¿Las uvas de la ira o la mala vendimia?

Bernardo-Larraín-Matte



Comparto con Daniel Matamala -columna Las Uvas de la Ira- que, en encrucijadas como la que vivimos, el mayor riesgo no es el movimiento sino que el inmovilismo de los que quieren que nada cambie; y que tenemos la oportunidad y el deber de construir un nuevo pacto social, y que el fatalismo no es un buen consejero para lograrlo.

Agregaría, sin embargo, que movimiento no es sinónimo de refundación y que, por el contrario, se expresa mejor como un reformismo gradual y decidido. Pero la cuestión que me hace comentar su columna se relaciona con lo que dijo el filósofo español Daniel Innerarity: la comprensión de la encrucijada que vivimos no es la solución, pero sí forma parte de la solución. Debemos (re)comprender el Chile actual más con la humildad del que quiere entender y comprender, y menos con las certezas del que quiere confirmar o sentenciar.

Desde el estallido y la pandemia hemos (re)constatado las que creo son algunas de las mayores fuentes de precariedad: los campamentos y guetos, la informalidad y exclusión laboral, las bajas pensiones y la falta de acceso a una salud de calidad para tantos.

¿Cómo explicamos que en la última década hayan subido las familias que viven en campamentos desde 25.000 a cerca de 50.000? ¿o que ese trabajo informal, especialmente el por cuenta propia precario y sin protección social, haya subido hasta un 30% del total? Habiendo un diagnóstico preciso desde el año 2006 sobre los cambios que había que hacer el sistema pensiones, ¿quién entiende que hayamos pasado 15 años distraídos en un debate que los evade?; y finalmente, ¿cómo se explica la resistencia de la política a integrar al sistema de salud privado a la solución de las falencias del público que acumula crecientes listas de espera?

Creo que más que fallas estructurales del llamado modelo o la concentración del poder como parece argumentar Daniel Matamala, han sido las acciones y omisiones de la política y del Estado las que en buena parte explican la acumulación de estas desigualdades.

En efecto, sus acciones no han estado dirigidas a enfrentar esas brechas de precariedad y adicionalmente los instrumentos han sido mal seleccionados y peor diseñados. Así por ejemplo, pienso en la falta de focalización y lo regresivo de la gratuidad universitaria, o en la mayor rigidez y complejidad de nuestros sistemas laborales y tributarios que incentivan la informalidad y la exclusión laboral y en los beneficios tributarios para los más pudientes que significó el actual retiro del 10% de los fondos de pensiones. Y si hablamos de mejorar la representatividad de nuestro sistema político, ¿era el camino un sistema electoral que permite que candidatos con un 1% de los votos salgan electos?

Hay algo que decir sobre la eficacia de los sectores políticos y sociales que han enarbolado el malestar y las brechas sociales; y no precisamente para resolverlas, sino que para abonar a malos instrumentos y recetas y relativizar la importancia del crecimiento cuya ausencia hoy sentimos, todo lo cual ha prolongado y profundizado estas brechas.

También merecen una mención especial aquellos que se resignaron a este relato, presumiendo que sólo así podían conectarse con los dolores de los ciudadanos, cuando lo que hacían era más bien conectarse con quienes se expresan en redes sociales. No hay ninguna virtud en el ánimo refundacional o reformista en si mismos, salvo que estén de verdad encaminados a transformar la vida de las personas y familias que viven una situación injusta. Y eso requiere diagnósticos, evidencia y resultados que vayan más allá de la consigna, por más atractiva que esta sea. En efecto, necesitamos una política cuyos protagonistas no confundan persistencia con porfía, voluntad con voluntarismo y menos popularidad con populismo.

Pero así como hay reproches a la política y al Estado, no debemos ser auto-complacientes con el rol de la empresa en general, y de la gran empresa en particular. Si bien como lo indica el Banco Central en su informe sobre el Mercado Laboral de diciembre del 2018, “son las empresas grandes las que sustentan el empleo asalariado formal al concentrar la mayor parte (56% promedio entre el 2005 y el 2016) y pagar mayores salarios (2,3 veces más en promedio)”, lo que por lo demás es coherente con que la gran mayoría de los 5 millones de trabajadores que la empresa emplea expresen satisfacción con su trabajo; debemos mirar con menos indolencia y más preocupación y diligencia aquello que ocurre fuera de nuestro entorno más directo, en contratistas, proveedores, comunidades y clientes, donde encontraremos alguna combinación de exclusión laboral, informalidad, sobre-endeudamiento, precariedad o menor capital social y resiliencia para enfrentar este muy difícil momento económico y social.

Este es un llamado a todos los que podemos cambiar las cosas -sean políticos, empresarios, y también periodistas- pues de esta coyuntura sólo podremos salir juntos, poniéndonos más en disposición de colaborar, y menos en la de reclamar o denunciar.

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