Jaime Guzmán



Por Luis Cordero Barrera

No fue un intelectual. Sin embargo, sus ideas siguen siendo hoy objeto de estudio como tesis de graduación de muchos universitarios, de debate en el mundo político, y también en otros ambientes académicos, en aquellos países en que se conocen. Ninguna otra figura pública de derecha en los últimos sesenta años ha concitado tanto interés crítico de los más importantes pensadores de izquierda.

No fue un hombre cercano a la jerarquía eclesiástica ni al Vaticano. No tengo registro de que la Conferencia Episcopal lo haya invitado a alguna de sus reuniones, como si lo ha hecho siempre con figuras de la Democracia Cristiana y de la izquierda. Sin embargo, fue quien intuyó con más claridad que la equivocada interpretación de los documentos conciliares, bajo el lema de “el espíritu del Concilio”, exponía a la Iglesia a una grave crisis y dejaba a los católicos frente a un clericalismo ideológico desconocido, que podía terminar desvirtuando las enseñanzas del Evangelio, por la evidente influencia de las consignas revolucionarias de moda en esa época. Intuyó tempranamente que la millonaria ayuda extranjera que recibía el Arzobispado de Santiago durante décadas iba a terminar corrompiendo a la élite del clero revolucionario, y se lo advirtió privadamente al Cardenal Silva Henríquez. No solo eso, tuvo el coraje de enfrentar públicamente a obispos y sacerdotes que abusaban políticamente de sus envestiduras, sin temor a ningún tipo de amenazas.

Finalmente, durante el gobierno militar, no obstante ser partidario y un importante colaborador de él, enfrentó resuelta y sostenidamente a los responsables de los organismos de seguridad que, aprovechándose de su dura y muy difícil misión, abusaban de su poder, incurriendo en excesos y abusos inexplicables, cometiendo crímenes atroces, no solo porque eran inaceptables moralmente, sino también porque ensuciaban la imagen y el nombre de los miles de uniformados intachables que trabajaron honrada y abnegadamente por la reconstrucción nacional, hasta hacer realidad “el milagro chileno”.

¿Quién era, entonces, Jaime Guzmán? Simplemente un abogado, pero cuya vocación era ser profesor, actividad a la que nunca renunció hasta el último momento de su vida; un hombre católico con una profunda y admirable vida espiritual, que nunca dejó de pensar en el sacerdocio; y un político de derecha, que se movía por principios y valores trascendentes, pero que era capaz de entrar en la contingencia con la fuerza y el coraje de aquellos que poseen todas las armas intelectuales para librar el mejor combate por sus ideas. En la batalla por los argumentos y los fundamentos de cada propuesta, en la batalla por las ideas, no había escenario que eludiera, llegando a adquirir fama de polemista imbatible primero en la universidad, y luego, desde el inicio del gobierno de la Unidad Popular, cuando solo contaba con 24 años de edad, deslumbrando a las audiencias en los auditorios y en los medios de comunicación por la solidez de sus argumentaciones y el brillo y simpatía de su personalidad, exhibidos en tantos debates.

Asesinado en una emboscada criminal, por un comando del brazo armado del comunismo chileno, su figura sigue siendo objeto de debates y de polémicas, sus ideas siguen inspirando a muchísimos políticos, y a miles de mujeres y hombres que lo conocieron en su rol de profesor, en su condición de dirigente fundador de la UDI, o como senador, cargo que alcanzó en una contienda electoral épica, porque nadie apostaba a que pudiera salir electo. Es el magnicidio que, para vergüenza de la democracia, permanece impune, porque la mayoría de los ejecutores están amparados por gobiernos que dicen respetar los derechos humanos, pero que son cómplices de los terroristas de izquierda que los viola, y también porque el jefe militar que daba la orden de ejecutar estos crímenes nunca lo ha confesado públicamente.

Crimen injusto, cobarde y estéril, porque personas como Jaime no mueren. Permanecen vivos en sus discípulos y seguidores, que siguen emergiendo generación tras generación; en sus principios y valores que tienen vigencia permanente; en sus ideas y propuestas, y en el ejemplo de una vida austera y ejemplar, que lo convirtieron ya en vida, en una verdadera reserva moral, indestructible y siempre activa, que más temprano que tarde, hará posible que vuelva a emerger el legado trascendente y gravitante que dejó. Por eso permanece en el tiempo el recuerdo de su figura inconfundible, el valor de sus enseñanzas, su propuesta de cómo renovar la actividad política; y no se puede descartar que la fuerza de esos principios que inspiraron a quienes dieron vida al movimiento político más innovador de las décadas de los ochenta y de los noventa, haga posible que una nueva generación sea protagonista de nuevas grandes victorias. Será el momento en que Jaime habrá cruzado los umbrales de la historia para, como el Mío Cid Campeador, convertirse en una merecida leyenda, que ningún atentado criminal, podrá hacer desaparecer.

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