Riesgo, economía y vida

01 Abril 2020 Gente con mascarillas por precaucion de Coronavirus, espera para tramitar su seguro de cesantia en la AFC de calle Miraflores. Foto : Andres Perez



A muchos economistas les gusta provocar oponiendo la fría perspectiva de su ciencia a los buenos sentimientos y los prejuicios del común de las personas. Así, esta semana José Manuel Silva, director de inversiones de LarraínVial, levantó polvo al decir que “no podemos seguir parando la economía, y debemos tomar riesgos, y eso significa que va a morir gente”. Es decir, exactamente lo que el coro de personas que oponen economía y vida no querían escuchar.

Pero los dichos de Silva -tal como alegó el autor, y si uno lee bien su entrevista en Pulso- a lo que apuntan es a que el daño a la vida humana que produce el frenazo económico puede ser mayor al de una exposición más alta al coronavirus. Y esto, contra los buenos sentimientos de muchos maniqueos de cuneta que abundan en Twitter -que antes ya defendieron la destrucción vandálica de nuestras ciudades porque eran “sólo cosas”- suena muy razonable.

La visión del economista, por lo demás, podría ser reforzada por la de las ciencias dedicadas a la salud mental: el riesgo de daño psicológico que involucra el encierro por largos periodos también debe ser puesto en la balanza. La vida fuera del hogar es claramente un cable a tierra que evita que nos desparramemos.

Sin embargo, el argumento de Silva tiene un grave problema: la extrema desigualdad en la distribución de los riesgos. En Chile los que tienen menos son los más expuestos al contagio y los que menos cobertura tienen en caso de caer enfermos. También es cierto, por otro lado, que sus unidades domésticas son las que más resienten la falta de trabajo, pero jugar esa carta nos introduce directamente al plano del abuso económico que Steinbeck -que no era ningún socialista- retrató magistralmente en “Las uvas de la ira”.

La pregunta para quienes razonablemente apuntan a la necesidad de reactivar la economía es, entonces, cómo distribuimos o compensamos de mejor manera esos riesgos que “debemos tomar”. La batalla económica, en la que a muchos se les pedirá ponerle el pecho al virus, se asemeja a una guerra. Y las guerras han sido, pese a su maldad intrínseca, una fuerza democratizadora: tanto el servicio nacional de salud inglés como el acceso masivo a la universidad americana fueron pagados con sangre.

Si asumimos juntos y públicamente un mayor riesgo sanitario, no es razonable que la realización de ese riesgo -que es la enfermedad y la posible muerte- deba ser enfrentada por separado y en privado. Es necesario plantear e impulsar ahora un sistema de salud integrado.

Por último, sería bueno recordar, en vísperas de la pascua de resurrección, que nuestra creencia en lo sacro de la vida humana -cuyo origen está en la tradición judeocristiana- también tiene efectos respecto a la propiedad y al poder. Ninguno de estos bienes, según dicha tradición, nos pertenece. Somos administradores de ellos, y debemos usarlos según los mandamientos de Dios. No deberíamos esperar que grandes guerras o pandemias nos lo recordaran, así como no podemos esperar que los presos poco peligrosos comiencen a morir de a decenas en las cárceles para hacer lo correcto. Quizás valga la pena pensar en todo esto mientras comemos huevos de chocolate mañana.

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