No hay excusas

"Lo que más me sorprende sobre Venezuela en América Latina" -dijo Felipe González al diario Clarín el 4 de mayo-, "es que haya todavía una parte de la izquierda que sea capaz de sostener a una tiranía sin paliativos como la que representa Nicolás Maduro".
En Chile, no nos extraña que la izquierda castrista/chavista sea incondicional de Maduro. Lo sorprendente es que algunos dirigentes de la izquierda que se proclamaba renovada sostengan una línea sinuosa frente a un régimen al que, en el fondo, consideran parte de "la familia progresista". En los hechos, son "equidistantes". Actúan como si las fuerzas en pugna en Venezuela fueran política y moralmente equivalentes y solo hiciera falta un arbitraje.
Agrupados en un foro de política exterior, los senadores Insulza, Allende, Letelier, Huenchumilla, Rincón y Lagos Weber, más varios exministros y exembajadores (la mayoría del PS y el PPD), difundieron el 4 de mayo una declaración de dura crítica al Grupo de Lima, en particular al gobierno de Piñera, por el apoyo dado a los esfuerzos de Juan Guaidó y el movimiento antidictatorial para lograr que los militares rompan con Maduro. Además de imputar falsamente a Guaidó "una estrategia que busca resolver la crisis venezolana por una vía armada", afirmaron que el Grupo de Lima va en contra de "los más elementales principios que rigen nuestra convivencia internacional, constituye una amenaza a la paz y la estabilidad no solo de Venezuela, sino de toda la región. No se recupera la democracia con el recurso a las armas y menos con el riesgo de desatar una guerra civil".
No hay lucha armada en Venezuela, sino represión de la Guardia Nacional y los escuadrones paramilitares contra manifestantes desarmados. Los muertos, heridos y torturados son personas que protestaban en las calles. No obstante, la declaración mencionada no dice ni media palabra sobre la naturaleza represiva y corrupta del régimen, ni sobre la urgencia de ponerle fin.
Decir que "no se recupera la democracia con el recurso a las armas" es una expresión de angelismo, que además niega la historia: en 1958, un movimiento de militares y civiles expulsó del poder al dictador Pérez Jiménez. No sabemos cómo será el desenlace esta vez, pero las armas siempre gravitan en estas definiciones, ya sea que se usen o no. El propósito de los demócratas venezolanos es poner las armas de la nación al servicio de la Constitución y la independencia de su país, sometido hoy a las pautas de la dictadura cubana.
Es bochornoso que los representantes de aquella izquierda que parecía haber aprendido la lección del valor de las libertades, hoy defiendan una especie de "filosofía diplomática" que solo da oxígeno a la banda de forajidos que está en el poder en Caracas. Dejemos el neutralismo para los funcionarios de la ONU; las fuerzas genuinamente progresistas deben tomar partido contra la dictadura.
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