Por Cristóbal OsorioIzquierda Nueva Generación

A diez años de que Aylwin deviniera en bronce y nostalgia, y tras dieciséis de haber despedido al último inquilino concertacionista de La Moneda (Bachelet I), la retórica del consenso ha mutado de una firme gramática de acción estatal a una anacrónica pieza de anticuario.
El ecosistema político actual opera bajo la convicción de que sólo las posiciones extremas generan rédito; así, el diálogo sobrevive apenas como una excentricidad romántica por parte de quienes no asimilan que el perfilamiento individual narcisista ha devorado cualquier vestigio de proyecto colectivo.
Estos contornos dibujan la fisonomía de la ‘Izquierda Nueva Generación’: una estirpe hija de la sociedad de consumo y el exitismo, la cual -aunque se pretenda investida de valores y principios socialistas- ha terminado por sucumbir ante el rendimiento individual y al vértigo de la contingencia. Es una izquierda que ha canjeado la vocación prospectiva de la política por el análisis de impacto inmediato, zambulléndose en un presente perpetuo, donde la construcción de futuro es sacrificada en el altar del engagement personal.
Esta nueva hornada política ha interiorizado que los avances no se negocian, sino que se arrebatan ‘a codazos’, una tesis que Fernando Atria expuso con la soltura de un converso en el PodKast de Felipe Kast. De ahí, no debe sorprender que la gramática de la impugnación vuelva por sus fueros.
Esta pulsión emana de las inercias del Frente Amplio (FA), cuyo mito de origen se funda en la demolición de la ‘pax concertacionista’. Una etapa histórica que la nueva guardia despacha hoy con desdén, reduciéndola a una especie de liturgia de los pasillos de la G-90; esa estirpe de escuderos de la vieja guardia, que por muchos años portaron el maletín y -con abnegación silenciosa- terminaron pagando los costos de sus predecesores.
La alianza Jackson-Manouchehri sella el viejo anhelo de Atria y Boric: el puente definitivo entre el FA y el PS. Este eje impone una narrativa de asfixia al gobierno y maximalismo social, relegando la responsabilidad técnica y las alertas del Consejo Fiscal Autónomo al plano de los ruidos molestos. En este diseño, la divergencia se paga con el ostracismo: quien disiente pasa, ipso facto, al bando de los villanos y los ‘desconectados’ que han traicionado al pueblo.
Subirse al vuelo a Barcelona, como hicieron Paulina Vodanovic, Isabel Allende y Ricardo Solari para sumarse a la tertulia de Montjuic, no es un acto de integración, sino el abrazo de oso de una generación que se apresta a despedirlos. Para la nueva guardia, la cohabitación con los viejos cuadros es una incomodidad necesaria pero transitoria; un estorbo producto de la tendencia atávica hacia las lógicas del Senado.
Respecto al juego parlamentario que se avecina, la tríada compuesta por Claudio Alvarado, José García Ruminot y Jorge Quiroz enfrentará una dualidad peligrosa. Deberán negociar con los interlocutores que aún queden en pie, conscientes de que sus propuestas serán utilizadas como armas arrojadizas por una nueva guardia que no busca soluciones, sino chivos expiatorios para alimentar su relato de intransigencia.
Así, quienes aún aguardan una autocrítica tras la derrota histórica, yerran en creer que es ahora la oportunidad de expresarla para guiar los próximos pasos, pues el objetivo actual no es la reflexión, sino la purificación moral —iniciada por el FA y ahora exportada al resto del sector—, donde la identidad prima sobre la estrategia y el dogma sobre la gestión.
Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile.
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