El Padre Alberto Hurtado, a 120 años de su nacimiento




Por Alejandro San Francisco, Profesor Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile; Director de Formación Instituto Res Publica.

El camino hacia el sacerdocio

Hace exactamente 120 años –el 22 de enero de 1901, en Viña del Mar– nació Alberto Hurtado Cruchaga, quien sería durante su corta vida una de las figuras principales de la vida religiosa y cultural de Chile en el siglo XX.

Por esos años, Chile era un país mayoritariamente rural, que vivía bajo un régimen parlamentario. En las ciudades, la “Cuestión Social” se expresaba en las condiciones de pobreza y miseria en que vivía parte importante de la población, al tiempo que existía un gran distanciamiento entre los distintos grupos sociales. La Iglesia Católica seguía teniendo una gran importancia política y social, si bien décadas atrás se habían secularizado algunas instituciones como el matrimonio y los cementerios, durante el gobierno de Domingo Santa María, y se había creado el registro civil. Sin perjuicio de ello, la Iglesia seguía unida al Estado, que tenía religión oficial según lo establecía la Constitución de 1833 en su artículo 5°.

El papá del pequeño Alberto falleció en 1905, por lo que su madre se trasladó a Santiago con el niño. En la capital ingresó al Colegio San Ignacio, prestigiosa institución educacional de la Compañía de Jesús, que se vio especialmente impactada por la llegada de los sacerdotes Fernando Vives Solar y Jorge Fernández Pradel. El primero de ellos pasó a ser director espiritual del joven Alberto, quien a los 13 años “tenía una manifiesta vocación sacerdotal”, como menciona Patricio Valdivieso en su breve biografía San Alberto Hurtado (Santiago, El Mercurio/Santo Tomás, 2007).

En esos años además fue un gran lector de obras literarias (poesía, novela, teatro), como consta en una carta a su amigo Manuel Larraín, que escribió cuando tenía 15 años. Tiempo después explicaba que también había leído “la vida de San Ignacio y algunos otros libros, todos de devoción” (cartas de 23 de febrero de 1916 y 4 de enero de 1917, en Cartas de San Alberto Hurtado, S. J., Volumen 5, Ediciones Universidad Alberto Hurtado/Pontificia Universidad Católica de Chile, Instituto de Historia, 2017).

En 1918, recién egresado del colegio, ingresó a estudiar Derecho en la Universidad Católica, cuyo rector era Martín Rücker. Al finalizar sus cursos realizó su tesis en el tema El trabajo a domicilio (1923); en esos años también realizó el servicio militar e ingresó a las filas del Partido Conservador. Por entonces comenzó la formación más importante de su vida, para ser sacerdote de la Compañía de Jesús, que le permitía vivir a plenitud su vocación, como explicaba en otra carta a Manuel Larraín, a quien expresaba estar “de jesuita, feliz y contento como no se puede ser más en esta tierra”. A continuación agregaba: “La vida de un novicio jesuita es, cristianamente hablando, lo más celestial del mundo”.

La formación jesuita era intensa, con mucho estudio y vida interior –con los famosos ejercicios espirituales de San Ignacio–, además de algunas actividades como los meses de hospital, de peregrinación y de ejercicios humildes. Parte de esos estudios los realizó en Europa, en España y en Bélgica, e incluso concluyó sus estudios doctorales con una tesis en que evaluaba el sistema pedagógico de John Dewey a la luz de la doctrina católica. Esta etapa, de más de una década de estudios e iniciación a la vida sacerdotal, está muy bien narrado y documentado en el completo trabajo de Manuel Salas Fernández, La formación jesuita de Alberto Hurtado. De Chillán a Lovaina 1923-1936 (Santiago, Ediciones Universidad Alberto Hurtado/Pontificia Universidad Católica de Chile, Instituto de Historia, 2018).

Finalmente, en 1936 regresó a Chile, ya ordenado sacerdote: era el padre Hurtado.

La dimensión integral de la fe

La irrupción del padre Alberto Hurtado fue intensa y movilizadora, profundamente espiritual en su oración y muy activa en el desarrollo de proyectos e iniciativas religiosas y sociales. Por algún tiempo parecía tener el don de la ubicuidad, una capacidad de trabajo superior, una presencia que se notaba por donde pasaba.

Al regresar a Chile, durante los primeros años, su principal preocupación fueron los jóvenes, a quienes atendió especialmente a través de la Acción Católica. Veía con preocupación la pérdida de fe entre muchos compatriotas, la excesiva preocupación por los bienes materiales y los placeres, así como una vida cristiana que podía ser formalista y falta de compromiso vital con la fe, lejano a la figura de Cristo y con escaso sentido sobrenatural. De hecho, una de las autocríticas que formulaba el padre Hurtado en ¿Es Chile un país católico? Era que “la gran masa de esos cristianos lo son solamente de nombre”.

