Por Gonzalo Muñoz StuardoPISA 2025 y políticas educativas

Chile participa en PISA desde 2000 y su trayectoria es conocida, un avance fuerte en la primera década y un largo estancamiento después. Los resultados 2025 llegan en medio de un retroceso global que alcanzó incluso a los países de mejor desempeño.
Nuestro sistema obtuvo 442 puntos en ciencias, 436 en lectura y 403 en matemática, con caídas en las dos últimas similares al promedio de la OCDE. Habíamos resistido bien la pandemia, pero hoy quedamos en matemática y lectura bajo nuestros niveles de 2006. Seis de cada diez jóvenes no alcanzan el umbral mínimo en matemática, casi cuatro de cada diez en lectura, y solo un 2,6% logra desempeños altos, frente a 12% en la OCDE. Una particularidad chilena es que la brecha socioeconómica se ha estrechado porque los estudiantes más vulnerables mejoran en el tiempo, mientras los grupos medios y altos bajan su desempeño. Por qué retrocedimos ahora nadie puede afirmarlo con certeza, menos aún cuando el Simce de segundo medio, rendido por los mismos estudiantes, muestra recuperación donde PISA registra caída. Las explicaciones son por ahora hipótesis. Sí sabemos que quienes rinden esta prueba nacieron en 2009, crecieron entre pantallas, dedican más de 45 horas semanales a redes sociales (la cifra más alta de la OCDE), son menos apoyados por sus familias y aprenden en aulas donde casi la mitad reporta distracción constante. Todo sugiere una brecha creciente entre el cambio de las nuevas generaciones (y sus contextos) y la capacidad del sistema para procesarlo.
Esa capacidad no ha sido prioridad. Con la excepción parcial de los noventa, cuando el Estado acompañó intensamente a las escuelas, las políticas chilenas de cuatro décadas han confiado en que la calidad la produciría otra cosa, primero la competencia entre establecimientos y luego la presión de la evaluación, que hoy ni la propia OCDE recomienda profundizar. Ninguna construye lo único que mejora la enseñanza, que son las capacidades profesionales de docentes y directivos y la capacidad institucional de quienes deben sostenerlos. Las reformas de la última década intentaron corregirlo, con una nueva educación pública que ya muestra avances y una carrera docente que mejoró las condiciones de la profesión, pero quedaron a medio camino sus componentes formativos y hoy corren el riesgo de ser desatendidas antes de madurar.
El debate actual no está abordando estos desafíos. Escuelas protegidas, cambios a la admisión o medidas de desburocratización pueden tener mérito, pero ninguna desarrolla por sí sola la capacidad de mejorar de las escuelas. Estas mediciones muestran hace años que el país aprendió a mejorar la educación básica y no ha aprendido cómo abordar la media. Es revelador que el principal programa de calidad del Mineduc, “Chile Aprende y Avanza”, se concentre solo en la educación primaria.
Una agenda a la altura tiene componentes conocidos. Revisar la calidad de la formación inicial y continua de los docentes, crear una carrera directiva, fortalecer los sistemas de apoyo técnico-pedagógico para escuelas públicas y privadas subvencionadas. Todo enmarcado en un cambio profundo del currículo y su concreción en la experiencia escolar. Debemos procesar también otras transformaciones cruciales, como la caída demográfica que vaciará aulas y una inteligencia artificial que redefine qué significa aprender. Nada de eso cabe en un proyecto de ley ni en un período de gobierno. Requiere acuerdos que se sostengan en el tiempo. ¿Cuántas mediciones más necesitamos para empezar?
Por Gonzalo Muñoz Stuardo, Facultad de Educación, Universidad Diego Portales
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