Por Cristián ValdiviesoEl Chile que celebra el 18

Imaginemos una celebración cualquiera de este 18. Hay empanadas, algo en la parrilla, música y una bandera chilena. Hace treinta años había menos departamentos y más casas, pero la escena podría haber sido bastante parecida.
Pero basta mirar a los participantes para entender que la fiesta cambió. Por de pronto hay menos niños. En 1992 los menores de 15 años representaban casi el 30% de la población, hoy no alcanzan el 18%. Hace tres décadas había más de cuatro por cada persona mayor de 65 años. Hoy la relación es casi uno a uno.
Los mayores son muchos más. De representar un 6,6% de la población en 1992 hoy llegan al 14%. Algunos de los que hace treinta años hacían el asado ahora tienen 70 u 80 años y se parecen poco a la imagen de vejez que teníamos entonces: viven más, muchos siguen trabajando, viajan, consumen y protagonizan activamente sus vidas.
Entre los invitados, muchos, aunque no estén solos, volverán solos a sus casas. En 1992 apenas el 8,3% de los hogares chilenos estaba compuesto por una persona. Hoy son el 21,8% y el promedio de personas en el hogar cayó de cuatro a 2,8 integrantes. En la parrilla, además, escucharemos acentos que eran mucho menos habituales hace tres décadas, cuando menos del 1% de quienes vivían en Chile había nacido en otro país. Hoy son el 9%. Habrá venezolanos, peruanos, colombianos o haitianos aprendiendo algunas de nuestras costumbres y aportando otras. Y habrá niños hijos de migrantes que bailarán cueca, pues el 18 no les es una tradición ajena. Es simplemente su fiesta nacional.
También aparecerán integrantes no registrados por el Censo. El perro que antes quedaba en el patio y que hoy circula entre los invitados y sale en el centro de las fotos familiares. Las mascotas ocupan un lugar afectivo nuevo en hogares que, mientras se achican demográficamente, no disminuyen su necesidad de compañía y cuidado.
Y casi todos tendrán un teléfono a mano. Cada uno conectado a sus propias conversaciones, celebrando con otros a distancia y al mismo tiempo participando de la fiesta de todos. Otra forma, muy distinta a la de hace treinta años, de estar juntos.
Nada de este nuevo 18 significa que la familia esté desapareciendo. Tampoco que la sociedad que emerge sea mejor o peor que aquella de hace treinta años. Significa simplemente que las formas de vivir, convivir, cuidar y pertenecer están cambiando.
Por eso, quizá, las transformaciones sociales se entienden mejor alrededor de una fiesta que mirando estadísticas. Menos niños, más adultos mayores, más personas que viven solas, nuevos chilenos y mascotas incorporadas a nuestra intimidad. Una celebración permite ver todos esos cambios en una misma escena.
Este 18 volveremos a escuchar las mismas cuecas, comer empanadas y brindar por la Patria. Buena parte del rito permanece.
Pero conviene mirar también a quienes celebran. Tal vez eso sea lo más revelador de este 18: mientras la fiesta se parece bastante a la de hace treinta años, quienes la celebramos nos parecemos cada vez menos.
Por Cristián Valdivieso, director de Criteria
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