Opinión

Las dos caras de Jano o la retórica bifronte

DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

Parte del éxito político de la derecha radical contemporánea se ha explicado por una estrategia discursiva dual: una identidad ideológica nítida dirigida a su base electoral, combinada con una presentación institucional más moderada. Algo de esa lógica comienza a observarse también en el caso chileno. Mientras el discurso insiste en el lenguaje de la crisis, el orden y la ruptura, algunas decisiones del gobierno se mueven en un registro más pragmático e institucional.

Al inicio del gobierno se han multiplicado las señales de ese doble registro. Uno de los primeros decretos firmados por el Presidente Kast fue la puesta en marcha del plan “Escudo Fronterizo”, presentado bajo una narrativa que vincula migración, contrabando y narcotráfico como amenazas que requerirían medidas extraordinarias. Según Cadem, el 80% de los chilenos se declara favorable a la implementación de ese plan. En paralelo, la Cancillería chilena mantuvo abiertos los canales diplomáticos y Bolivia señaló que las medidas no interrumpen el diálogo bilateral. El mensaje se desdobla: firmeza hacia el electorado interno y continuidad diplomática hacia el exterior.

Esa dualidad también se expresa en el plano simbólico. La invitación y la amistad declarada con Flávio Bolsonaro, junto con la visita de la Red Política por los Valores al cambio de mando, reforzaron una señal identitaria hacia la derecha internacional. Al mismo tiempo, las reiteradas invocaciones al Presidente Piñera buscan subrayar la continuidad institucional y estabilidad con el pasado reciente de la derecha chilena.

La tensión se vuelve más nítida cuando desaparece el registro pragmático. Así ocurrió con la propuesta de indultar a uniformados condenados por hechos vinculados al estallido social. Mientras el gobierno insiste en un discurso de “mano dura” frente al delito, al mismo tiempo abre la puerta a medidas de clemencia para personas ya condenadas por la justicia. La contradicción queda expuesta: severidad penal en el discurso, excepcionalidad política en las decisiones.

En política, la figura de Jano ofrece una metáfora útil para describir el dilema de muchos gobiernos ideológicos en democracias moderadas: hablar a su base sin aislarse del sistema institucional. Si se dirigen solo a sus seguidores, corren el riesgo de volverse minoritarios; si se moderan demasiado, pueden diluir su identidad.

Una forma de gestionar esa tensión es a través de narrativas de crisis, que movilizan al electorado y legitiman reformas ambiciosas. Pero una vez en el poder, la política se traslada al terreno de las instituciones, donde las reglas obligan a transformar esa retórica en políticas negociadas y más graduales.

El problema es que ese equilibrio rara vez se sostiene indefinidamente. Si predomina el relato de crisis, las instituciones comienzan a verse como obstáculos; si prevalece la moderación, la base puede interpretar el giro como una renuncia. En ese punto aparece la cuestión decisiva: la credibilidad. Porque, a diferencia del dios romano, los gobiernos democráticos difícilmente pueden mirar en dos direcciones para siempre.

Por Stephanie Alenda, directora de Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. Andrés Bello y directora del Núcleo sobre crisis políticas en América Latina

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