Por Gonzalo CorderoEpílogo

“Chile no se cae a pedazos”, es lo que más se escucha entre quienes, por convicción o necesidad, defienden la gestión del gobierno que termina. El estándar es pobre, casi un llamado a agradecer que no hayan destruido el país, pero eso lo único que demuestra es que Chile es bastante resistente a los malos gobiernos y lo es porque aún subsiste el orden social consagrado y protegido por la Constitución que trataron de sustituir por otra de corte chavista.
Algunos, un poco más audaces, tratan de convencernos que “pusieron la casa en orden”, que es algo así como reivindicar, en el fondo, el síndrome de Estocolmo. En concreto, nos recuerdan que estamos condenados a elegir entre tenerlos en La Moneda o en la calle intentando hacer ingobernable el país. La opción, se sugiere, no sería tan mala, porque en los gobiernos de izquierda, incluso si son del FA con el PC, los empresarios siguen ganando y ellos están entretenidos demoliendo las instituciones con leyes y no con piedras, lo que es bastante más sutil, lento y civilizado.
Debe ser por mi mentalidad estructurada, pero me gustan los libros con epílogo, ese capítulo final, generalmente breve, en que la historia tiene un desenlace que despeja dudas y al lector lo deja con la paz de un cierre equivalente a la última pieza con la que se completa un puzzle. Eso han sido estas últimas semanas del gobierno que termina, un epílogo que evita recurrir a la lista casi interminable de desaciertos, escándalos y frustración.
Basta intentar conciliar las múltiples versiones con las que las autoridades salientes han intentado configurar un relato sobre la tramitación de la fallida concesión del famoso cable chino. Cada vez que se les escucha intentar una explicación distinta, por alguna razón recuerdo el título de una película, que aquí se tradujo como “Todo en todas partes al mismo tiempo”. Es que las explicaciones parecen salidas del multiverso: diversas, contradictorias, inconsistentes, describiendo hechos simultáneos. Tal vez todas son efectivas, pero ocurrieron en universos diferentes. Todo puede ser.
Sin embargo, las mejores páginas del epílogo son las explicaciones del déficit fiscal, que acusa -otra vez- una desviación grosera respecto de las predicciones oficiales de la Dirección de Presupuestos. El problema, estimados lectores, no sería que en el Ministerio de Hacienda se hayan equivocado en la proyección de los ingresos fiscales. No, por favor. El problema es que los chilenos pagamos menos impuestos de los que deberíamos haber pagado. Estamos a horas de que se devele una mega conspiración tributaria, maquinada para hacer equivocarse a la directora de Presupuestos, que dejará chicas a las de los terraplanistas.
Con todo, algo positivo han tenido las últimas semanas. Han sido el mejor epílogo de estos cuatro años. El cierre apropiado para una historia de promesas vacuas, construidas sobre diagnósticos muchas veces delirantes, que condujeron a una gestión plagada de incompetencia y que se despide exactamente como gobernó.
Por Gonzalo Cordero, abogado
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