Opinión

La FIFA de Babilonia

Foto: @fifaworldcup_es

He seguido el campeonato mundial de fútbol con emoción y algún grado de nostalgia, pero también con pena. El “deporte rey” se encuentra evidentemente sometido a los designios más mezquinos del culto al dinero. Los eventos en tres países le quitan sabor e identidad a la cita mundialera. Las entradas tienen precios absurdos. Las casas de apuestas online, que son la perdición de millones de personas, auspician casi todo lo que se mueve. Los cupos para clasificar se multiplicaron al punto de que van muchos equipos malos, con el resultado de decenas de partidos absolutamente disparejos, con el único fin de involucrar a más países en el negocio. Y, no contentos con todo esto, el invento de las “pausas de hidratación”, que hace que en rigor ahora haya cuatro tiempos por partido, tiene como primer objetivo evidente interrumpir el juego para introducir más avisaje comercial. Como guinda de la torta, ahora muchos equipos aparecen luciendo, sin necesidad reglamentaria, rebuscadas camisetas alternativas a la tradicional, principalmente para venderlas a los fans. La única estrategia comercial que se vio frustrada es la de los ubicuos botines rosados: a muchas marcas se les ocurrió tratar de llamar la atención con el mismo truco, inutilizando su efectividad. El álbum del Mundial, en cambio, ha sido un batatazo: completarlo cuesta casi un sueldo mínimo, pero nadie se ha podido restar.

Estamos ante un claro exceso que nos muestra lo que pasa cuando dejamos que sólo la búsqueda de utilidades gobierne, casi sin contrapeso, un área de la vida. Imposible no acordarse del durísimo Canto XLV de Ezra Pound: “Con usura/ no se pinta un cuadro para que/ perdure ni para tenerlo en casa/ sino para venderlo y pronto”. O, ya que estamos en esa, de las visiones de Juan de Patmos sobre el fin del mundo, en que los poderosos, sometidos por la codicia, beben inmundicias del cáliz de la puta de Babilonia.

El fútbol es sólo una advertencia: en casi todas las ciudades alrededor del mundo vienen ocurriendo procesos de homogenización, estandarización y pérdida de carácter debido a que grandes cadenas van reemplazando a los pequeños comercios que no tienen la espalda ni la experticia de los peces gordos. Las rentas no paran de subir. De a poco, cualquier lugar podría ser cualquier otro. Lo más triste es que la aniquilación de muchos de estos espacios se hace vendiéndole a los nuevos propietarios el sueño del lugar que están, en ese mismo momento y por ese mismo acto, destruyendo. Llegan por la panadería y terminan comprando pan de molde.

Muchos piensan que para corregir estos excesos deben cometerse otros proporcionales desde el ámbito de la regulación estatal. Sin embargo, si uno estudia más de cerca la relación entre la expansión del capital y la expansión del Estado, notará que normalmente van de la mano. De hecho, quienes mejor pueden soportar y cumplir las miles de regulaciones impulsadas por los “expertos” son justamente las megacorporaciones. La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas.

Salir de este callejón exige probablemente más espíritu de fineza que espíritu geométrico. La lucha por poner la dignidad humana en el centro a la que nos llama la encíclica “Magnifica Humanitas”, de León XIV, es también la lucha por no permitir que ciertos bienes sean degradados al punto de que terminen ofreciéndonos sucedáneos baratos. Que el fútbol siga siendo fútbol, y que los cambios que sufra obedezcan a razones futbolísticas. Que la educación eduque, en vez de ser algo entre lotería y mercado de títulos cada vez más devaluados. Que los centros de las ciudades sean espacios de emprendimientos variados, y no réplicas aburridas unos de otros.

Defender que lo humano siga siendo humano exige también luchar por un mundo donde todas las cosas puedan ser distinguidas unas de otras. No podremos salvar lo específico de nuestra especie sin cuidar la especificidad de los múltiples bienes presentes en la creación. Esto demandará una creatividad colectiva y tareas que no debemos delegar. Un robot no puede sostener la mano de alguien que está muriendo y ofrecerle consuelo. Da lo mismo si lo provee el Estado o si se le compra online.

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