Opinión

El lugar de la izquierda chilena después de Maduro

Ha caído Nicolás Maduro y aunque está por verse qué es lo que pasará con el régimen chavista; si se desmorona, transita hacia una democracia o sobrevive, este gran evento abre una chance para acelerar las definiciones que debe hacer la izquierda chilena.

En principio, es correcta la tesis que señala que se puede estar decididamente en contra del régimen de Maduro, dado su irrespeto a la institucionalidad democrática y los derechos humanos, y a la vez repudiar una intervención militar estadounidense fuera del derecho internacional en América Latina.

El problema es que la situación deja al sector en una situación ambigua e incómoda, en instancias en que la opinión pública se polariza con facilidad, sin dejar espacio a matices. Así, lo que pareciera quedar para la izquierda es anteponer un elemento a otro: o se está decididamente contra Maduro y todo vale, o el repudio es completo contra Estados Unidos.

Sin embargo, la tarea parece ser justamente entender los matices, explicarlos y defenderlos, porque la postura del blanco o negro solo lleva a la inflexibilidad y al moralismo.

Si decimos que el fin justifica los medios, corremos el riesgo de ser más papistas que el Papa. El Presidente Donald Trump ha dado señales de realismo al buscar entenderse con Delcy Rodríguez -la sucesora del régimen chavista-, cerrándole el paso a María Corina Machado. Tal vez algo haya de cierto que Trump la descartó pues considera que ella debió rechazar el Nobel, pero lo más seguro es que el Presidente estadounidense entiende que se necesita una transición pacífica en Venezuela, aunque el costo sea legitimar actores hasta ayer impresentables.

¿Déjà vu de nuestra propia historia?

También hay que tener cuidado con el repudio completo a Estados Unidos. Es cierto que la operación de extracción de Maduro genera un peligrosísimo precedente, más cuando la justificación es tan descarnada como el petróleo, lo que recuerda los peores años del imperialismo. Pero, hay que reconocer que los latinoamericanos en general y los chilenos de izquierda en particular, poco o nada pudimos hacer para evitar las monstruosas deformaciones del régimen venezolano. Algo que de algún modo abrió las puertas a estas soluciones de ultima ratio.

No hay que llorar sobre la leche derramada. Venezuela está ahora en un momento histórico en el que necesita una transición democrática que equilibre el peso de Estados Unidos y las inercias de un chavismo todavía vivo, por lo que es indispensable buscar las formas en que la izquierda democrática latinoamericana esté en las mesas de negociaciones, en calidad de garante y construyendo instancias de derecho internacional efectivas contra los desvíos antidemocráticos y anti derechos humanos en la región. Tanto por derecha, como pasa con El Salvador, como por izquierda, con Venezuela.

Y en esto hay que buscar la colaboración de las derechas democráticas latinoamericanas, tampoco exentas de graves errores, tanto por los aplausos incautos que dan a medidas de fuerza que corrompen el derecho, como por haberse encantado por figuras que al principio lucen muy bien, como Nayib Bukele o el mismo Hugo Chávez -a quien el propio Presidente Sebastián Piñera presentó sus respetos en su funeral-, pero que desde muy temprano mostraron sus imperdonables pulsiones autoritarias.

Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile

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