Nuevo gabinete



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo Usach

Mientras más alto el número de cambios en el gabinete más inestable era el gobierno. Esta es una de las afirmaciones del estudio Los Gabinetes Ministeriales en la Democracia Chilena pos 1990 de Olivares, Baeza y Dávila del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile. Se analizaron los criterios para elegir gabinetes de cuatro gobiernos post dictadura, la duración en el cargo de sus autoridades y el peso de la pertenencia a los partidos, entre otros. Así, con Aylwin prácticamente no hubo cambios de gabinete; con Frei, el promedio fue de 27 meses en el cargo; con Lagos, 28 meses y con Bachelet, en el primer período, 23 meses. La DC siempre fue el partido mayoritario, y las personas independientes nunca superaron el 9%.

A horas de conocer el gabinete que el presidente electo le comunicará al país, es probable que esta tarea haya sido un dolor de cabeza para él y su equipo. Esos nombres y su conformación serán analizados con lupa. El liderazgo del presidente, sus actuaciones y el programa con el que ganó han generado altas expectativas. A tal punto que él ha pedido “no idealizar a nadie, partiendo por mí”. La opinión pública se mueve entre la esperanza y el temor frente a este cambio generacional que ejercerá el poder.

Las personas esperarán que las y los ministros sean un reflejo de los valores que guiarán al próximo gobierno. No quieren ver peleas “de lote” al interior del gabinete, ni reclamos sobre “los cupos” que le tocaron a tal o cual partido. Esperan ver ministros y ministras que colaboren y no compitan entre sí. Un equipo de trabajo con los pies en la tierra, al servicio de las personas y no con el ego disparado al punto de nublar los pensamientos. Personas diversas, que respeten la paridad de género y convivan diferentes generaciones, con altas capacidades técnicas, pero también con fina conexión con la demanda territorial. Que combine capacidades políticas, diálogo, capaces de escuchar antes de imponer sus creencias.

El contexto político, social y cultural del país es desafiante. Desde el estallido social, pasando por los profundos efectos de la pandemia y los cambios que traerá el proceso constituyente, han configurado un escenario distinto a lo que se conocía. No hay tolerancia frente al abuso y la corrupción. El poder de las redes sociales aumenta, mientras crece la desconfianza en la política y las instituciones. Cualquiera que sea el gabinete nombrado será criticado con dureza y no dejará muy contento a nadie. Pero lo más importante estará por venir.

Vienen meses de trabajo intensos e ingratos. Que pueden ser más duros sino se cultiva un modo de hacer las cosas coherente con el liderazgo presidencial y que combine los factores: gestionar las crisis propias y heredadas con transparencia; cuidar las promesas y hacerlas posibles; escuchar y comprender las demandas de las personas; estimular la participación; corregir a tiempo; comunicar integralmente; promover la austeridad; evitar la frivolidad; activar la cultura como un bálsamo para el tiempo que viviremos, cuidar a los equipos, proteger al Presidente, etc, etc.

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