Por Pedro Fierro¿Qué quiere el progresismo?

No es fácil comprender qué quiere el progresismo. En estos meses ha dejado en evidencia las falencias a la hora de acordar un proyecto común. Una serie de dificultades que hoy esconden en consignas circunstanciales y vacías, las cuales suelen surgir de flancos que abren los opositores, pero muy lejos de ideas propias.
¿Por qué el progresismo pareciera no tener proyecto? Creo que, en parte importante, por la ausencia de referentes. Hoy, quienes están naturalmente llamados a copar esas posiciones—exautoridades—parecen preferir los viajes fuera de Chile, cobijándose en la comodidad de las charlas y seminarios entre afines, con los subsecuentes aplausos y palmadas en la espalda de quienes están a miles de kilómetros de La Moneda. En cierta medida, actúan como si en estos cuatro años ya “hubieran hecho la pega”, como si ahora tocara descansar, justo luego de entregar el poder a sus mayores adversarios. Así, en vez de asumir el golpe, optan más bien por “dictar cátedra”.
Aunque para ser justos, tampoco resulta tan extraño viniendo de quienes, en la práctica, se enfocaron prioritariamente en administrar el poder. Porque podremos convenir en que poco esfuerzo se dedicó a ofrecer un proyecto de largo plazo, quizás porque se percibió rápidamente que el camino a La Moneda no requería de ningún affectio societatis, sino que bastaba con un vínculo con fecha de expiración, funcional al fin inmediato que se buscaba conseguir.
Así las cosas, si me preguntan qué une al progresismo podría apelar al rechazo de que el Ministerio de la Mujer sea liderado por una evangélica; a la defensa de la expresidenta Bachelet en su camino a la ONU—como añorando esos referentes que hoy escasean; o al rechazo de medidas que favorecen a los ricos en desmedro del pueblo. El problema es que nada de eso representa, ni de cerca, un proyecto país.
La pregunta, entonces, se vuelve aún más difícil. ¿Qué es lo que realmente quiere el progresismo?
Quizás se trata de una pregunta que derechamente se ha preferido evadir. Así se explicaría, al menos, la desorientación final del gobierno del Presidente Boric, celebrando iniciativas a las que antes se oponían con fuerza.
En la vereda del frente, la situación parece algo distinta. Incluso considerando las deficiencias por todos conocidas, sería difícil sugerir que el relato oficialista es inconsistente. Ya no se trata de una “emergencia” ni de una “crisis”, sino de una postura identificable y reconocible: disminuir el gasto público, atraer inversión, crecer, lograr el pleno empleo y, en consecuencia, el desarrollo. Puede o no gustarnos ese proyecto, lo podemos encontrar más o menos simplista y podemos discutir sobre sus bases empíricas, pero al menos bien sabemos lo que nos ofrecen y lo que no.
Vaya que se hace difícil plantear algo así en la oposición progresista. Sabemos muy bien lo que no quieren, pero muy poco sobre lo que sí quieren. Quizás lo más cerca estuvo en la propuesta constitucional que hoy mismo reniegan, con cierta vergüenza y resaca. Pareciera faltar diálogo y acuerdos. Pareciera faltar liderazgo. Y cuando hablo de liderazgos no me refiero a voceros performáticos—pues de esos hay varios—, sino a personeros que trabajen en silencio, cuestionando y articulando un proyecto algo más consistente e independiente de la contingencia. Cuesta ver a alguien dispuesto.
Por Pedro Fierro, investigador P!ensa y director CIL UAI
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