El sexo en campaña



Al mismo tiempo que las campañas políticas apelan a la diferencia entre hombres y mujeres con el fin de hacer posible la representación paritaria, también desafían la igualdad que reivindican. A partir de esta aparente paradoja, ¿cabría hacer una distinción entre las y los convencionalistas? ¿Harían las mujeres otro tipo de política? Tanto ahora, ad portas de su elección, como ante el proceso constituyente, esta pregunta ronda las campañas y los debates sobre cuáles serían las razones para votar por ellas y las cuestiones que defenderían en el trabajo de la Convención. ¿La mujer política posee cualidades propias? En las campañas puede ser una estrategia beneficiosa apelar a la identidad de género, a ser madres, ya que sabemos que el sexo no es indiferente a la política.

Las chilenas han ganado escaños parlamentarios desde 1951, promoviendo una sensibilidad femenina apta para comprender los problemas sociales y sus demandas de igualdad. ¿Existen intereses y preocupaciones propios de las mujeres o, a fin de cuentas, serían los de su partido o alianza política? Esta pregunta se ha repetido por décadas. El Partido Femenino Chileno (1946) se definió como no ideológico, independiente y unido por aquello que las mujeres “podrían resolver mejor que el hombre”. Su actitud hacia la política no sería individualista, sino que de genuina preocupación social y por los problemas cotidianos de los hogares chilenos. Su presencia en el poder público promovería unas mejores prácticas políticas. En todas las campañas políticas de los siguientes setenta años, las candidatas han representado unas cualidades similares de cercanía social, la capacidad de escuchar a la gente y de atender a sus necesidades. Discursos que también configuran estereotipos de género. Efectivamente, las experiencias de las mujeres han sido distintas a las de los hombres, porque, como madres y encargadas del hogar, han estado ubicadas en una posición dependiente dentro de la sociedad, han sido las que cuidan de otros y, desde allí, ellas han representado vínculos que permanecen. Estas funciones sociales, esta ciudadanía femenina en los márgenes de la política con mayúscula, y las habilidades que les han sido asociadas, no fueron realmente consideradas, porque se entendieron como dadas y, así, se las desvalorizó.

Pero la perspectiva histórica devela que estas experiencias han configurado unos modos específicos de pertenecer a la comunidad y que la relación de las mujeres con la política ha sido ambigua. Esta ambigüedad se resuelve teóricamente porque, en abstracto, la igualdad entre los sexos es indiscutida; pero sí importa la diferencia sexual, porque incorpora a la política una manera de ser ciudadanos. Políticamente, por tanto, no es posible –al menos todavía- asimilar la diferencia sexual al individuo universal; porque la abstracción de la igualdad se concretiza en actores sociales reales. Y, por cierto, que no hay algo así como un camino progresivo hacia su realización. El principio de igualdad es una historia de las diferencias que nos desafían constantemente como democracia.

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