Opinión

El nunca más de la izquierda

Foto: Aton

Pasan los años y el recuerdo del golpe de estado sigue presente y me produce una pena infinita; por los que cayeron, por los agraviados y ofendidos. Es impresionante cómo de un día para otro cambiaron para siempre tantas vidas, se truncó tanto futuro y se torció tanto destino. Pena también por el proyecto hermoso que pudo ser pero que terminó en tragedia y pena por nuestra incomprensión de lo que se estaba jugando.

Hace algunos días atrás fui invitado a comentar en el Museo de la Memoria el libro de Mauro Basaure y Francisco Estévez "¿Fue (in)evitable el golpe?".

A la pregunta planteada respondí que no, que el golpe se habría podido evitar. Allende lo intentó pero no lo consiguió y el plebiscito que pretendía convocar para ese martes 11 de septiembre hubo de esperar más de 15 años, hasta un 5 de octubre de... 1988.

El proyecto de socialismo en libertad caminaba por un desfiladero estrecho. En plena Guerra Fría, los EE.UU. iban a hacer todo lo que estuviese a su alcance para evitar el éxito de esa experiencia. Nixon y Kissinger no tenían dudas al respecto. Por otro lado, la URSS no estaba dispuesta a prestar ningún apoyo significativo, como lo comprobaría el propio Presidente en su triste e inútil visita a Moscú.

El golpe no era inevitable pero sí previsible. El cuadro internacional le era favorable y fuerzas poderosas empujaban internamente en esa dirección. De hecho, parte de la élite chilena, que terminaría siendo mayoritaria, era partidaria de una ruptura que permitiera una profunda revolución capitalista. El proyecto de los "Chicago" se venía fraguando desde hacía años. En la derecha conspiraron, incluso desde antes que asumiera el nuevo gobierno, para producir una desestabilización. Asimismo, sectores de las FF.AA. habían ya comenzado a deliberar y actuar de manera sediciosa, como ocurrió en el Tacnazo de 1969.

Los protagonistas del golpe estaban en el escenario. Para evitarlo se requería de una dirección política muy lúcida, consciente de las graves amenazas que se cernían sobre el proceso. Esa condición no se dio. La izquierda no estuvo nunca sólidamente unida detrás de Allende. Desde su nominación como candidato por minoría en el Comité Central del PS hasta el desacuerdo para respaldar una salida política -"la revolución no se plebiscita" afirmó un importante dirigente que no fue Altamirano-, la historia del gobierno popular es también la historia de las divisiones de la izquierda. Mirada retrospectivamente, la discusión sobre la radicalización del proceso ruboriza. El alza en la movilización social en el campo y la ciudad era de tal envergadura que no necesitaba ser radicalizada. Se requerían conducción, encauzamiento y no desbordes. Lo que estaba planteado en el programa de la Unidad Popular en materia de Área Social y Reforma Agraria era extremadamente avanzado. No eran necesarias más industrias o fundos ocupados.

A 45 años de su sacrificio, algo consuela ver a Allende instalado en las alturas de la historia. De allí nadie podrá moverlo. Emociona el culto que se ha generado en torno a su figura. Ojalá hubiese tenido en vida el mismo apoyo que su recuerdo hoy suscita. El curso de los acontecimientos habría sido distinto.

Por esto, la izquierda tiene que dejar bien establecido su propio "nunca más". Nunca más los discursos altisonantes, el desconocimiento de las condiciones objetivas, la subvaloración del adversario, las querellas intestinas, las divisiones estériles, los liderazgos incomprendidos.

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