El padre Hurtado, por lo mismo, recordaba que los santos tenían algunas particularidades que era necesario tener en cuenta para vivir la fe: “creen, y actúan conforme a sus creencias, y creen, con una convicción absoluta, cosas que la mayor parte de nosotros no cree sino vagamente”. El tema de fondo es que los santos “saben que viven en Cristo [y] que en ellos vive Cristo” (en “El alma de los santos”). Igualmente sostenía que “nada puede hacerse sin la vida de oración”, que es “la conversación del Hijo con su Padre” (en “La vida de oración. Charla a la fraternidad del Hogar de Cristo”). Frente a los males del mundo, que se habían multiplicado en el siglo XX, era necesario mantener “las grandes esperanzas”, que marchaban en paralelo a “los grandes deberes: la palabra que alienta a los generosos y espanta a los ruines” (en “El misterio del hombre moderno”. Estos tres últimos textos en La búsqueda de Dios. Conferencias, artículos y discursos pastorales del Padre Alberto Hurtado, S. J., Santiago, Ediciones UC, 2011, tercera edición).

La vida de fe, predicaba e intentaba vivir, era exigente y autoexigente. Estaba convencido que un orden social cristiano requería de muchos apóstoles, de cristianos convencidos y activos, hombres de oración y de acción. Le dolía profundamente la miseria espiritual y material que sufrían tantos chilenos, y urgía a una decisión más rotunda para enfrentar la pobreza, tanto de las autoridades como de la Iglesia, a través de su doctrina social y por medio de la acción de los laicos.

Después de visitar una Europa devastada tras la Segunda Guerra Mundial, sintetizó lo que más le impresionaba de Chile: “La absoluta indigencia en que vive nuestro pueblo. Ningún país europeo, por más bombardeado y castigado que fuera durante la guerra, ostenta miseria igual a la de nuestro subproletariado. Es algo tremendamente penoso” (5 de agosto de 1948). En la misma línea, argumentaba casi con indignación que “el pobre no es un haragán ni un delincuente: nosotros, el resto de los miembros de la sociedad, tenemos la culpa del analfabetismo, de los vicios, de la vagancia y de la delincuencia” (1945). Por ello reivindicaba la necesidad de modificar la educación, los salarios y la seguridad social para avanzar hacia una auténtica justicia social (las referencias y temas en Lo dijo el Padre Hurtado, Santiago, Ediciones El Mercurio, 2018, Selección y edición de Samuel Fernández y M. Ester Roblero). Sus palabras encendieron el corazón y despertaron la conciencia de muchos, así como también encontró reacciones y expresiones de incomprensión en sectores poco habituados a una denuncia social directa.

Como la idea era avanzar en las obras y no solo en la doctrina, el 14 de octubre de 1944 fundó el Hogar de Cristo, con el objetivo de ayudar con pan y techo a los más pobres, primero en Santiago y luego en el resto del país. En una de sus últimas cartas –escrita el 14 de agosto de 1952 desde la Clínica de la Universidad Católica a los amigos del Hogar de Cristo– junto con dar un saludo, confió su último anhelo: “que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo”. Era una especie de “testamento social”, como se le ha denominado, en el cual animaba a preocuparse de los 5 mil niños que vagan por Santiago, a promover la creación de talleres técnicos, a atender la nueva dolorosa realidad de “las niñas vagas”, amenazadas de caer “física y moralmente”, así como anunciaba que los ancianos también tendrían su hogar: “para ellos quisiéramos que la tarde de sus vidas sea menos dura y triste” (en Cartas de San Alberto Hurtado, S. J.).

La actividad del padre Hurtado parecía no tener descanso, en la Acción Católica, en la promoción de la Acción Sindical Chilena (ASICH), con la creación de la revista Mensaje en 1951 y tantas otras cosas que pensó y realizó. Todo esto no estuvo exento de dificultades, como queda registrado en los problemas internos de la Acción Católica, en las divisiones que se advertían entre los jóvenes (aunque aseguraba que no habían penetrado en las actividades en las que él participaba), algunas acusaciones que enfrentó, entre ellas la de no obedecer a los obispos. Eran tiempos complejos y de cambios en la Iglesia y en Chile, país católico por tradición, pero que enfrentaba un momento de dificultades que requería repensar la realidad y el futuro. El padre Hurtado lo hizo, a través de una obra relevante.

¿Es Chile un país católico?

