El mejor trabajo del mundo



Por Ximena Gauché, Universidad de Concepción

A propósito de la reciente conmemoración del día internacional del trabajo, varias reflexiones se podrían hacer al mirar la actual realidad laboral en Chile. Pienso en las condiciones de trabajo a distancia para tantas personas, las dificultades en la conciliación de los cuidados y el trabajo, o en la fragilidad y precariedad en el empleo, por ejemplo.

Por cierto, como se ha dicho reiteradamente en diversos espacios, algunas de esas realidades se han visto agravadas por la pandemia y, también, se han podido identificar más claramente por irradiación del proceso constituyente que ha relevado la evidencia de un marco constitucional que no reconoce el derecho al trabajo ni, en general, los derechos de contenido social, cuya vida es interdependiente al trabajo y sus condiciones.

Lo anterior me lleva a pensar en la importancia de que cada persona pueda ver en el proceso constituyente una oportunidad para que se le reconozca y garantice el mejor trabajo del mundo. Ello supone desde ya pensar, como mínimos, en el reconocimiento y garantía del derecho a un trabajo bien remunerado, realizado en condiciones adecuadas y en que se recibe un trato digno. Creo que es difícil no estar de acuerdo con esas ideas. Sin embargo, ¿qué hace realmente que un trabajo sea el mejor del mundo para todas las personas?

Si compartimos la idea general de que el trabajo es un hecho social y parte esencial de la vida de las personas, a través del cual, además, desplegamos y desarrollamos la personalidad y nuestro proyecto de vida, para aspirar al mejor trabajo del mundo habría que tener reconocidos y garantizados varios otros atributos.

Tener la oportunidad de ganarse la vida a través del trabajo que cada quien libremente pueda elegir y por el que se reciba una remuneración equitativa respecto de quienes realizan funciones similares. Tener un trabajo que permita, como algo esencial, optar a un nivel de vida adecuado para sí y para su familia. Tener trabajos sometidos al mercado formal y con reconocimiento, libre de toda forma de precariedad. Trabajar un número adecuado de horas gozando de descansos y debida conciliación con la vida privada y familiar y con los necesarios espacios para ese ámbito esencial de la vida. Que a nadie se margine por razones injustificadas, como la mayor edad, el embarazo u otras. Trabajar libres del temor a sufrir violencia, discriminación o acoso sexual.

Visto así, parece que muchos hombres sí pueden sentir ya que tienen el mejor trabajo del mundo. ¿No será el proceso constituyente una oportunidad para darle a las mujeres también la posibilidad de optar a sentir que tienen el mejor trabajo del mundo? Una perspectiva de género para abordar el trabajo en la nueva Constitución puede ser una herramienta que contribuya a ese propósito. Tener mejores trabajos tiene beneficios individuales y sociales indiscutibles.

Es el tiempo de pensar entonces en el derecho de las mujeres, en toda su maravillosa diversidad, a tener también el mejor trabajo. Recordando que en “El país de las mujeres”, la novelista Gioconda Belli habla de la necesidad de imprimir un espíritu de igualdad al ejercicio del poder, propongo que aprovechemos el proceso constituyente para imprimir un espíritu de igualdad al trabajo.

Y así, cada persona podrá llegar a tener el mejor trabajo del mundo.

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