Hábito




Uno de los personajes más vigentes de los últimos trescientos años fue Goethe. Hasta hace poco en el liceo chileno se leía su novela “Werther”, la trágica historia del joven al que hoy podríamos llamar un emo, como también su “Fausto”, obra de teatro infinita en el cual un notable estudioso invoca al diablo y pacta con él una vida disoluta. Obviamente, estos libros se leían en traducciones al español, hecho bastardo perfectamente compatible con el espíritu de Goethe, quien aborrecía todo ese nacionalismo que busca en la lengua autóctona nacional el centro de la cultura. Y es que Goethe fue uno de los promotores de ese movimiento sin fronteras carente de centro que se llamó “literatura mundial” o “universal”, gracias al cual las aduanas del espíritu fueron disueltas en favor de un mutuo reconocimiento entre los pueblos. Nada de raro que haya sido un sabio sefardí, Rafael Cansinos Assens, quien vertió una versión de sus obras completas al español.

Goethe practicó con cierta modestia y a veces erráticamente varias decenas de disciplinas, que iban desde la óptica hasta algo muy parecido al psicoanálisis, pasando por todos los géneros literarios, la anatomía, el dibujo y muy especialmente la consejería política.

Fue en este ámbito donde Goethe realizó logros importantísimos que la juventud rebelde de su tiempo no supo justipreciar. Goethe se transformó en el consejero personal del duque de Weimar, razón por la cual se lo tachó de “mayordomo de los poderosos”. Desde esa presencialidad irradió la cultura alemana, europea y americana.

Uno de sus fans, Eckermann, comenzó durante varios años a presentarse en su casa a la hora de las comidas, a partir de cuya insistencia logró plasmar la personalidad de Goethe en un libro de conversaciones que es un clásico. Eckermann cuenta que en 1825 se incendió el teatro de la ciudad de Weimar. Goethe que había sido su gestor cultural se tomó con calma la mala noticia y anunció que ya contaba con un plano para construir uno nuevo.

Sin embargo, lo que sí preocupó al viejo constructor de la cultura en Alemania, entonces una región atrasada comparada con otros centros europeos, fue la posible pérdida del hábito del pueblo de la ciudad. Ha costado mucho fomentar la alta diversión que es el teatro para que algo tan frecuente como un incendio la debilite. De ahí que Goethe recomiende no interrumpir ni por un segundo las programaciones del teatro, debiendo conseguirse cualquier otro lugar para llevarlas a cabo con tal de no retroceder. Goethe entendía que es el hábito el alfa y omega de una sociedad libre, culta, no engatusada.

El hábito es aquella repetición que nos facilita la vida. Gracias a los hábitos convertimos dificultades en hechos de la causa. Ha sido, en nuestro caso, la destrucción de hábitos tan simples como las normas de cortesía, la escucha de los más viejos, la reverencia por las bibliotecas, y la práctica del mal hábito de repudiar todas las “herencias” que, curiosamente, no sean en dinero, lo que en buena medida nos ha podrido.

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