Por Pablo AllardLa tragedia del GAM, nuestro Walhalla wagneriano

En la monumental tetralogía operática de Richard Wagner, El Anillo del Nibelungo, el dios Wotan se obsesiona con la construcción del Walhalla, un palacio grandioso destinado a ser el pináculo de su poder. Sin embargo, la obra nace marcada por pactos contradictorios, traiciones institucionales e imprevistos que terminan por precipitar el “ocaso de los dioses”. Guardando las proporciones, la historia de la segunda etapa del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) parece seguir el mismo guion: una epopeya de ambición cultural que, tras décadas de lucha, vuelve a entorpecerse por la fatalidad burocrática e irresponsabilidad fiscal.
La decisión de no continuar con la construcción de la Gran Sala de artes performativas del GAM es, sin duda, una tragedia. Tal como ha señalado el ministro de Cultura, es un golpe que nos afecta a todos. Pero, a diferencia de la mitología, la gestión cultural exige responsabilidad fiscal. El Estado no puede ejecutar una obra de esta envergadura sin financiamiento asegurado para todo su desarrollo; menos aun cuando insistir comprometería más de un 13% del presupuesto total de la Subsecretaría de las Culturas.
El costo de la obra asciende a $114 mil millones. El “giro en el guion” ocurrió en el flujo de pagos: de un esquema inicial a cuatro años, se pasó abruptamente a uno de tres cuotas más pesadas ($40 mil millones los dos primeros años). Para dimensionar la magnitud, esos $40 mil millones anuales equivalen a casi la mitad de lo que el Servicio del Patrimonio invierte hoy en 18 proyectos críticos a lo largo de Chile, desde el Museo Histórico Nacional hasta los Archivos Regionales en Tarapacá y el Museo del Ñuble. Continuar a toda costa habría sido un acto de centralismo ciego, sacrificando la cultura regional por la ya rica oferta capitalina.
¿Cómo evitamos que este proyecto se convierta en una tragedia wagneriana?
Existen tres caminos. El primero es el de la paciencia estratégica: una vez estabilizadas las cuentas y aprobado el Plan de Reconstrucción Nacional por el Congreso, volver a licitar con recursos garantizados. Sería el triunfo de la sensatez sobre la urgencia. El segundo escenario es el de la gestión creativa: concesionar la Gran Sala junto a la Torre y la Explanada. No se trata de “privatizar el arte” —hoy el 70% de la actividad y programación del GAM cuenta con financiamiento privado—, sino de buscar un operador de excelencia que garantice programación de calidad y libere fechas con entradas a precios alcanzables para la comunidad. Para hacer posible una concesión, se requeriría de al menos dos años para evaluar la factibilidad y licitar, pero hoy es el camino más seguro. Un último camino, aunque menos probable en nuestro contexto, es que las grandes empresas mineras y productivas, motivadas por los nuevos incentivos de la Ley de Donaciones Culturales, financien la obra dejando un legado tangible al país. Sería un gesto noble hacia un país y un Estado que hoy hacen sacrificios como éste para levantar la economía.
Sea cual sea la vía, el gobierno debe comprometerse a reactivar el proyecto antes de terminar su mandato. A diferencia del fatalismo wagneriano, hoy tenemos la oportunidad de torcer el destino y evitar que nuestra Gran Sala comparta las cenizas del Walhalla. Que este paréntesis no sea un síntoma de abandono, sino el momento en que el actual gobierno asuma el liderazgo para redimir al proyecto de sus errores de origen. Resolver su financiamiento y asegurar su construcción definitiva, bajo un modelo sostenible y colaborativo, sería el acto de redención necesario para el GAM: la transformación de una promesa largamente postergada en un verdadero faro de luz que ilumine la consolidación de nuestra infraestructura cultural para las próximas generaciones.
Por Pablo Allard, decano de la Facultad de Arquitectura UDD
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