En 1941 Alberto Hurtado publicó uno de sus libros más famosos y polémicos: ¿Es Chile un país católico? (Santiago, Ediciones Splendor). La obra contaba con un prólogo de monseñor Augusto Salinas, quien lo consideraba un libro crudo, necesario, escrito “sin otro apasionamiento que el amor a Jesucristo y a las almas”. Sabemos que generó reacciones, críticas y observaciones, que llegaron incluso a la controversia pública, como ha documentado Pedro Espinosa Santander, S. J., en “¿Es Chile un país católico? Polémica en torno a un libro del padre Hurtado” (en Teología y Vida, Vol. XLVI, 2005).

Este libro de Alberto Hurtado es muy completo en su temática, que incluye aspectos de sociología religiosa y elementos de análisis sobre los agudos problemas sociales que afectaban a Chile en aquellos años. En otro plano, analiza la vida cristiana en Chile y el crecimiento del protestantismo. Finalmente, se refiere al grave problema de la falta de sacerdotes y proyecta el “porvenir de la Iglesia chilena”.

Los problemas sociales explicados eran numerosos: la falta de educación y el analfabetismo, la descomposición de la familia, múltiples problemas económico-sociales como la falta de vivienda y la pobreza, vicios como el alcoholismo y el alejamiento popular respecto de la Iglesia. Especial importancia adjudicaba –dentro de esta “miseria material o moral”– a la profunda amargura que afectaba al pueblo: “se vuelve hosco, desconfiado, receloso”, e incluso se convertía en factor de incubación de “odios profundos para los que tienen”. En esto influía que se habían acrecentado las diferencias sociales y que el pueblo se había alejado de la religión, si bien no totalmente. La visión que presentaba no era original, y fue planteada por numerosos autores que percibían un ambiente de crisis social que afectaba al pueblo chileno a mediados del siglo XX.

El tema de la práctica religiosa ya había sido abordado por Hurtado en La crisis sacerdotal en Chile (Santiago, Splendor, 1936). Ahí explicaba que muy pocos asistían a misa dominical, notoriamente eran más practicantes las mujeres que los hombres. Similares problemas se advertían en la educación religiosa del pueblo, en la catequesis y en la enseñanza formal en los liceos, lo que se proyectaba en las universidades: “La falta de sacerdotes, de santos sacerdotes directores de almas, es una de las raíces más profundas del semipaganismo de los cristianos”, fue una de las conclusiones que establecería en ¿Es Chile un país católico?

Al finalizar el libro, el padre Hurtado planteaba su visión sobre el porvenir, con una exigencia muy grande, donde era necesaria una “restauración integral del mundo para Cristo”, que permitiría mirar con confianza el futuro. Sin embargo, a la vez advertía: “El gran enemigo de Cristo en Chile es la apatía, la indolencia, la superficialidad con que se miran todos los problemas. Un espíritu materialista nos ha invadido. Todos se lanzan a la conquista del placer”. Terminaba formulando el llamado que hacía Cristo a los jóvenes de Chile: “Os necesito”, y se preguntaba retóricamente: “Joven ¿cuál será tu respuesta?” Las décadas siguientes comenzarían a mostrar las respuestas, algunas de ellas muy lejanas a las queridas por el sacerdote jesuita.

El 23 de noviembre de 2020, La Tercera publicó un especial de “70 años: Las verdades que ya no son”. Entre ellas había un artículo de Sergio Rodríguez, “Somos un país católico”, que parte recordando la publicación del padre Hurtado, señalando que “era en verdad una denuncia social ante la falta de coherencia de la mayoría. No una duda” (destacado en el original).

La misma pregunta podría formularse al concluir la segunda década del siglo XX y los cambios son notorios desde otra perspectiva. Diversas encuestas y estudios sobre realidades sociales y culturales muestran la considerable baja en la adhesión a la religión católica entre los chilenos –que incluso no superaría el 50% de la población– reflejado especialmente en el cambio generacional y en la participación en las actividades propias de la fe, como la misa. Otros estudios también alertan sobre el drama de otros problemas sociales, como la desintegración de la familia, la mala calidad de la educación en la enseñanza que reciben millones de chilenos y el alza en la adicción al alcohol y drogas, principalmente entre los jóvenes.

¿Qué pensaría el padre Hurtado sobre el Chile de comienzos del siglo XXI? ¿Tiene vigencia su pregunta sobre Chile como “país católico”? No cabe duda que tanto el país como la Iglesia han cambiado mucho, y los problemas internos de la milenaria institución no pueden olvidarse y es evidente que la han afectado. Por lo mismo, los grandes desafíos que enfrenta Chile requieren estudios tan completos como complejos para abordarlos como corresponde. En cualquier caso, en las propias obras de Alberto Hurtado –fallecido tempranamente el 18 de agosto de 1952– se pueden encontrar algunas respuestas que son contingentes y quedan circunscritas a la época que vivió, así como también hay otras que tienen valor más permanente sobre las cuales conviene volver a poner la mirada.

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