Por Carlos SmithEl precio que disciplina

Cada vez que las bencinas suben, reaparece una idea que suena de sentido común: si ENAP refina en Chile, ¿por qué se toma como referencia el precio de la Costa del Golfo y no lo que efectivamente cuesta producir aquí? Cobremos el costo de la refinería, dicen. La propuesta es intuitiva y hoy hasta tentadora. Pero es un mal negocio para el país.
Precisemos: hablamos del precio mayorista de referencia, no del valor final en la estación, que incorpora impuestos y márgenes de distribución. Y de algo esencial: ENAP concentra toda la refinación del país, pero compite con la posibilidad de importar. Esa alternativa es la que hace funcionar el sistema.
Porque a una empresa así no se le puede pedir que se ponga precio a sí misma. Si la tarifa se fija sobre sus costos reportados, se debilita el principal incentivo que hoy la obliga a ser eficiente. Es el viejo problema del “cost-plus”: cuando el precio se calcula sumando un margen al costo, el costo deja de ser un problema y pasa a ser una base. Cada ineficiencia, cada mantención mal planificada, cada sobredotación se convierte en un peso más en la boleta del consumidor, no en una pérdida para la empresa.
La paridad de importación hace lo contrario. Al fijar la referencia en lo que costaría traer el combustible desde afuera, instala un competidor virtual permanente. ENAP puede refinar aquí solo si lo hace por menos que ese referente. Si es eficiente, gana el margen; si no, ese margen se estrecha y se vuelve más conveniente importar. Esa brecha es información valiosa: nos dice, año tras año, si conviene seguir refinando en Chile. Con precios a costo, la señal se apaga y podríamos sostener por décadas una refinación que el país no necesita, sin enterarnos.
Y el precio no solo disciplina a la empresa: también nos ordena a nosotros. Un valor artificialmente bajo incentiva a consumir más justo cuando el combustible escasea en el mundo.
Viene el punto fiscal. La diferencia no desaparece: se traduce en menor excedente para ENAP y para el Fisco, y si el precio queda bajo sus costos económicos, en deterioro patrimonial que alguien deberá cubrir. El subsidio se vuelve invisible, pero sigue teniendo dueño. Y tiende a ser regresivo, porque lo captura más quien más consume.
Digamos el mejor argumento en contra: cuando ENAP produce muy por debajo de la paridad, puede obtener una renta elevada. Es cierto. Pero la respuesta no es destruir la señal de precios; es exigir transparencia de costos, metas de eficiencia verificables y una política clara sobre el destino de las utilidades de una empresa que es de todos los chilenos.
Entiendo por qué la idea reaparece ahora. Tras episodios de fuerte alza del petróleo y de los márgenes internacionales de refinación, la paridad se ve cara frente al costo interno. Por coyuntura, vender a costo podría favorecer momentáneamente al consumidor. Pero eso es lo peligroso: un régimen tarifario que cambia según convenga en cada episodio deja de ser una regla y pasa a ser discrecionalidad. Y la discrecionalidad, en energía, se paga con menos inversión y peores decisiones de largo plazo.
Nada de esto vuelve intocable al sistema. Es legítimo discutir la transparencia del cálculo o revisar los parámetros del MEPCO. Lo que no corresponde es confundir la incomodidad de un precio alto con un error de diseño. La paridad no nos hace pagar de más: nos muestra cuánto vale el combustible en el mundo. Matar al mensajero rara vez ha bajado el precio de nada.
Por Carlos Smith, Docente Investigador CIES-UDD
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