Por Ricardo AbuauadEspléndida

La ceremonia en la Sagrada Familia en Barcelona nos mostró un espectáculo espléndido, en una ciudad espléndida, para la bendición de una obra espléndida, en un momento espléndidamente elegido para coincidir con el centenario de la muerte del autor y la visita del Papa. Pero espléndida es también la historia de la propia obra, quizás el proyecto arquitectónico más improbable de la era moderna.
Cuando el resto de Europa, a fines del XIX y principios del XX, buscaba inspiración en la naturaleza a través del Art Nouveau y el Jugendstil, Cataluña brilló con colores propios en algo que luego se llamaría el modernismo, y cuyo mayor exponente fue Gaudi. Sus edificios exploran formas orgánicas, soluciones estructurales nuevas, materiales tradicionales y nuevos provenientes de la industrialización, en un total que busca también una identidad catalana. La Sagrada Familia es la expresión máxima de esa búsqueda: un edificio que escapa a cualquier respuesta preconcebida y que desarrolla una espacialidad, un lenguaje, una carga simbólica y un sistema estructural propios.
La historia posterior parece una novela. Tras la muerte de Gaudí en 1926, atropellado por un tranvía cerca de este edificio, la construcción avanzó lentamente. Luego vino la Guerra Civil Española. En 1936, el taller del arquitecto fue incendiado y una parte sustancial de los planos, dibujos y maquetas resultó destruida. Lo que para cualquier otro proyecto habría significado su desaparición definitiva se transformó en un desafío intelectual sin precedentes: reconstruir la mente de Gaudí a partir de fragmentos dispersos. Durante décadas, arquitectos y artesanos trabajaron casi como arqueólogos. Más tarde aparecieron aliados inesperados: la computación avanzada, la fabricación digital y la ingeniería contemporánea. La participación de ARUP permitió modelar y verificar estructuras cuya complejidad había sido concebida mucho antes de que existieran las herramientas para construirlas, en una búsqueda que combina métodos del siglo XIX, del XX y del XXI.
Quizás por eso la ceremonia de estos días tuvo tanta fuerza simbólica. León XIV no bendijo simplemente una torre terminada, sino una obra que sobrevivió a la muerte de su autor, a la guerra, a la destrucción de sus planos, a la progresiva secularización de la sociedad europea, al cambio de prioridades, a un siglo entero de incertidumbres y a la inmediatez de la vida contemporánea. Una obra que demuestra de lo que es capaz el ser humano cuando persigue obstinadamente la belleza y, para los que somos creyentes, de la fuerza de la fe en un mundo que a veces parece vacío de sentido. Todo esto, además, con una puesta en escena sublime (recordemos la inauguración de las olimpiadas en esa misma ciudad), y un Gaudi que ya es reconocido como Venerable para la Iglesia y que podría terminar con él como el primer arquitecto santo.
Pocas palabras resumen mejor esa coincidencia entre edificio, ceremonia, aniversario y búsqueda de trascendencia. Sencillamente espléndida.
Por Ricardo Abuauad, Decano Campus Creativo UNAB y profesor UC
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