Opinión

Magnifica Advocatura

El lunes pasado, el Papa León XIV presentó la encíclica Magnifica Humanitas. En un paralelismo muy simbólico con la Rerum Novarum, dedica su capítulo central a reflexionar sobre la dignidad humana en medio de la revolución digital. La pregunta fundamental no es qué puede hacer la IA, sino qué es lo que el ser humano no puede perder frente a ella. La profesión jurídica necesita hacerse la misma pregunta sobre sí misma.

Borges imaginó, hace más de medio siglo, a Ireneo Funes, ese joven uruguayo que gozaba (o más bien padecía) una memoria perfecta e irrevocable, con la que podía recordar cada hoja de cada árbol, cada momento de su vida con perfecta resolución. Funes era infinitamente más capaz que cualquier ser humano, y sin embargo, no era capaz de pensar. En su abarrotada memoria, no había sino información detallada, pero no cabían las abstracciones, el juicio y los matices. Una mirada inquietantemente premonitoria para los abogados.

La promesa de más velocidad y eficiencia en la investigación jurídica convive con alucinaciones y citas a fallos o normas inexistentes; la revisión contractual es más precisa y aguda, pero también más binaria y agresiva: el modelo discute cada cláusula, cada término, cada argumento, sin distinciones, poniendo en riesgo el éxito del encargo. La redacción asistida ha redundado en textos perfectos en su lógica y estructura, tan identificables como vacíos. Exceso de velocidad, pero defectos en el juicio.

No se trata de meros defectos técnicos que inviten a condenar la herramienta, sino un síntoma. Las alucinaciones delatan deficiencias en el conocimiento y rigurosidad del abogado; las puntillosas revisiones contractuales revelan un abogado que no distingue lo importante de lo que no lo es, y los textos perfectamente lógicos e insípidos, evidencian la ausencia de aquello que Cicerón consideraba el corazón del oficio: docere, delectare y movere. Demostrar, deleitar y conmover.

La solución no tiene que ver con cursos de capacitación o una nueva capa de compliance interno. Está en recuperar aquellas virtudes de los clásicos que, parafraseando a Rodrigo Valenzuela, hemos dejado de enseñar en las escuelas de Derecho: agencia, ética y estética.

El abogado no existe para recitar conocimiento legal, sino para ofrecer un consejo concreto en una situación específica. Esto es agencia: la experiencia práctica puesta al servicio de un consejo del que abogado responde con su nombre y su prestigio. Luego, quien aconseja tiene la obligación de identificar aquellos valores que están en juego: qué se arriesga y qué se protege; qué es lo prudente. Esta es la ética, la práctica de un carácter virtuoso que se exige por sobre las prohibiciones. Y una vez identificado lo anterior, hay que saber decirlo, con claridad y fuerza para persuadir. La estética, el arte de expresar, persuasiva y conmovedoramente, aquello que está en juego.

Funes murió joven, dueño de toda la información del mundo, pero incapaz de hacer nada con ella. La IA se parece un poco a él. Lo recuerda todo y lo procesa todo, pero carece de agencia, ética y estética, atributos que vienen -nunca mejor dicho- de las humanidades. Respondiendo la interpelación de la encíclica, la IA no es una amenaza para el buen abogado, sino que lo revela. Es un espejo que nos devuelve aquellas aptitudes que son el refugio humano donde sobrevive la abogacía: Magnifica Advocatura.

Por Diego Navarrete, abogado

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