Política en tiempos del Covid-19



La pandemia ha tenido entre otros efectos hacer ineficaz la política tal como se la practica y conocemos normalmente. El momento previo a la pandemia, es decir, de las protestas, no solo profundizó la polarización, sino que fue una oportunidad para que algunos anunciaran la muerte del capitalismo, culparan al gobierno de todos los males; incluso algunos llegaron a negar toda instancia de acuerdo. Fueron momentos en que todo era susceptible de crítica. La política agudizó al máximo la búsqueda de incongruencia, errores e imprudencias y de ese modo desató la ira y burla. Pero también, fue un momento explosivo en diagnósticos y guías a una epifanía para supuestamente entender lo que vendría.

Sin embargo, ni siquiera los esfuerzos para profundizar la polarización e identificar culpables han salvado la política. El desprestigio, que viene profundizándose desde finales de la década pasada, no se detuvo. Los niveles de confianza de diputados y senadores han seguido deteriorándose.

¿Cómo y por qué? No lo sabemos con certeza, no obstante, lo que sí sabemos es que ni sus diagnósticos ni sus discursos de polarización lo evitaron.

Con la pandemia la situación es aún más compleja. Aventurar diagnósticos y predicciones en este estado de incertidumbre se ven colmados de vacíos. Un botón de muestra: desde enero hasta la fecha se han realizado más de 1.500 estudios de diverso tipo (terapias, medicamentos, vacunas, etc.) pero aún no tenemos respuestas definitivas, las que por lo general no lo son en ciencias.

A diferencia de la ciencia, lo preocupante es que el sesgo de la “profesión política” ha despertado en muchos el deseo de seguir empleando las mismas herramientas, esto es, amenazas políticas, acusaciones constitucionales, peticiones de renuncia de autoridades, comisiones investigadoras, presentación de proyectos destemplados y oportunistas para tener cámara, y para qué decir cuando son criticados por actores que han liderado sus coaliciones (Lagos).

Todo ello no parece ayudar a la credibilidad política. Estas herramientas, sea que se las lea en clave política o ética, no contribuyen a mejorar su desempeño. Una muestra es la visión fragmentada que se aprecia frente a propuestas que propone el Ejecutivo, que han sido rotuladas de “insuficientes”, como si se tratara de un proceso de negociación (tus dos y dos más). No se trata de recursos del gobierno, al que se le negocia, sino del modo como los recursos escasos y comunes a todos son asignados prudentemente.

El gran desafío es conducir a una población que paradójicamente, por una parte, tiene miedo, pero no toma medidas; sectores que, a pesar de temer por sus ancianos, no toma medidas para sí mismos. En fin, se trata de dar ejemplos que expresen magnanimidad y no mezquindad y oportunismo político de corto plazo.

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