Opinión

Jorge Quiroz, un hipócrita lector

Jorge Quiroz, un hipócrita lector Foto: Mario Tellez MARIO TELLEZ

Charles Baudelaire, el “poeta maldito”, dedicó a los lectores uno de sus trágicos poemas. El doloroso verso concluye diciendo: “Hipócrita lector -mi semejante- mi hermano”. Cristián Warnken homenajea al vagabundo escritor dándole ese título a su programa de entrevistas literarias. Jorge Quiroz, flamante ministro de Hacienda, converso con él cerca de una hora. Hijo de una erudita en literatura y de un padre profesor de lingüística, los libros poblaban su casa. De niño, su madre le leía La Ilíada y La Odisea y él, por supuesto, imaginaba las aventuras de Aquiles, vestía los soldados escondidos en el caballo de Troya, comprendía a su manera el ingenio de Ulises. Su padre fue autor de un monumental libro sobre chilenismos, que le valió un reconocimiento de la Real Academia Española de la Lengua. Sin embargo, en su biblioteca acumulaba libros sin leer, que Jorge tomaba. Es el Tsundoku, antigua expresión japonesa que describe el hábito de reunir libros por el placer de tenerlos. Los libros que esperan ser leídos son como una cita a ciegas que promete, a veces sin llegar, un placer exquisito. Recuerda a Madame Bovary, de Flaubert, diciendo algo así como “Nada supera al momento de la seducción como haberla imaginado”.

Jorge Quiroz es también un escritor. Su libro de relatos, “Cuentos pendientes” (Ceibo Ediciones, tapa blanda, 2016), deleitó a Cristián Warnken. A nosotros (digo mi mujer y yo), nos había dicho de él Hector Soto quien, como es bien sabido, es uno de los mayores críticos chilenos de cine y literatura, un finísimo lector. Nos habló de “Los días de los cerezos”, un cuento muy nuestro que trata de un matrimonio de clase media/alta que en los años sesenta, cuando viajar era un lujo ajeno y distante, sueña con ir a Europa. Un viaje que postergan mientras envejecen, ya sea por la reforma agraria de Frei y Allende, la fijación del tipo de cambio en la crisis de los ochenta, el endeudamiento en los días gloriosos que resultaron desastrosos; en fin, resultó que nunca viajaron y su sueño murió con ellos.

En medio de un verdadero “abrevadero” literario, Quiroz habló de su conversión al cristianismo en un momento duro de su vida: Emocionado, dijo: “Creer me hace inmensamente feliz”. Luego, recitó en alemán y de memoria un poema de Rainer María Rilke y fragmentos de Neruda, abundó en la influencia que recibió de Borges o la fascinación por Simenon, Wilkie Collins y Herman Hess. Eso sí, se detuvo para destacar la importancia de los escritores chilenos. Habló de las letras clásicas de Joaquín Edwards Bello, Luis Orrego Luco, Vicente Pérez Rosales, Manuel Rojas y otros muchos. Al recordarlos, dijo algo clave: “No hay país sin literatura”.

En fin, tenemos de ministro de Hacienda a un economista doctorado en Duke que es también un literato de personalidad compleja. Quizás por eso, al final de la entrevista, no pudo resistirse a su espíritu Schumpeteriano recordando: “Los adversarios del capitalismo son los intelectuales y el periodismo. Son libres de atacarlo porque nacieron en él”. Desde esta sencilla tribuna de un lector aficionado, no nos queda más que desearle el mayor de los éxitos.

Por Álvaro Ortúzar, abogado

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