Simce o no Simce: salgamos de la trinchera

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Por Bernardita Yuraszeck, directora ejecutiva de la Fundación Impulso Docente.

Hace dos largos meses los colegios retomaron las clases presenciales. Y junto con la alegría de volver a encontrarse, se constató que los efectos de la pandemia en los aprendizajes y en la salud mental son gravísimos.

En una misma sala de tercero básico hay niños que saben y no saben leer. En una misma sala de cuarto medio hay adolescentes que ansían egresar para entrar a la universidad y otros que se debaten a diario si seguir o desistir.

En medio de esto se reabrió la pregunta sobre el Simce. El Mineduc presentó al Consejo Nacional de Educación su plan para este año, que incluye dos pruebas muestrales (2º y 4º básico) y no censales, que es el mecanismo que permite llegar a cada uno de los estudiantes para mirar el panorama completo, y no solo a un grupo acotado. Ahora bien, una señal positiva es que el diagnóstico socioemocional seguiría cumpliendo un rol central.

Esta discusión sobre el Simce no es nueva y suele dividirse en dos frentes: detractores y defensores. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de lado la trinchera? En ese ejercicio, identifico reflexiones para la discusión de más largo plazo.

Una es que necesitamos información censal y permanente. Así podremos priorizar esfuerzos y entregar apoyos focalizados contando con información del sistema completo, considerando que cada comunidad educativa es distinta.

El valor de la información para las escuelas quedó manifestado con la masiva aplicación del Diagnóstico Integral de Aprendizajes: 80% de los colegios adhirió al proceso de forma voluntaria y obtuvo información inmediata, un gran avance respecto al Simce, cuyos resultados se entregan meses después de aplicado. Cabe preguntarse también si la aplicación muestral propuesta incluirá mejoras en ese ámbito.

Por otra parte, se cumplieron 10 años del Sistema de Aseguramiento de la Calidad (SAC). Tiempo suficiente para revisar esta política pública para tomar decisiones de cara al futuro, pues las necesidades de los niños y niñas del 2022 no son las mismas del 2012.

Por último, más allá del anuncio, hay preguntas que necesitamos abordar con una mirada de más largo plazo, entre ellas, ¿es pertinente que la evaluación nacional esté sujeta a consecuencias? ¿Cómo logramos que el sistema evolucione y se transforme en un aliado para los docentes? ¿Cómo evitamos las malas prácticas? ¿Qué niveles y áreas son prioritarias de abordar de cara al futuro? ¿Cómo conectamos la información que entrega la evaluación con las necesidades de los equipos directivos? Estamos todos convocados a construir estas respuestas.

Hace una década, el SAC se formó por un acuerdo transversal. Hoy es prioritario que todos los actores se vuelvan a sentar a repensar para adaptarlo a los nuevos tiempos, y así permita priorizar esfuerzos y sea una herramienta útil para que directivos, docentes y autoridades tomen decisiones en favor de todos nuestros niños y niñas.

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