, la segunda persigue generar y generalizar incertidumbres, dada su naturaleza desafiante. Tomar estaciones de Metro o bloquear arterias de circulación vial persiguen, intuitivamente, sumar confusión a la vida cotidiana. Vulneran, en este sentido, las bases de la institucionalidad como rector de la convivencia social.

Por otra parte, la ola de protestas sociales en Chile, desde octubre pasado, sustenta su durabilidad en el entramado social del que participan sus actores. Existen recursos organizacionales en la sociedad chilena que han permitido sostener el ritmo movilizador, a pesar de las interrupciones del almanaque. Pertenecer a una junta de vecinos o a algún colectivo feminista, por dar solo dos ejemplos, se convierte en una suerte de capital social contencioso que permite la fluidez de las convocatorias públicas, produce solidaridad y empatía a un ritmo más acelerado, y facilita la identificación con causas comunes. Las protestas prenden con mayor facilidad en sociedades vivas, activas, como la chilena, donde el tejido social pareciese presto al activismo necesario para escalar a movilización intensa.

La expansión del coronavirus y su nuevo estatus de pandemia mundial podrían afectar la dinámica del estallido social chileno en, por lo menos, dos de los puntos esbozados. Primero, la difusión y capacidad de contagio del virus es un golpe de incertidumbre externo. La reacción de los mercados de bolsas de valores y la volatilidad del tipo de cambio han sido las primeras reacciones de perplejidad. No es la incertidumbre propia de la disrupción de un estallido social, sino una mucho más poderosa y globalizada por la incapacidad humana de controlarla. Así, a la incertidumbre doméstica, provocada por la protesta, se aúna otra de carácter internacional. La vida cotidiana pierde paulatinamente su regularidad y la “normalidad” se desvanece en el aire.

Si las medidas preventivas para controlar la expansión del coronavirus escalan a mayores restricciones -como la cancelación de actividades públicas masivas-, se golpeará al capital social contencioso, aunque no lo anulará completamente. Sin lugar a dudas, estas políticas de control, que son también conservadoras, pueden refrenar la acumulación de recursos de una sociedad movilizada, desde quienes promueven los procesos constitucionales hasta quienes buscan obstaculizarlos. Mas, el uso de tecnologías digitales puede atenuar el desfavorable impacto del coronavirus en la comunicación colectiva. En un escenario así, aunque afecta a ambas partes de la contienda, el rival imprevisto de la revolución social chilena sería el Covid-19.


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