Opinión

El rector y las democracias iliberales

José Antonio Kast y Viktor Orbán

Febrero suele ser un mes lánguido. Un mes corto en el que no pasa casi nada. Un mes de sobremesas eternas, mar y arena, paseos y coqueteos. Cuatro semanas con el Congreso cerrado. Veintiocho días de pocas noticias y mucho pisco sour. Cada cuatro años, cuando llega el cambio de gobierno, febrero parece revivir. Se habla del nuevo gabinete y se discute si la administración saliente deja algún legado, algo por lo que se le vaya a recordar, alguna cosita que los escribas de Wikipedia puedan agregar a la página del líder que se va.

El viaje del presidente electo a Europa ha contribuido a que este febrero no sea tan aburrido. De ello se ha encargado el rector Carlos Peña, quien ha sostenido que el discurso de José Antonio Kast en la VII Cumbre Transatlántica por la Libertad de Expresión, celebrada en Bruselas, y su posterior visita a Viktor Orbán, en Budapest, indicarían que el mandatario entrante simpatiza con las llamadas “democracias iliberales”.

Las opiniones de Peña generaron protestas en sectores conservadores, que inundaron las páginas “al director” de uno de los matutinos con elaboradas defensas del presidente electo. Pero Peña no se rinde nunca. Respondió con precisión y erudición, con ironía y sarcasmo. Sus detractores, sin embargo, no se dejaron apabullar y contestaron con una nueva andanada de cartas.

El intenso pugilato terminó sin ganadores y dejó una pregunta flotando en el aire: ¿Existe el peligro de que, durante la presidencia de Kast, Chile se transforme en una “democracia iliberal”?

Después de sopesar la evidencia, leer discursos y contrastar opiniones, mi conclusión es clara: no hay prácticamente ninguna posibilidad de que Chile se convierta en una democracia iliberal.

Veamos.

El término “democracia iliberal” fue acuñado en 1997 por el analista Fareed Zakaria, en un artículo publicado en la revista Foreign Affairs. Zakaria argumentó que las elecciones, por sí solas, no bastan para garantizar la libertad. Cuando la democracia se reduce al acto de votar y se vacía de Estado de Derecho, separación de poderes y límites efectivos al poder, puede degenerar en un régimen opresivo legitimado por mayorías circunstanciales. Citó a Rusia, el Perú de Fujimori, Malasia y Singapur como países con elecciones competitivas, pero con ejecutivos fuertes, contrapesos débiles y derechos individuales subordinados al interés del Estado.

Durante años el término “democracias iliberales” quedó recluido a las aulas universitarias y a los salones diplomáticos. Hasta que en 2014 el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, decidió sacarlo a la plaza pública. Lo hizo en un discurso pronunciado en la Bálványos Summer Free University —conocida como Tusványos—, un encuentro político-cultural celebrado cada verano en Transilvania. Allí declaró, sin ambigüedades, que Hungría era —y debía ser— una “democracia iliberal”, y que gracias a ese giro su país evitaría la decadencia que afectaba a las democracias liberales de Europa Occidental, incluyendo Alemania, Francia y Gran Bretaña.

Orbán fue explícito al delinear los rasgos de este modelo. Sostuvo que la democracia liberal había fracasado en proteger a las naciones, en asegurar su competitividad económica y en preservar sus valores culturales. En contraste, la democracia iliberal —dijo— no renuncia a las elecciones, pero sí relativiza el liberalismo como principio organizador del Estado. En una democracia iliberal, aseveró, el interés nacional prima sobre los derechos individuales; el Estado es fuerte, activo y directivo; los contrapesos institucionales no deben obstaculizar la voluntad mayoritaria, y la comunidad nacional se concibe como algo previo y superior al individuo.

Orbán también se refirió a la migración y al futuro. Sostuvo que la apertura de Europa Occidental había debilitado su cohesión social y su identidad cultural, y defendió una política de fronteras estrictas como condición indispensable para la supervivencia de la nación y de la democracia iliberal que decía encarnar.

¿Significa la reunión del presidente electo con Orbán que Kast aspira a transformar a Chile en una democracia iliberal? Es una pregunta legítima.

Una forma razonable de responderla es examinar si la propuesta constitucional elaborada por los republicanos y el resto de la derecha durante 2023 —propuesta que contaba con el beneplácito de Kast— contenía los rasgos típicos de ese modelo. Mi conclusión es que no los contiene. En ese texto no había disposiciones que vulneraran los derechos humanos, la separación de poderes ni la independencia del Poder Judicial o de la Contraloría. Podían encontrarse, eso sí, elementos de moral católica integrista, pero no los rasgos definitorios del iliberalismo.

Donde sí existe una coincidencia evidente entre José Antonio Kast y Viktor Orbán es en el tema migratorio. Ambos abogan por un control estricto de fronteras y por políticas destinadas a resguardar la identidad nacional.

¿Es el control migratorio una idea estrictamente iliberal? No. No lo es. Después de todo, entre los países con mayores controles migratorios se encuentran Japón, Suiza, Australia y Dinamarca, todas democracias hechas y derechas, liberales y robustas.

Aun cuando no hay un peligro inminente, no corresponde bajar la guardia. La democracia se sostiene en reglas, instituciones y prácticas que deben cuidarse día a día. Cuando esos principios se relativizan, incluso en nombre de buenas intenciones, el deterioro suele ser gradual, pero persistente.

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