Por Víctor Pérez VallejosHidrógeno verde en minería: focalizar donde importa

Llevamos años construyendo un relato potente sobre el hidrógeno verde: estrategia nacional, pilotos, fondos privados y CORFO, hojas de ruta. El problema no es la visión; es que la hemos aplicado sin discriminación. En minería, esa falta de foco tiene un costo real: ambiental, productivo, económico y geopolítico.
El nuevo vicepresidente de Corfo tiene razón: los recursos son escasos y no podemos financiar todo. El H2V exige ser quirúrgicos respecto de dónde tiene sentido. Y para eso hay que ampliar el eje del debate: no hablemos de descarbonización de manera exclusiva, sino de productividad, resiliencia energética y soberanía de insumos críticos con descarbonización.
Los números son elocuentes. En 2024, la minería del cobre consumió 97 PJ en combustibles, el 92% diésel. Bank of America confirmó esta semana que el alza del petróleo ya elevó en 18% los costos de producción en operaciones cupríferas, los combustibles representan el 94% del consumo en minas a cielo abierto, y Codelco advierte que interrupciones en el suministro podrían subir sus costos un 5% adicional. La flota de CAEX consume entre US$1.400 y US$2.360 millones anuales en divisas atadas a un commodity importado, volátil y geopolíticamente vulnerable. La dependencia del diésel no es solo una deuda ambiental: es un riesgo de continuidad operacional y productividad para nuestra principal industria.
La minería ha demostrado que cuando actúa como traccionador de escala, transforma mercados. Lo hizo con la fotovoltaica, la desalación y ahora con el almacenamiento energético. El H2V es el próximo escalón, y hay empresas dispuestas a invertir. Como la solar, tomará tiempo, pero debe construirse colaborativamente en toda la cadena: proveedores, logística, insumos críticos, transporte e infraestructura compartida. El norte de Chile, con su demanda concentrada y recurso renovable, es el ecosistema natural para esta plataforma sectorial.
El H2V tiene un rol estratégico en tres dimensiones. Primero, como vector de transición vía blending: el e-metanol puede mezclarse con diésel en proporciones de 10–20% en motores existentes sin modificaciones, y como molécula plataforma permite elaborar combustibles sintéticos compatibles con la infraestructura actual. Con precios bajo US$1,30/lt y señales de carbono sobre US$40/tonelada, ya es competitivo hoy. Segundo, como insumo para explosivos: el amoníaco verde para nitrato de amonio reduce la dependencia de ANFO importado con encadenamiento productivo real para Antofagasta. Tercero, la ventaja que rara vez mencionamos: el renio. Chile concentra el 50% de la producción mundial, mineral que funciona como catalizador en electrolizadores PEM a fracción del costo del platino. Chile no solo puede exportar H2V y sus derivados; puede producir el catalizador que abarate producirlo en el mundo entero.
En China, Xinjiang ya suministra H2V a un costo de producción de US$2,3/kg, con precio al usuario de US$5/kg y meta nacional de US$3,5/kg para 2030. En Zhangjiakou, 850 buses a celda de combustible operaron los JJOO recorriendo 3,2 millones de km. Esa curva se logró con cadena productiva coordinada y política industrial consistente.
Chile no puede financiar todo. Pero tampoco puede ignorar la palanca que conecta soberanía de insumos, competitividad minera y posicionamiento exportador hacia 2040. La decisión no es entre acelerar o anular. Es elegir bien las palancas productivas, donde la minería y el H2V son claves.
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